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Disgustos que no se le dan a un padre

ATLÉTICO DE MADRID, 2 – ARIS DE SALÓNICA, 3

Hace un año andábamos empatando con el APOEL de Nikosia y maldiciendo la suerte de un equipo que miraba más a Segunda que a Primera. Luego, ganamos dos copas, llegamos a otra final y descubrimos con asombro que el fútbol, a veces, también puede ser motivo de alegría. Quizá por eso soy, con @panchovarona, el tío menos cabreado tras el naufragio del Calderón. A estas alturas, nadie puede descartar que la primera victoria de un equipo griego en España, la calamidad recurrente de nuestra defensa y los crecientes nervios de San David sean el prólogo de un año apasionante. Porque los caminos del señor son inescrutables, que es la versión bíblica de Pedro Navaja.

Eso sí, Quique tiene que darle medicina a nuestra defensa y centrarse un poco en lo que quiere. Un año después, no podemos seguir señalando siempre, en cada gol, las mismas vergüenzas. Antonio, todo voluntad y Filipe, todo clase, no se hacen con el puesto porque sus todos y sus nadas son recíprocos. Domínguez no juega porque está falto de ritmo porque no juega porque está falto de ritmo porque no juega y así podría pegarse la borrica volviendo al trigo diez o doce años. De Gea anda fallón desde hace varios partidos, sus cantadas ya hubieran servido para crucificar a Asenjo, pero el chico tiene bien merecido más crédito que el Banco de España. Lo que ahora mismo no sé si es buena comparación.

Minuto uno. Con la gente en plan tu eres la alegría de mi corazón, nos dieron el primer disgusto. Cómico si no fuera trágico. De Gea, atorrijao por tercer partido consecutivo, despeja fatal es poco a la frontal del área a los pies de un griego llamado Mendrinos. El hombre remata, pero remata mal y el balón rebota en nuestro portero, que hasta ahí había llegado. De vuelta a Mendrinos, esta vez es el poste el que rechaza una pelota que le cae a Koke para que acierte con la portería con todos los nuestros descolocados. Como respondió el reo al saber que lo ahorcarían el lunes, mal empezamos la semana.

En 15 minutos las aguas volvieron a su cauce, si es que alguna vez lo han tenido en el Calderón más allá del Manzanares. Como ya es costumbre de esas cosas se encarga Agüero. Primero con un taconazo de genio, prólogo del tiro de Reyes, del poste y del remate de Forlán. Luego, por su cuenta y riesgo, después de recibir un balón largo y engañar al portero sin demasiado esfuerzo.

Situación controlada, pensamos sin hacer ni puto caso a nuestras tendencias suicidas. Pero aparecieron; en forma de agarrón de Álvaro Domínguez a un griego que acabó en penati, empate y nervios.

Lo teníamos complicado, pero ni una mijita comparado con como se nos iba a poner: un córner más tarde, el barullo acaba en un remate a bocajarro que despeja de Gea, un Tiago y cuatro defensas viéndolas venir mientras vuelven a rematar, un Godín dejándole la peor pelota de su vida al portero, un pésimo rechace con el pie y un lateral derecho griego, que en su vida se ha visto en otra, marcando el 2-3

El resto fue ese cabreo cocinado a fuego lento con el que todo el mundo salió del Calderón. Acostumbrados a los imposibles, nadie se atreve a dar por muerto a un equipo que tiene varios domingos de resurrección al año. Pero es cierto que el espectáculo de ayer ya no es para preguntar papá, ¿por qué somos del Atleti? sino, más bien, hijo, ¿por qué coño me traes al fútbol?

 
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Publicado por en 2 diciembre 2010 in La pelotita

 

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Tendremos que reír los últimos

ATLÉTICO DE MADRID, 2 – ESPANYOL, 3

Somos un equipo llamado a los imposibles. A levantar copas recién escapados de la tumba. A retener contra viento y marea a uno de los cinco futbolistas más luminosos de la última década. A llevarnos un calentón inconmesurable a dos grados bajo cero. Para eso último hemos tenido ayuda de mucha gente. La de todo el Espanyol y la de Teixeria Vitienes, cántabro.

20 minutos estuvimos decidiendo quién tenía menos que perder. Si ellos o nosotros. Con una alegría digna de mejor temperatura, los dos equipos se tiraron al ataque. Nuestra primera falta tonta, devino drama. No por el tiro, que no iba a ningún sitio, sino porque pegó en la barrera. En una parte de la barrera, esa que eran los dos brazos de Reyes juntos, sobre el pecho, entre protegiéndose y rezando el jesusito de mi vida. Ciento cincuenta jugadas iguales hay así cada semana. Ninguna acaba en penalti. Pero eso es porque nunca pillan cerca a Teixeira.

