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Alergia de la de verdad

El cuerpo tiene estas cosas. No es ni el primer año, ni siquiera el segundo que me pasa. Entre que los ninios certifican que sigo sin ser millonario y el langostino pertinaz sale de la cocina siempre se acaba desatando una fuerza cósmica que me deja hecho una pena. No hay día 23 de diciembre desde que el mundo es mundo que no me pase en pijama, arropado por una mantita, tirado en el sofá o arramblao delante del ordenador, con un calcetín puesto y otro a medio quitar y los ojos entrecerrados pegándole sorbitos a algún berbistrajo caliente. Se puede tener una pinta más indigna, seguro, pero ahora mismo no se me ocurre cómo.

Lo de que soy alérgico a la navidad en mi caso no es un tópico, visto lo visto es una evidencia médica. Debo de tener alguna glándula cabrona por ahí que, según se iluminan las calles, se pone a dar porculo. Será algún mecanismo de defensa: en lugar de deprimirme profundamenta al ritmo del jingle bells, me pongo malo. No hay manera de estar triste cuando intentas controlar un moqueo catarático.

Igual es un rollo asperger de esos y lo que pasa es que carezco de cualquier tipo de empatía, sobre todo si es navideña. La felicidad obligatoria así se te haya muerto el gato o tu equipo se arrastre por los confines de la liga, me pone de una mala leche que no les quiero contar. No acabo de entender eso de sonreir y mostrar buenos deseos con todo cristo sin haber fumado nada. Si un doce de junio, martes, la vida de Fulanito me importa una higa, socialmente soy un tipo normal y con unos respetabilísimos intereses. Si a veintitantos de diciembre la indiferencia no ha cambiado en exceso, lo mío ya es de monstruo comeniños. Amabilidad por calendario, se llama.

La navidad mola hasta que uno se da cuenta de que los reyes son los padres. Bueno, más bien, hasta que uno le dice a sus padres que se ha dado cuenta. Lo cual suele ocurrir un par de años más tarde, no sea que si saben que lo sé se joda el invento. A partir de ese momento, y dado que Cortylandia ya no es lo que era, uno de los principales cometidos de estos días es peregrinar de centro comercial en centro comercial buscando regalos para todo cristo. Un follón en el que nunca aciertas porque si a alguien le gusta mucho algo, lo tiene. Y si no lo tiene, probablemente no le guste tanto.

El resto del tiempo, te lo pasas de comida en comida, de cena en cena, como si el día 7 de enero fuera a llegar otra posguerra. Normal que muchos de esos días acabes con una melopea de pronóstico reservado. Total, si estás en casa, la que sea, malo. Y si sales a la calle, peor: pese a lo que digan estadísticas plenamente falseadas, el día 31 de diciembre en los bares de toda España sólo se consumen 12 litros de whisky. El resto son productos adulterantes para hacer garrafón.

Así que, entre unas cosas y otras, la navidad es esa época en la que, al menos dos días pasan como en una nebulosa. Los jugos gástricos luchando por salir del barco hundido de tu estómago mientras tú peleas por comer un bocadito más de cordero. Sólo uno. Que te lo han hecho con mucho cariño.

Una época en la que haces cola hasta para ir a mear en casa. Las cuentas entre catorce personas, 53 metros cuadrados y un solo baño no suelen salir bien. Colas para pagar los regalos, colas para comprar el marisco porque otro año más no has hecho caso a quienes te dijeron que lo congelaras.

Colas hasta para ir al cine. Porque a día uno o a día 25, a las seis de la tarde la situación se empieza a hacer tan insostenible que cualquier cosa que te ofrezca un par de horas de evasión se convierte en la tierra prometida. Si de normal, una sala de proyecciones puede convertirse en una tragedia, en navidad y año nuevo la paciencia tiene que alcanzar cotas épicas para que la cosa no acabe en comisaría.

Igual lo del cuerpo es una señal y yo me empeño en despreciarla a base de medicamentos. Un año de esto me dejo ir y no me tomo nada. Sólo por comprobar si, como sospecho, estaré al borde de la muerte hasta la mañana 7 de enero, momento en el que me levantaré hecho un pincel como si aquí no hubiera pasado nada.

MenéaloMenéalo, fun fun fun  -> 
 
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Publicado por en 23 diciembre 2009 in Y todo lo demás

 

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El márketing de la amenaza

Con la Lotería de Navidad pasa como con los Reyes Magos. Uno se pega la infancia asociando a ambos conceptos mercantiles un mundo mágico y luego, de mayor, acaba pagando las consecuencias. Los Reyes significaban que te ibas a pegar un atracón de regalos de no caberte en los ojos. El soniquete de los milloooneeesdepeseeeetaaaas de cada año, te ponía en trámites de empezar tres semanas de vacaciones. Casi na. Luego la cosa pasó de pesetas a euros y eso no hay dios que lo canturree con decencia, pero esa es otra.

El caso es que cada año que pasa lo pone a uno más lejos de los regalos que caían del cielo y más en medio de la tarjeta de crédito pidiendo clemencia el día 5 de enero, después de un par de semanas sobrecogedoras. Con la Lotería, el canturreo supone que, a poco que el asunto sea normal, vas a acabar el día rompiendo unos décimos que te han costado una pasta.

Porque uno va de racional por la vida, la banca siempre gana, los juegos de azar son una esperanza inútil y todo eso; pero hace un rato, repasando con Misanta, acabamos de contarnos 120 eurazos como 120 soles en Lotería. Con crisis y con hostias, los españolitos nos hemos jugado en Lotería de Navidad más de 2.700 millones de euros. Lo que Greenpeace le pide al Gobierno para luchar contra el cambio climático, la cantidad necesaria para sanear Opel, lo que la UE destina a cooperación con Latinoamérica. Ea, vayan ahora a pedir puerta por puerta ese dinero para tan nobles fines y luego me hacen un croquis de dónde les han mandao.

Sí, me dirán que ese es el precio de la ilusión, de que esta noche nos vayamos a la cama siendo un poquito menos pobres, con la hipoteca pagada, en mitad del viaje de nuestros sueños, sin acordarnos de cuándo acaba un mes y empieza otro. Pero no. 2.700 millones de euros es el valor de la envidia en esta, Mispaña.

Que levante el dedito el que haya comprado más de un décimo sólo con las palmeras de Cayo Coco en el horizonte. ¿Nadie? Porque igual resulta que lo que compramos con la Lotería de Navidad no es la posibilidad de que nos toque, sino la de que no le toque al vecino y nosotros con cara de imbéciles.

La Lotería de Navidad no necesita calvos, ni anuncios espectaculares. Es un negocio que funciona solo. Si en bares habituales y centros de reuniones el miedo a pasar a la historia como Paco, el bobochorra que no llevaba ni una participación, ya sirve de estímulo, en el trabajo su efecto es demoledor. El márketing de la amenaza hace que todos los miembros de una organización laboral, sea cual sea su credo, ideología y costumbres alimenticias acaben llevándose al menos un decimito para casa.

Porque el día a día de no ser millonario se hace jodido, doy fe. Pero el día a día de saber que Fulanito el trepa sí lo es gracias a un décimo cuya compra despreciaste durante meses, debe de ser uno de los dolores más terribles que un alma padecer pueda.

MenéaloDoscientos millooooones de Meneeeeeeeeeos  -> 
 
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Publicado por en 22 diciembre 2009 in Perdiendo el tiempo

 

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