ATLÉTICO DE MADRID, 0 – SEVILLA, 0
Dos parejas se conocieron y llegaron al matrimonio. Una de ellas se divorció. Un niño aprendió a montar en bicicleta. Un par de adolescentes entendieron las derivadas. Tres abuelos quedaron campeones provinciales de petanca. Un señor con gafas se termió el Ulises de Joyce. Dos gatitos, al fin, murieron.
Todo eso ocurrió entre que el balón salió de fondo por primera vez y Javi Varas lo puso en juego. Luego la historia se repitió una decena de veces. Perder tiempo o ganar metros al sacar de banda no es feo un recurso de última hora para el Sevilla, es su filosofía de vida.
Da igual el minuto, el marcador y el entrenador que los pastoree. Es jugar bajo el influjo de Del Nido, el hombre que se comía los leones hasta el rabo -o algo así-, y volverse medio gilipollas. Tú al Barça le pones la camiseta del Sevilla y se convierten todos en Dani Alves.
Y claro, si el encargado de vigilar al Tato, el Chanclas, el Chirlas y el Pistolas es Undiano Mallenco, pues apaga y vámonos. Como los malos padres, se pegó toda la primera parte ladrando al Sevilla -tarjeta tras tarjeta- para al final tener muchísimo cuidado de no morder con ninguna roja. Como los malos árbitros, se tragó un penalti por agarrón a Falcao e inventó la ley de la desventaja. Enorme: falta que nos hacen en la frontal , de esas que llevan el 22 a la espalda. La pelota sigue rodando y tenemos jugada. Pero Undiano pita, así que todos los jugadores se paran. En ese momento, para desconcierto general, nuestro árbitro mundialista en Sudáfrica se rectifica a sí mismo y ordena que siga el juego. Menos mal que nadie la había cogido con la mano para sacar la falta, porque si no, nos expulsa a un tío. Y estoy hablando de una anécdota y no de una tragedia porque Curtois quiso parar la siguiente: 50.000 atléticos pasamos un par de minutos preguntándonos qué coño había hecho el colegiado. El tiempo justo para que 11 sevillistas montaran un a contra estupenda que a puntito estuvo de amargarnos el día.
Pero no, no hemos empatado a cero porque jugar contra el Sevilla sea como hacerlo en una liga de barrio chungo. Tampoco porque Undiano Mallenco sea un árbitro realmente lamentable. No le hemos ganado al Sevilla porque el profesor Manzano todavía se está preguntando si es de ciencias o de letras: no sabemos a qué planteó el partido. Con buenos jugadores -muy bien Diego y Arda- pero sin ideas claras, la pelota apenas llegó con limpia al tío al que debe llegar. Y la vez que lo hizo, Falcao falló una de las que hubieran condenado a Adrián a dos meses de banquillo.
Volvemos a los viejos tiempos en los que nuestro delantero tenía que venir a buscarlas al centro del campo. Pero Falcao no es Forlán. Al tigre hay que atarlo a una estaca en el punto de penalti rival. Y la cuerda, que no supere los 15 metros. Porque todo lo que sea salir de ahí, es para perder la pelota y al delantero. Un desastre.
Volvemos a casa con un punto que sabe a poca cosa, a casi nada. Y ni siquiera nos queda el consuelo de haber visto un buen partido. Viendo cómo lleva años jugando el Sevilla, lo suyo sería declarar el partido día del socio, precios populares. Cobrar entrada completa por un partido en el que uno de los dos no quiere jugar debería considerarse un timo.