Instalados ese punto exacto en el que el cabreo está al borde de convertirse en incredulidad, vimos a Luis García meternos el primero. El Espanyol se relajó un puntito y entonces supimos que el bocata nos lo íbamos a comer empatados. De lo que no teníamos ni idea es de que fuera a costar tanto. No sólo es que tuviéramos que esperar 25 minutos de asedio sino que, ya en faena, el gol sólo vino después de un catálogo de remates: sacó Reyes el córner y de cabeza lo intentó Tiago. Paró Kameni. A medio metro de la raya, Godín pegó un zapatazo. Volvió a parar Kameni. Le cayó otra vez a Tiago y esta vez marcó con un trallazo suficiente para meter en la portería la pelota, el portero y todo aquello que se le pusiera por delante. Fue lo último de una primera parte que nos dejó las engañosas sensaciones de que ganaríamos el partido y de que el penalti había sido un accidente.

Ni diez minutos de la segunda parte tardamos en darnos cuenta del error. Osvaldo corrío un balón largo con Perea, una empresa destinada al fracaso. Pero el colombiano, un hombre destinado a darnos estos disgustos, perdió la posición. El delantero le empujó un poco, el cántabro se hizo el sueco, de Gea falló en el primer remate y Verdú puso a todo su equipo a echar cuentas. Como ese funcionario que hay en cada adminstración que entre bajas y libranzas descansa más que curra, al Espanyol de Pochettino le iban a sobrar dos moscosos a poco que se aplicara.

Y se aplicó. Ante la pasividad absoluta del árbitro se aplicó. Si Teixiera hubiera pitado el Ajax-Madrid, Sergio Ramos está todavía haciendo paradiñas en el Amsterdam Arena.

Poquito que nos hace falta para desquiciarnos, con el Espanyol dando estopa y perdiendo tiempo a partes iguales, el partido se nos iba cañería abajo hasta que apareció Forlán en un destello. Su fantástico pase lo aprovechó el Kun, sólo ante Kameni, para engañar con el cuerpo y rematar rasa y seca al palo contrario.

Dos a dos y durante doce minutos se volvió a jugar al fútbol. Más nosotros que ellos. Con Teixeria molestando todo lo posible en cada jugada, parando contraataques (nuestros), pitando fueras de juegos inexistentes (nuestros), repartiendo amarillas a diestro y siniestro. Haciéndonos ese tipo de cosas que jamás le harían en casa a algunos equipos. Incluso a esos que juegan los lunes.

Y entonces marcó Osvaldo. Nuestra defensa le dejó adelantarse, cazó un centro y metió un golazo estupendo. Nada que reprochar. Salvo que ahí sí que sí, su equipo nos robó un cuarto de hora de partido. Cada entrada, cada falta, cada caída españolista iba encaminada a perder el máximo tiempo posible.  El calentón de la grada era inversamente proporcional a la temperatura ambiente: estábamos a puntito de ebullición.

En medio de este ambiente, Godín le pega una tarascada a Javi López, que cae entre la zona técnica de Quique y la línea de banda. López, escrupuloso con el planteamiento de su equipo, se retuerce en el suelo de dolor. Pero está fuera, no dentro. Un detalle que convertía en inútil tanto aspaviento. Ahí llega Luis García, un tipo al que la UEFA está tardando en darle la medalla de oro al juego limpio, para decirle que se corra un poquito hacia el campo, lo justo para que puedan perderse un par de minutos más con el paripé de la camilla, el masajista y el ay doctor me duele aquí. Quique que lo escucha y se acerca a mentarle ancestros al tal García este, Agüero que aparece con las mismas intenciones y una patada absolutamente fuera de lugar y ahí se lía el bochinche.

Jugada perfecta para el Espanyol: Quique a la calle, y el reloj marcando las horas como si los Panchos no hubieran cantado nunca. Se acabó el partido y aún tuvo tiempo nuestro entrenador de ir a por Luis García sin ánimo aparente de invitarlo a unas cañas. Medio mundo tuvo que meterse por medio para evitar algún guantazo. Feo lo de Quique y feo lo de Agüero. Dicen que Luis García se había reido del Atleti. Lo llevaban haciendo a medias el Espanyol y el árbitro todo el partido. Sólo nos queda el consuelo de que queda mucha temporada y que no sería la primera vez que reiríamos los últimos.

