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El señor Pandur y un imbécil de Burgos

Esta es la historia de un viaje que ha durado dos años, 730 días, rato arriba rato abajo. Empezaba el verano de 2007 y Misanta y yo acordamos con otra pareja ir al Festival de Teatro Romano de Mérida. ¿A ver qué? Lo mismo daba. Total, será un clasicazo y sólo por ver el espectáculo que es el teatro en sí, merecerá la pena. Posibles, por fechas y demás: Los Persas, con Natalia Dicenta (familia de actores, buena reputación) de prota, y Lisístrata, con Míriam Díaz Aroca (participante en Mira quién baila, presentadora de Desde Lepe con humor). Oh, cielos. Sin pensarlo, de cabeza a Los Persas. Viaje, hotel, comidas, entradas… una pasta.

Que la región más pobre de este país (nosotros, que vivimos entre piedras, cabras y yerbajos) lleve 55 ediciones de un festival en el que hay hostias para actuar y hostias para verlo, sinceramente, me pone un poco orgullosito.

Entrar en el teatro romano un día de función es casi mágico. O mágico del todo, qué coño. El ambiente, la iluminación, la música… todo te transporta dos mil años atrás. 9 d. C. y tú, todo pequeño e ilusionao, camino del teatro.

En eso que, sonrisa bobalicona en ristre, miras al escenario y… ¿qué cojones hace un autobús carbonizado ahí? ¿aquello de arriba no será una batería con sus platillos y todo, verdad? ¿por qué hay una bandera de Españaza en mitad del medio? Nos mirábamos con esa esperanza del que mira en los bolsillos y no encuentra nada: después de esto, lo que venga sólo puede ser mejor.

Nos equivocábamos, claro. La primera escena ¿ofrecía? a un ¿caballero? vestido de legionario y cantando, evidentemente, soy el novio de la muerte. Dos mil años de guerras, saqueos, terremotos, olvido y recuperación milagrosa de un teatro Patrimonio de la Humanidad para que ahora aparezca un tío vestido de militar con una versión rock del himno de la legión. Guitarras eléctricas incluidas. Ya puestos a hacer el cafre, lo hacemos a base de bien.

Escarmentados, esta vez ni se nos ocurrió aquello de que no podíamos empeorar. Y ahí sí, con un poco de pasta en el bolsillo y alguien dispuesto a aceptar la apuesta, nos hubiéramos forrao: El resto de la obra fue un demencial carrusel de monólogos, canciones absurdas, gritos, muchos gritos (que se note que estamos haciendo teatro) y números de la cabra como el del fulano que, en una escena que marcará un antes y un después en el arte contemporáneo, sacudía una bandera (de Españaza, otra vez) con la polla. Solteras patriotas e histéricas del mundo (perdón por el pleonasmo), aquí tenéis vuestra despedida soñada.

Teóricamente, todo aquello era un alegato contra la guerra. Escaso éxito tuvo el invento: el personal acabó con ganas de incendiar cualquier cosa con aspecto combustible en la ciudad. Muchos salieron cuando se pusieron de acuerdo dos de sus sentidos, el común y el del ridículo. Nosotros no hicimos demasiado caso los nuestros y logramos llegar hasta el final. Eso sí, abandonamos aquel sitio mágico como se abandona la consulta del dentista: de una sobrenatural mala leche y acordándonos de todos los muertos del responsable del mal rato que habíamos pasao.

Fuera, entre instintos asesinos y lamentos quejumbrosos, logramos enterarnos del responsable del engendro.

Lo que es el arte contemporáneo, no chirría para nada.

Calixto Bieito se llama. Si lo ven, salúdenlo de mi parte.

Es lo que tiene no ser lo más cool de lo ya de por sí cool. Que uno no sabe de qué palo va un tío con nombre de canción de Sabina y apellido de honrado ganadero gallego. Y el fulano resulta que va de provocador por la vida. Llevo tres años siendo abonado del Atleti. Que no me vengan ahora contando lo que es un espectáculo provocador.

Durante dos horas el tal Bieito intentó escandalizar (porque él es así, calvo y escandalizador) sin mucho sentido y con frecuentes recursos de tetaculopedopisismo. Siglo XXI, les recuerdo, la época en la que un niño de 10 años pueden encontrar toda la dosis de tetas, culos, pedos y pises que desee en medio minuto de google. Al final, acabó por demostrar lo obvio: una mierda en el museo del Prado, no deja de ser una mierda.

Pese a este (largo) y trágico precendente, esta semana volví a engañar a Misanta. Objetivo: Medea. El País la ponía por las nubes… lo que tampoco es para fiarse mucho. Tras conseguir milagrosamente hotel, sábado por la mañana, a ello vamos. Aquellos que, en un arrebato de insensatez, me agregaron en el twitter, sabrán que la escalada de pánico subía según comíamos kilómetros. Ay, ay, ay.

Mientras recorríamos la calzada (2000 años, sin sacar el calendario) hacia las gradas, las mismas fantásticas sensaciones de siempre. Al entrar, un enorme alivio: no había ningún chasis herrumbroso en el escenario. Tampoco bandera alguna. Bien. Coño. Bien. Lo único, toda la escena cubierta de paja, bien desperdigada, bien en pacas formando un muro y una especie de laberinto. Todo integrado. Todo mostrando respeto por un edificio que lleva desde poco después de muerto Viriato aguantando lo que no está escrito. Para que luego venga un gilipollas de Miranda de Ebro a ponerse intenso.

Esta vez no había gilipollas, lo que había era un señor esloveno llamado Tomaz Pandur que ha logrado que Medea sea a la vez mito griego y cualquier tragedia de hace nada. Te la crees. Y te los crees a todos. Blanca Portillo está espectacular. Asier Etxeandía, Julieta Serrano y Alberto Jiménez, también. El conjunto es sobrecogedor y salvo por detalles insignificantes como ese cigarro final de la Serrano, todo tiene sentido.

El texto es impecable, incluso brillante (“las ideas siguen vivas mientras haya alguien que se oponga a ellas”). Y el final, aunque en un primer momento pueda descolocar, dos segundos de reflexión más tarde acaba reconcilándote con la vida. Y con el Festival de Mérida.

Es lo que tenemos los poco modernos: nos gusta ir al teatro para terminar aplaudiendo. Felices.
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Publicado por en 30 agosto 2009 in Perdiendo el tiempo

 

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