BAYER LEVERKUSEN, 1 – ATLÉTICO DE MADRID, 1
Si un hombre no es grande por no haber caído nunca, sino por las veces que se levanta, nadie ha tenido tantas oportunidades de grandeza como el Atlético de Madrid. Hoy, una más. Esta vez, el perpetuo milagro al que se encomienda este equipo día sí, día también, no salió. Se veía venir, tenemos a la mitad del santoral de baja por estrés, en plan controlador aéreo, y todavía no hemos encontrado la manera de militarizar las capillas.
De nada valió que nos lleváramos las manos a la cabeza al ver que no aparecía Reyes en el once. Fue inútil casi gritar los casi tres goles del casi héroe Forlán. En vano nos enfadamos con el 1-0 y en vano celebramos, con mucha mesura, ese empate de Fran Mérida tras la obra de arte de cada día que nos regaló Agüero. Ni siquiera nos sirvió ese cambio de balón, de blanco a naranja, cuando la nevada ya era de las de llevar cadenas.
En la otra punta de Europa, el Aris de Salónica le había metido ya uno al Rosenborg, que al final fueron dos, y por muy flamencos que nos pusiéramos, el cuento se había acabado.
Este año no hay red, no hay una competición menor a la que caer e ir pasando rondas hasta una final lejana. En el centro de Alemania nos hemos despedido del título que ganamos 400 kilómetros más al norte. Nos ha eliminado el Aris de Salónica, un equipo de descartes de la liga española.
Ya está, ya hemos caído. A ver ahora cuántas veces tenemos que levantarnos para volver a ser grandes.