 
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Publicado por en 28 noviembre 2010 in Sin categoría

 

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Una cuestión de lógica

REAL SOCIEDAD, 2 – ATLÉTICO DE MADRID, 4

El fútbol es esa mala costumbre que te cambia la cara, las certezas y casi la vida en apenas 90 minutos. El Atleti sólo necesita 45. Porque todo lo que pasó en la primera parte podemos apuntarlo en el capítulo de los desastres. Desastre empezar el partido sin saber a qué jugábamos. Desastre dejar a la Real controlar un ritmo que debía ser nuestro y desastre, hecatombe, permitir esa jugada de Griezmann a en la que Ujfalusi ahorra a Joseba Llorente el engorroso trámite de meter el 1-0. El muchacho lo celebró como si hubiera sido suyo, pero nosotros y la tele sabemos que fue el checo, deportado hasta el descanso al centro de la defensa, quién nos puso en desventaja.

A partir de ahí la Real se diluyó. Y eso que no tenía motivo: Quique había salido con una defensa experimental que dejaba a Perea el lateral derecho y a Antonio López la banda izquierda. Sólo él sabe por qué. En el medio campo Mario Suárez borraba todas las buenas sensaciones de los dos partidos anteriores y Forlán, Agüero y Reyes deambulaban entre la nieba de nuestro propio atasco. Contagiados de esa costumbre tan uruguaya, los atacantes de este equipo se esforzaban en hacer la guerra por su cuenta. Cualquier punto del estadio era buen lugar para tirar a puerta. A pesar de todo eso, nos empezamos a venir arriba y la primera parte acabó con la Real pidiendo la hora.

Nos mirábamos entre resignados y expectantes. Quién más y quién menos pedía otra caña al camarero sin saber demasiado bien si teníamos por delante una tragedia o una de aventuras. El camarero, del Madrid, nos las ponía como quién calibra la ortografía de un parvulito.

Empezó la segunda parte y casi nos arrepentimos del descanso: Griezmann volvió a darnos un disgusto que no fue a mayores porque todavía seguimos teniendo a De Gea como portero. Atacábamos con ansia y la Real se defendía con eficacia. Entonces, Martín Lasarte decidió inmolarse: quitó del campo al hombre que le había amargado la vida a Perea y complicado la existencia a Ujfalusi, esto último, una vez que Quique decidió volver a la lógica. Griezmann al banquillo. Hagan juego señores.

Y lo hicimos. Tiago sacó con el antebrazo un balón en nuestra área. La pelota le cayó a Reyes que le puso un balón 60 metros adelante al Kun. El control de Agüero hubiera sido un prodigio si no estuvíeramos tan acostumbrados a estas cosas. Lo demás fue sólo rutina: dejada perfecta a Forlán para que empatase. Ni diez minutos más tarde, cambio de papeles: Forlán abrió magníficamente a Ujfalusi que centró al sitio justo en el que iba a aparecer Agüero para meter el segundo. Un poco en fuera de juego, que todo hay que decirlo.

Por delante en el marcador gracias a decisiones arbitrales. Por un momento, nos empezábamos a sentir del Madrid. Cuando Agüero aprovechó un rechace para meter su segundo, nuestro tercero, galácticos del todo.

Pero nosotros, como el escorpión, somos demasiado fieles a nuestra naturaleza. Ningún otro equipo en los límites de la M-30 sería capaz de hacer de los diez minutos restantes una aventura épica. Nosotros sí. Con la gorra.

Fue cosa de Simao, aunque no exclusivamente de él: la pelota rondaba el área, Godín se había liado, Perea la había sacado de aquella manera, el rechace le había caído al portugués… y empezó el espectáculo: el muchacho empezó a regatear rivales en la frontal de nuestra área. Sin lógica, sin conocimiento, sin pizquita de compasión por nuestros pobres corazones que se veían venir -¡camarero, otra caña!- la tragedia. Efectivamente, Simao perdió el balón, le llegó a Diego Rivas y ese hombre, que mamó tanto en nuestros pechos, clavó un 2-3 que nos dejó tiritando.

Cuatro minutos y otros cuatro de propina. Ocho. Anda que no somos nosotros capaces de liarla parda en ese tiempo. Y nos sobra pa un café. Tiró Zututuza, remató Tamudo, centró Sarpong, lo intentó Bergara, hasta concedimos un córner. Nada de lo nuestro ni de lo suyo nos daba idea de cómo iba a acabar la cosa: el rechaze terminó con Reyes entrando en su área, Mikel González abatiéndolo y Ayza Gámez, un amigo, dudando entre pitar penalti o el final del partido. Como daba lo mismo, supongo, le dio la pelota a Simao para que metiera el 2-4 antes de mandar a todo el mundo al vestuario.

