VALENCIA, 1 – ATLÉTICO DE MADRID, 1
De tanto dar zarpazos panza arriba, nos acabamos arañando nosotros mismos. No era demasiado normal que el Valencia perdiera este partido. Marcamos, sí. Los primeros, también. Eso ayuda. Tener a De Gea entre los tuyos tampoco es asunto menor. Todo eso es cierto, pero cuando permites que un equipo con Soldado, Adúriz, Joaquín, Pablo Hernández y Mata te taladre durante 45 minutos, antes o después te vas a acabar comiendo un gol.
Forlán y Ricardo Costa cruzaron sus destinos dos veces en cosa de diez minutos. El uruguayo dio una de cal y otra de arena. No como el portugués, que lo hizo todo mal. Primero fue un pase: Forlán pone el balón 60 metros adelante para Antonio López. Si Costa hubiera sabido por dónde le venían los tiros, probablemente hubiera despejado. Como no fue el caso, el dueño de nuestro lateral izquierdo mientras Filipe Luis no pueda decir lo contrario, se encontró una pelota plácida que ceder a Simao, que entraba, remató y puso por delante a un equipo del que lo mejor que se podía decir hasta entonces es que había aguantado muy dignamente el chaparrón.
La buena fue muy buena… pero la mala tampoco desmereció, no crean: luchaba Forlán un balón aéreo con uno de los tres Costas que había en el campo, el único europeo y no doy más pistas, cuando se la llevó con todo el señorío del mundo. La descoordinación entre César y su defensa fue de tal calibre que superar a uno fue superar a ambos. Forlán sólo tenía que empujarla, colocársela, hacer lo que le diera la gana para que la pelota cruzara el escaso trecho que supone el área pequeña. Pero intentó controlarla, si alguien sabe para qué, que lo diga ahora, y se le fue larga.
Con Agüero en Madrid, Reyes se convirtió en nuestro lugar natural al que mandar la pelota. Él enloquecía con solvencia las jugadas y Mathieu solventemente se volvía loco tras sus tobillos. Tuvieron que cambiarle. Iba a camino de convertir a Gurpegi y Ujfalusi en dos hermanitas de los pobres. Pero esa luz también se apagó mediada la segunda parte, cuando llevar un balón hasta César era una heroicidad que no corríamos el riesgo de cometer.
A partir de ahí, David De Gea, que rima con Club Atlético de Madrid. Bueno, debería. Se ha hecho mayor, ya le dejan hacer entrevistas y no hay quién lo pare. Tres o cuatro veces dejó con las ganas a un estadio incapaz de creer que no había sido gol. Cierto que la defensa estuvo seria, porque una cosa es que el Valencia dominara escandalosamente la segunda parte y otra que pasáramos miedo, que no fue mucho. Pero cuando ellos lograban tirar, De Gea siempre salió al rescate.
Quizá pudo haber hecho algo más en el gol. Quizá todos pudieron en esa jugada que a trompicones llevaron Albelda y Pablo Hernández por la banda derecha, que el primero de ellos centró y que remató Adúriz, un tipo que mide lo mismo que Perea pero que en el salto parecía Gasol. Entró la pelota, era el minuto 83 y, a partir de ahí, si algo podía pasar sería malo.
Tuvimos la suerte de que no pasó y empatamos en un campo en el que un empate son casi tres puntos.