Andaba pululando por el siempre recomendable blog de Rosa María Artal cuando he visto un dato que ella cuenta de pasada y que a mí, casi en vísperas de la mani follarespecaoypuntopelota me ha dejado el cuerpo un poco al bies.
Casi el 75% se declara católico aunque no va a la iglesia.
Me ha dado por curiosear un poco en los datos del INE (página 78) y efectivamente, hay un 75 por ciento de seres humanos en este país que se declaran católicos. De ellos, más de la mitad no pisa una iglesia ni a tiros, un porcentaje que en el catolicismo de extrema izquierda (átenme esa mosca por el rabo, sin prisas, cuando puedan) se dispara al 73, en la socialdemocracia se queda en mas del 65, es de un 58 para el centro reformista y más del 40 en la derecha de todos los pelajes.
No es posible. ¿Pero no habíamos quedado en que eso de ir a misa con cierta frecuencia es una de las claúsulas no negociables para escriturar nuestro cachito de cielo? Ah, no, mira, es que yo soy católico, pero no practicante, llevo la cosa a mi manera. A tu manera, como Frank Sinatra, o Siempre Así.
No tengo nada en contra de los que, todavía, se creen la milonga. Cada uno esquiva la certeza de que un día será alimento para gusanos lo mejor que puede. Y si pensar que hay un más allá en el que todos juntitos esperaremos la resurrección de la carne les reconforta, por mí perfecto. Mientras sus primitivismos mágicos se los queden para consumo interno, perfecto.
Otra cosa es ese 55 por ciento, que está calculado con desprecio de todos los matices que no deberían desprecisarse. Sagradas Escrituras S.A. no tiene matices. La cosa, más o menos, es que el creador de los cielos y la tierra, de la luz, de Tyra Banks y del jamón de Extremadura, dictó unas leyes a los hombres. Leyes perfectas e inmutables, no como la cosa audiovisual española.
Para explicarlas, porque somos torpones, ha delegado en un alegre grupete de señores dirigidos por un tipo que, en cuestiones religiosas, es infalible por definición. Así, sin pestañear. Si mañana vuelve a recalificar el cielo, el limbo o lo que le venga en gana, amén, que el Papa nunca se equivoca.
La Iglesia es un club privado, como cualquier otro. En él hay unas normas que nadie obliga a cumplir y unos señores que las dictan. Si quieres las cumples, si no pues no pasa nada, te conviertes al pastafarismo y tan contentos.
Porque lo que no vale es que luego lleguemos nosotros, no les hagamos ni puto caso a esas normas y nos quedemos tan anchos. Un fulano promiscuo, homosexual, mentirosillo, algo cleptómano y que no sabe de qué color es una iglesia por dentro puede, perfectamente, declararse católico sin que se le mueva el tupé. Con dos cojones.
- No, mire, es que yo ser, lo que soy, es un ferviente admirador de Raúl, el blanco es mi color favorito y no concibo obra civil más apabullante que el Santiago Bernabéu.
- Pues qué le vamos a hacer, caballero, por mucho que se empeñe, no va a ser usted miembro de honor del Frente Atlético.
- Joder, cómo se ponen, yo es que soy atlético, pero no practico.
Todo esto sería un detalle simpático, allá cada cual con sus hipocresías, si no fuera porque luego ese es el dato al que se agarran Rouco & Camino para ponerse a negociar la viruta y todo lo demás con el Gobierno. Y lo peor de todo, es que llevarán razón: gran parte de ese 55 por ciento de no practicantes saltaría a cualquier yugular a una orden de esos líderes espirituales cuya doctrina se la trae muy fresca en su vida diaria.
Sería interesante preguntar cuántos de los antiabortistas del próximo sábado pertenecen a ese limbo de la falta de práctica. Esos que hacen de su capa un sayo con las normas de su club privado pero luego están muy dispuestos a imponérnoslas al resto del personal.
Actualización 16/10/2009: Un bigote me dice, y no sin razón, que aparte de a ese 75 por ciento de seres humanos ue se declara católico, Sagradas Escrituras S.A. también puede agarrarse a otro dato para presionar: el número de bautizados. Teniendo en cuenta lo trabajoso que puede llegar a ser borrarse de una lista en la que nunca te apuntaste (instrucciones para intentarlo aquí), muchos seguimos apuntados sin quererlo. Y (auto-tirón de orejas) también servimos para el recuento.