Nadie lo hubiera imaginado. Hacía siglos que no remontábamos fuera de casa, nunca habíamos ganado en Anoeta. Lo teníamos todo en contra y por eso, este es mi Atleti, no tuvimos más remedio que ganar.

 
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Publicado por en 21 noviembre 2010 in La pelotita

 

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El día que volvió

ATLÉTICO DE MADRID, 3 – OSASUNA, 0

Andaba Forlán sin alma. A merced de una pesadilla de balones perdidos, declaraciones incendiarias, desconfianzas hasta de uno mismo. Vivía Forlán multiplicando este año su tragedia habitual de cada arranque de temporada. Cada vez más pálido había descendido a los infiernos. Pero llegó Osasuna y resucitó de entre los muertos.

Llegó Osasuna con su partido de siempre debajo del brazo: rocoso y pendiente de un fallo que le diera ese 0-1 al que agarrarse como a un clavo ardiendo. Y se encontraron con que no hubo tal fallo. Valera cumplió en el lateral derecho, algo empieza a no ser noticia, Ujfa y Perea cubrieron con eficiencia el cetro de la defensa y Filipe Luis, tapó lo que fue necesario mientras no olvidaba que la portería que realmente le importa es la que tiene enfrente. Mario y Tiago, aún con lagunas, nos dieron toda la tranquilidad que necesitábamos en medio campo. Un desierto para las (malas) intenciones de Camacho.

Ese es el plan A. Si todo falla, David De Gea. Tres remates, que en tiempos no tan lejanos eran goles en contra, acabaron en nada porque nos ha nacido un héroe allá por la Sagra.

Pero todo eso sólo son condiciones necesarias, ni siquiera suficientes, para el 0-0. A partir de ahí, Aguero, Forlán y Reyes, la santísima trinidad del fútbol a orillas del Manzanares. El primero arrancó con ese motor de explosión que tiene por piernas en diagonal, hacia el córner. Más rápido que todos encontró el hueco para tirar. No era difícil para Ricardo… pero al portero se le escapó la pelota y Forlán acabó con meses de lamentos. La grada gritaba ¡Agüero! y luego ¡Uruguayo!, ¡Uruguayo! y luego ¡Agüero!. Como quién tiene dos hijos brillantes pero distintos, e intenta por todos los medios que ninguno sufra un arrebato de celos.

No hubo que esperar mucho para el segundo, que nació de Reyes. El sevillano colocó un pase enorme a Forlán, que tuvo fe, llegó forzado a la línea de fondo, centró bombeado y encontró la cabeza de Agüero. Los mismos protagonistas, pero a la inversa. Otra vez los gritos esquizofrénicos que el Kun se encargó de unificar: todos para Forlán, señaló a la grada. Y un minuto más tarde, todos eran para Agüero.

La de tiempo que hacía que no encarábamos el visiten nuestro bar de cada descanso con esta tranquilidad de espíritu. El partido lo íbamos a ganar por méritos nuestros y porque el Osasuna no daba más de sí. Por si quedaban dudas, al cuarto de hora de la segunda parte, Monreal vio la segunda amarilla que estaba buscando con ahínco y su equipo no volvió a tirar a puerta en todo el partido.

Diez minutos más tarde, Forlán metió el gol de la jornada. El uruguayo parece decidido a tapar muchas bocas. Esta vez, con goles. Lo que siendo él es de agradecer. Se escapó por la izquierda, regateó hacia el interior para dejar tirados a dos defensas y la colocó en la escuadra que tenía más lejos. Donde nunca podía llegar Ricardo. Golazo. 3-0 y por delante un calendario cuesta abajo que nos puede dejar la Champions a punto de caramelo. Soñar en liga con algo más es imposible. A estas alturas, ya hemos fallado demasiado.

 
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Publicado por en 14 noviembre 2010 in La pelotita

 

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Para frotarse los ojos

ROSENBORG, 1 – ATLÉTICO DE MADRID, 2

Medio metro. Por lo menos. Era la distancia entre Agüero y el último defensa. Entre el Kun y la espalda de ese último defensa, se entiende. Un fuera de juego como una catedral que nos puso por delante en el minuto cuatro o así. Antes, Simao y Raúl García nos habían dejado el mejor cambio de banda en lo que va de temporada. De ahí al centro, a la ceguera del árbitro y al gol. Son así de malos, aquí, allá y acullá. Claro que cuando nos son torpemente favorables, duele menos.

