ATLÉTICO DE MADRID, 4 – LEVANTE, 1
Parece mentira que el Levante ande con semejante desahogo por la Primera división habiendo otros que tanto están pasando. La propuesta que trajo al Calderón el tercer mejor equipo de la segunda vuelta era muy propia de las fechas: hostia va, hostia viene. A los dos minutos una patada nos cortó el cuerpo a todos los que habíamos escapado a tiempo del atasco: se la dio su Juanfran al nuestro y a todos nos pareció que, sin cuatro titulares, Quique iba a tener que inventarse otro cambio más en un momento.
Porque faltaban Godín, Reyes, Koke y Tiago. Unas asuencias que en defensa se suplen con cierta seguridad, pero en la media te dejan con Raúl García y Elías de titulares. Temiéndote lo peor. Habían pasado 20 minutos más largos que un día sin pan cuando tenemos una falta en la frontal. Con Agüero y Filipe en perfecto estado de revista, Elías empieza a rondar a la pelota. Si digo que un 1% del estadio confiaba en que la cosa acabaría bien estaría exagerando una barbaridad. Casi estábamos empezando a pronunciar el tan poco extraño se veía venir, cuando ni se vio ni vino: Elías clavó un golazo por la escuadra que, además de lógicamente sobrecogernos, dejaba el partido de cara.
Hasta que nos dio la gana. Con Mario Suárez creciendo al mismo ritmo que Raúl García menguaba, lo que menos nos hacía falta era que el chaval se llevara por delante a Caicedo en el área. Penalti que el muy fichable delantero del Levante marcó para que nos fuéramos al descanso entre el desasosiego y el miedo cerval a irnos a casa con cara de tontos.
Lo evitó, claro, el Kun: cogió un balón en el centro del campo, avanzó unos metros, trazó la definición acústica y visual de lo que es un cañonazo, el balón rebotó en dos defensas, volvió a caerle y el Vicente Calderón escuchó de nuevo el ruido seco que hace un balón cuando sabe que va a ser gol. Con el partido controlado, un penalti a Diego Costa permitió al Kun meter el tercero cuando todavía quedaban 20 minutos.
Quique entonces hizo algo incomprensible: en lugar de quitar del medio a Agüero, que con el partido resuelto sólo podía llevarse una desgracia, sacó del campo a Juanfran y metió a Forlán. Tuvo tiempo el uruguayo de hacer dos cosas, y las dos mal: una es no haber perdido la costumbre de tirar a puerta todo balón que le cae en los pies, como si el alma que se le quedó dormida en algún sitio pudiera despertarse a pelotazos. La otra, la que le deja sin excusas, fue fallar un mano a mano con el portero a pase del Kun. Cuando Forlán diga al fin que se va, hará mucho tiempo que ya se habrá ido.
A todo esto, el partido se seguía jugando, y un córner cerrado sirvió para que Munúa, presionado por Raúl García, se metiera el 4-1 que nos deja, y más con estos resultados, muy cerquita de la Europa League y aún, ¡aún!, soñando con la Champions. A última hora, con fatiguitas y haciendo más cuentas que para una Renta a devolver. Así nos vamos a pasar mayo entero. El Atleti, que somos todos, pero algunos más que otros.