Fue marcar el gol y empezar la siesta a la espera de un latigazo del Kun o de Costa, a lo tonto modorro el único jugador que ha estado en todos los partidos del Atleti este año. Alguna tuvimos, pero insuficiente. O no atinábamos nosotros o atinaba Örlund. Nombre de vikingazo para un portero sueco. Todo queda, más o menos, en casa.

Y nos confiamos. Nos confiamos tanto que cuando el lobo empezó a soplar, la cuatro paredes de cartón con las que Quique sostenía al equipo, se fueron al carajo: Henriksen metió el empate en una jugada en la que se juntaron nuestras habituales angustias defensivas con una insospechada cantada de De Gea. El Rosenborg se lo creyó y entre unos y otros nos acabaron dando la tarde.

Sin jugar ni a la chapas, con la clasificación chunga de cojones, el Madrid asomando la patita y el porterazo que encontramos en Illescas completando su cupo anual de fallos con una salida absuda a controlar un balón en la banda. Le quitaron la pelota, claro, y supimos que la derrota, la debacle europea y hasta la goleada en Chamartín iban a ser cuestión de que pasara el tiempo.

Si la esperanza es lo último que se pierde, el Atleti no tenía nada en el petate desde el minuto en el que Quique quitó al Kun y sacó a Forlán. A su sombra. A esa sombra que nos es peligrosamente familiar y que aún contemplamos con la esperanza de que cualquier día arranque. No puede ser que a Forlán se le olvide jugar al fútbol. Ni siquiera puede ser que se le hayan quitado las ganas. Justo eso que pareció cuando, en una cruel fotografía mental, todos lo vimos quejarse por no haber recibido el pase mientras la pelota entraba en lo que ya era uno de los goles del año: Tiago.

Porque Tiago marcó un gol de los de frotarse los ojos. Como los héroes, rescató a la chica cuando todo estaba a punto de estallar. El portugués cogió el balón en el medio campo, se fue de dos defensores, a otro más se lo quitó de encima con un caño, miró a portería y desde 25 metros, con ese último impulso del que no da más de sí, le pegó seco a la escuadra. La pelota entró, pasar de ronda es ahora todo lo fácil que para el Atleti pueden ser las cosas fáciles y hasta Forlán fue a felicitarle por el gol. Apenas tardó una décima de segundo de más en darse cuenta de que había visto una obra de arte. No es mal chico, sólo son cosas del hambre desmesurada.

 
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Publicado por en 5 noviembre 2010 in La pelotita

 

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El año que volvimos

 

 

Ya ha nacido, y tiene la cara que veis arriba. Hace año y pico empecé a contar en este blog las desdichas del equipo de fútbol del que me hizo mi madre porque la camiseta del Barça era muy oscura y la del Madrid demasiado sosa. Gracias, mamá, por hacerme del Atleti.

Ni me podía imaginar que lo ganaríamos casi todo, que acabaría llorando en Hamburgo y aplaudiendo en Barcelona. Mucho menos que a unos locos (gracias Tximi, Petón,  Josete, Óscar, Mario, Kiko, Sergio… todos) se les iba a ocurrir que ese viaje tenía que ser un libro. Y lo es. Casi 200 páginas de risas, llantos, berrinches y goles. Partido a partido, desde el debut europeo en Atenas hasta Mónaco donde el fútbol le dio a Agüero el gol que le debía.

El año que volvimos ya está en todas estas librerías. Bienvenidos a la historia de un equipo que, cuando nada era posible, se inventó la manera de volver a hacernos sonreir.

 
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Publicado por en 4 noviembre 2010 in La pelotita

 

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Cómo te habíamos extrañado

ATLÉTICO DE MADRID, 3 – ROSENBORG, 0

Hay cosas, y personas, sin las que uno puede vivir décadas y jamás las echará de menos. El alcalde de Valladolid, por ejemplo. Otras sin embargo, cuando faltan, te dejan ese desasosiego del que sabe que la vida tiene que ser otra cosa. Algo mucho mejor. Es lo que pasa con el Kun Agüero. En 25 minutos, un tipo bajito y cara de haber roto todos los platos, hizo felices las 45.000 personas que tenía más a mano y a todos a quienes pillaba lejos, pero lo vieron por la tele. Porque Agüero no provoca admiración por su talento sino ilusión por lo mágico que puede llegar a ser. Con él en el campo, el Atlético vive como si todo estuviera a su alcance.

Pero para eso tuvimos que esperar una hora y cinco minutos. Un tiempo que dedicamos a hacer garritas contra un equipo que malviviría en nuestra Segunda división. Si este es el club más laureado de su país, la liga noruega debe de ser un espectáculo apasionante. No habían llegado todavía algunos al campo cuando Forlán tuvo la más clara de su noche. Un centro que fue a rematar, hizo como si quisiera hacerlo, pero el balón pasó por él cómo el sol por el cristal, sin romperlo ni mancharlo. Por no hacer, ni lo desvió un poquito: le atravesó las piernas hasta llegar a un Simao que tuvo todo el tiempo del mundo para acomodársela y rematar, solo como estaba. Y lo hizo de pena. Minuto tres y nada de nada cuando un gol nos hubiera dejado el cuerpo, a esas alturas, como una sopita caliente.

Pero el Rosenborg hacía oposiciones al descalabro y daba tantas facilidades que hasta llegamos a ver una ruleta de Diego Costa. Sé que no me van a creer. No les culpo. Todavía sorprendidos, Simao decidió no sacar su trigesimoséptimo córner corto al primer palo del año y se la puso a Felipe Luis en el pico del área. Centro de un tío demasiado bueno para ser lateral que todos intentan rematar y al que nadie llega. Pero la pelota le cayó a Reyes, y bueno estaba perdonarles una; dos era un exceso: gran centro que remata Godín para poner el uno a cero y tranquilizar un poco el ambiente.

Eso en la teoría. En nuestra práctica, el Rosenborg se vino arriba y antes del descanso, nos dejó los sustos de un poste tras el achique carajote de Perea y Godín y de un tiro raso y con mala leche que obligó a estirarse al grandón de Joel. Después del 43 con el que De Gea ganó una UEFA, en ese afán que tenemos por confundir a nuestros porteros con líneas de la EMT, Joel iba con el 27: Embajadores – Plaza de Castilla.

Empezó la segunda parte y sin que lance alguno del juego lo justificara, la grada empezó a rugir. Que te aplaudan tras un jugadón el campo debe de ser la leche, que te ovacionen cuando correteas por la banda ya no puedo ni imaginarlo. Creerán que Forlán, que tenía toda la pinta de ser el sustituído apretó el paso, ¿no? Se equivocan, amigos. El uruguayo siguió a lo suyo, que esta noche fue lo de nadie y apenas volvió a mirar a portería para malrematar un gran centro de Diego Costa. Sí, igual la pareja de delanteros de este año acaba no siendo la prevista.

Llegados a este punto, olviden todo lo anterior, que sólo habla de un partido de fútbol.

Minuto 65, sale Agüero por Forlán.
65:25, Agüero roba una pelota en nuestro campo y se la pone a Diego Costa que tenía toda la banda izquieda para correr.
65:31, Costa se lía y el balón acaba en Simao listo para un centro.
65:37, el centro lo recoge Ujfalusi que se la deja en corto a Reyes.
65:41, Reyes, grande, enorme toda la noche, aguanta el balón lo indecible hasta que Agüero da el pasito adelante que tenía que dar.
65:43, Agüero recibe el pase, esquiva a dos defensas y marca el 2-0.

Se lo dije, lo de antes era fútbol. Esto ya es otra cosa.

Si el Kun necesitó 43 segundos para marcar su gol, sólo le hizo falta un toquecito para dejar claro que ha vuelto, que viene con ganas y que podrán frenarlo las lesiones, porque las defensas rivales se le han quedado cortas. Jugaba Reyes por la derecha un balón que terminó en el control extraño de Diego Costa en la frontal. A la segunda, acertó a ponérsela a Agüero y arrancó hacia portería sin ninguna fe. Era imposible que el balón le llegara, sólo sería posible si al recibirla, el Kun acertaba a hacer una perfecta vaselina de primeras que superase a la defensa y pudiera llegarle a él. No, era imposible. Todo eso iba pensando Diego Costa cuando vio que la pelota le llegaba a la cabeza, mansita, lista para rematar un poco, tampoco demasiado, y meter su cuarto gol en cinco partidos.

Era el remate a un partido que nos deja con mejor cara en la clasificación pero, sobre todo, con la certeza de que, como decía Andrés Montes, la vida puede ser maravillosa.

 
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Publicado por en 22 octubre 2010 in La pelotita

 

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Esto no es serio

Esto no es serio. Sinama Pongolle marca dos goles con el Zaragoza y el que le mete el nuestro al Sevilla es Diego Costa. Hemos jugado lo mínimo de lo minimísimo en un campo en el que la temporada pasada teníamos que perder, pero donde esta nos jugábamos saber si realmente aspiramos a algo. Ya lo sabemos. La respuesta, ahora mismo y no hago otra cosa que desear equivocarme, es no.

Quique tiene excusa. Más o menos. Agüero ahora tiene problemas musculares que vienen de andar mal tras la lesión esa que no era nada de San Mamés. Gondín también anda lesionado y Reyes estaba fuera por su arrebato de tontería contra el Zaragoza. Uno por línea. Casi diría que el mejor de cada línea se había quedado en Madrid.

Con esos mimbres, al cesto se le estaba poniendo malísima cara. El Sevilla de Manzano, empeñado en resucitarse, jugaba mejor que nosotros, aunque sin una pegada que diera miedo. Eso hasta el minuto 30 o así. Ese en el que Negredo coge el balón en la frontal, pelín en fuera de juego, recorta a dos de los nuestros y clava un golazo imparable. Cinco minutos más tarde nos vimos venir una goleada que se quedó, por suerte, en trámites: paradón de De Gea cuando todos lamentábamos el dos cero, rechazce que le cae a Perotti, tiro desde fuera del área que pega en la espalda de Perea que, esta vez por mala suerte, desvía el balón a gol. El porterazo de unos segundos antes sólo pudo verla pasar con esa cara de gilipollas que se le queda a uno cuando las cosas están de torcerse y se tuercen. Con todo, no dejó de ser, de largo, el mejor de los nuestros.

Metió Quique en el descanso a Filipe, lo que recibimos con alborozo, y a Diego Costa, que ya no nos hizo tanta ilusión. Para qué nos vamos a engañar. Quizá ser poco habilidoso esconda sus virtudes. ¡Pero es que es un tío muy poco habilidoso! Inquietó lo que pudo, pero lo mismo daba miedo al Sevilla que a nosotros, no fuera a liarnos una contra tremenda.

Costa fue el encargado de responder al 3-0 y nada que ganar que nos metió el Kanouté a pase de esa pesadilla ex-madridista en la que se nos había convertido Negredo. Costa respondió, decía, a su modo: recogió un balón listo para regatear al portero, se esquinó, encontró hueco y tiró tan malamente que a Palop le dio tiempo de caer sobre el balón. Ya fue cosa del azar que cayera con la pelota más a su espalda que delante y, a rastras, metiéramos el gol que nos evitaba media hora de terror a una goleada. Al contrario, atacamos con más desparpajo, con el delantero centro titular del descendido Valladolid durante el año pasado como referencia. Sin nada más porque Diego Forlán no estuvo aunque jugó todo el partido. Se le espera porque acostumbra a volver. Pero todavía debe de estar pensando que esto de la liga no es algo serio.

 
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Publicado por en 3 octubre 2010 in La pelotita

 

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Cuando el gato no cae de pie

VALENCIA, 1 – ATLÉTICO DE MADRID, 1

De tanto dar zarpazos panza arriba, nos acabamos arañando nosotros mismos. No era demasiado normal que el Valencia perdiera este partido. Marcamos, sí. Los primeros, también. Eso ayuda. Tener a De Gea entre los tuyos tampoco es asunto menor. Todo eso es cierto, pero cuando permites que un equipo con Soldado, Adúriz, Joaquín, Pablo Hernández y Mata te taladre durante 45 minutos, antes o después te vas a acabar comiendo un gol.

Forlán y Ricardo Costa cruzaron sus destinos dos veces en cosa de diez minutos. El uruguayo dio una de cal y otra de arena. No como el portugués, que lo hizo todo mal. Primero fue un pase: Forlán pone el balón 60 metros adelante para Antonio López. Si Costa hubiera sabido por dónde le venían los tiros, probablemente hubiera despejado. Como no fue el caso, el dueño de nuestro lateral izquierdo mientras Filipe Luis no pueda decir lo contrario, se encontró una pelota plácida que ceder a Simao, que entraba, remató y puso por delante a un equipo del que lo mejor que se podía decir hasta entonces es que había aguantado muy dignamente el chaparrón.

La buena fue muy buena… pero la mala tampoco desmereció, no crean: luchaba Forlán un balón aéreo con uno de los tres Costas que había en el campo, el único europeo y no doy más pistas, cuando se la llevó con todo el señorío del mundo. La descoordinación entre César y su defensa fue de tal calibre que superar a uno fue superar a ambos. Forlán sólo tenía que empujarla, colocársela, hacer lo que le diera la gana para que la pelota cruzara el escaso trecho que supone el área pequeña. Pero intentó controlarla, si alguien sabe para qué, que lo diga ahora, y se le fue larga.

Con Agüero en Madrid, Reyes se convirtió en nuestro lugar natural al que mandar la pelota. Él enloquecía con solvencia las jugadas y Mathieu solventemente se volvía loco tras sus tobillos. Tuvieron que cambiarle. Iba a camino de convertir a Gurpegi y Ujfalusi en dos hermanitas de los pobres. Pero esa luz también se apagó mediada la segunda parte, cuando llevar un balón hasta César era una heroicidad que no corríamos el riesgo de cometer.

A partir de ahí, David De Gea, que rima con Club Atlético de Madrid. Bueno, debería. Se ha hecho mayor, ya le dejan hacer entrevistas y no hay quién lo pare. Tres o cuatro veces dejó con las ganas a un estadio incapaz de creer que no había sido gol. Cierto que la defensa estuvo seria, porque una cosa es que el Valencia dominara escandalosamente la segunda parte y otra que pasáramos miedo, que no fue mucho. Pero cuando ellos lograban tirar, De Gea siempre salió al rescate.

Quizá pudo haber hecho algo más en el gol. Quizá todos pudieron en esa jugada que a trompicones llevaron Albelda y Pablo Hernández por la banda derecha, que el primero de ellos centró y que remató Adúriz, un tipo que mide lo mismo que Perea pero que en el salto parecía Gasol. Entró la pelota, era el minuto 83 y, a partir de ahí, si algo podía pasar sería malo.

Tuvimos la suerte de que no pasó y empatamos en un campo en el que un empate son casi tres puntos.

 
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Publicado por en 23 septiembre 2010 in La pelotita

 

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Castigados sin postre

ATLÉTICO DE MADRID, 1 – BARCELONA, 2

Es injusto que tras el partido que cada año esperamos con más ganas, lo del otro es más bien resignación, de lo único que hablemos es de un tobillo ajeno. Injusto porque Messi no se merecía esa entrada. Es cierto. Si el otro día a Gurpegui le cayó la que le cayó por pegarle a un artista, el único motivo que veo para que no le pase lo mismo a Ujfa es que es de los nuestros. Y no es un motivo válido. En un ratito pasamos por todos los estados de ánimo posibles: primero la indignación porque, palabrita, desde mi asiento pareció que Ujfa tocaba balón. Luego el pánico: adivinando desde tan lejos aquel tobillo, temimos un año sin Messi, que aunque juege para otros da gusto verlo. Al final, sólo cierto alivio al saber que son 15 días, más o menos.

Durante los 92 minutos anteriores estuvimos un escalón por debajo del Barça. Un escalón alto, no se vayan a pensar. Sólo cinco minutos, los primeros, el Atlético de Madrid dio la sensación de repetir la historia de todos los años. La presión fue perfecta hasta que el Barcelona descubrió que por la derecha tenía una autopista: Domínguez, lateral izquierdo titular porque Luis Filipe sigue sin estar y Antonio López cada vez está para menos, no era capaz de parar a Alves. Y por ahí nos desangramos, el Barça tomó el control y después de que Villa mandara al palo un uno contra uno, que contra De Gea es un uno contra el mundo, Messi no perdonó.

No jugábamos como para empatar, pero empatamos. En un córner. Raúl García, que a esas alturas llevaba unas cinco pérdidas de balón entre desesperantes y trágicas, remató de cabeza y aquello volvía a igualarse. Durante diez minutos creímos que todo era posible: lo que tardó Piqué en recoger un balón en el segundo palo ese por el que se nos escapan las cosas y meter el 1-2.

A partir de ahí todos tuvimos claro que no había nada que hacer:  con Agüero a medio gas y Forlán desaparecido, que empatáramos era un milagro que no estaba de producirse. Que no nos llevásemos un saco de goles sólo estaba en manos de ese patrón de los imposibles que ha comenzado a ser David De Gea. Las paró todas, incluso un mano a mano a Messi en la segunda parte que sonó a aquí empieza la leyenda.

El Barça abusaba de juego, pero no de goles, lo que dejaba la puerta abierta a un zarpazo que injustamente empatara el partido. Pudo haberse producido si Fernández Borbalán, que pitó mal, mal, pero muy mal, hubiera visto penalti en un sospechoso despeje de Maxwell o en un evidente empujón a Ujfalusi cuando llegaba a la línea de fondo convertido en ese extremo derecho que se olvidaría de ser diez minutos más tarde.

Nada de eso ocurrió y cuando el asunto se puso bronco, Borbalán no pudo pararlo, Ujfalusi apuntó al balón con saña pero encontró pierna, Messi acabó por el suelo y, este año no hemos salido sonriendo del partido más bonito de la Liga.

 
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Publicado por en 20 septiembre 2010 in La pelotita

 

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