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Los malos conocidos

ESPANYOL, 2 – ATLÉTICO DE MADRID, 2

Nos ha servido el partido, en plan bola de cristal, para pensar en lo que puede ser y no será. Conociéndolos. Con Forlán fuera de juego por un dolor a medio camino entre la pierna y las dos jornadas de banquillo, el Espanyol nos puso delante a un tipo que quizá no hicieran falta grandes esfuerzos económicos para traerlo. A poco que se entendiera con el Kun, nos íbamos a divertir.

Eso, nosotros. Porque hay que reconocer que para un aficionado neutral, el partido de ayer ya fue lo bastante divertido. Arriba, un buen delantero y un extraterrestre con telepatía. Abajo, pues eso, nuestras defensas, que son llorar. Inopinadamente, fue la del Espanyol la que se lió primero: Un par de minutos de partido y ya estaban enredados ante la presión de Diego Costa: Dale tú, que no, que mejor tú, que no, que no, que faltaría más y cuando se dieron cuenta Galán se la estaba poniendo en el punto de penalti a uno de los nuestros para que la empujara a puerta vacía. Koke metió su gol y al rato acabó lesionado. Salió por él Raúl García, dispuesto a congraciarse con la grada… con la de Cornellá.

El cero a uno tenía pinta de cualquier cosa menos de ser definitivo. Perea era titular. Cuando empezábamos a creer en los milagros, el talento literario de Juan Manuel de Prada y en que llegaríamos por delante al descanso, un balón largo, dividido entre Osvaldo y el velocista colombiano, nos devolvió a la realidad. Luis Amaranto llegó, claro que llegó. Llegó tanto que se pasó de frenada, acabó entre la pelota y la portería lo justo para desviar el tiro. Si De Gea tenía pocas oportunidades de pararla, con el fino toque de nuestro defensa ni la olió. Uno a uno.

Volvimos del descanso y apareció el marciano. No me interesa si el Kun es un tipo muy leído o apenas graduado, si el fútbol es el plan b de un eminente ingeniero o sólo existía un plan a. Me da lo mismo: Agüero demuestra sobre el campo una inteligencia descomunal. Los consoleros me entenderán: mientras todos los demás ven el fútbol como en el Be a Pro del Fifa, él tiene en la cabeza el modo normal, con radar incluido. Sólo así se explica que echara a correr hacia la portería rival antes, ¡antes!, de que Callejón llegara a la pelota, forzadísimo, y despejara atrás para evitar el fuera de banda. El pelotazo de ese chico al que rapas y se convierte en un excelente yerno quedó dividido entre el Kun y Raúl Rodríguez. Mentando a varias madres, el defensa vio cómo el Kun se le anticipaba, encaraba a Kameni y ponía esa vaselina que siempre intenta con Casillas. Esta vez, entró y nos pusimos a soñar con la Champions, los viajes por Europa y todas esas cosas bonitas que trae hacer los deberes, pese a todo.

En estas, que otra vez apareció Osvaldo. Un pedazo de pase de Verdú y la colaboración necesaria de nuestra defensa, lo dejaron solo en el segundo palo, rematando hacia el contrario, un gol tan doloroso como plástico. Nada pudo hacer De Gea que aún tuvo que intervernir alguna vez más para evitar que todo aquello terminara en catástrofe. Desde la grada lo observaba un Ferguson. El hermano del que dicen que será su entrenador si en la planta noble no hacen nada evitarlo. ¿Alguien se atreve a apostar? Yo no. Conociéndolos…

 
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Publicado por en 18 abril 2011 in La pelotita

 

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El ala-pivot enano

ATLÉTICO DE MADRID, 1 – VALENCIA, 2

Sales del Calderón y tiras de tópicos o tiras de revólver. Perros flacos, enanos que disputan a Gasol su puesto en el All-Star y hasta María de la O. Qué desgraciaditos, gitanos, que somos teniendo a De Gea, Reyes y el Kun. Que si no creen que eso es tenerlo tó, esperen al día siguiente del cobro del próximo abono. Verán qué risa.

Reyes, cuando ni nos habíamos sentado, nos dijo que íbamos a tener la fiesta en paz. Ni él mismo sabía que nos estaba engañando. Forlán robó un balón, lo que hoy por hoy no deja de ser sorprendente, entre unos y otros acabaron dándosela al sevillano que con un poquito de suerte y algún trompicón, terminó por quedarse solo delante de Guaita y meter el 1-0.

Durante más de media hora pareció que las conjuras, los toques a rebato y toda esa serie de inutilidades que se hacen en el fútbol cuando no se sabe qué hacer, habían servido para algo. Éramos superiores al Valencia, lo que se traducía en la inusual placidez de que la pelota anduviera lejos de nuestra defensa. En efecto, fue perderla y se nos descarajó el chiringuito: entró Jordi Alba por ese desierto permanente que es la zona que defiende Valera, centró raso y el balón llegó al remate de Joaquín a través, no junto, ni cerca, ni alrededor, no, la pelota llegó a Joaquín a través de las piernas de Perea. 1-1

Arrancó la segunda parte y otra vez Reyes nos dio falsas esperanzas: lo echó al suelo Maduro, pitó penalti el negado Borbalán y por un minuto nos vimos otra vez por delante. Fue el tiempo que tardó Forlán en apropiarse de la pelota, colocarla, coger carrera, lanzar y tirarla al palo. El uruguayo se ha quedado sin defensa para ese cuento del buen mercenario que predica a todo el que lo quiera oír. El me pagáis por mi eficacia, no por creer en vuestra bandera, sólo se sostiene si esa eficacia es sobresaliente. Pero Diego Forlán lleva meses escondido en la trinchera, reñido con sus compañeros de filas, haciendo guiños al enemigo y fallando el tiro hasta cuando le toca pelotón de fusilamiento. Sólo un ejército en desbandada admite a un mercenario así.

Con este desasosiego, el 1-1 nos dio para seguir gritando contra aquellos que no abandonan el barco pese al evidente hundimiento. No es que sean buenos capitanes, es que no aparece ningún armador con el parné suficiente. Al menos, al Calderón le dio por salvar a Quique. No sé si su discurso es el mejor, pero al menos es un discurso, no los balbuceos que llegan de otros sitios.

A todo esto, el partido seguía ahí abajo, en un campo convertido en la cuesta de San Vicente: de Gea en Príncipe Pío, Guaita, en Plaza España. Un mundo nos cuesta llegar con la pelota al área rival, un suspiro tarda un contrataque en dejarnos en bragas. Pablo Hernández y Joaquín hicieron el 1-2 y nadie se planteó siquiera que fuéramos a intentar el empate. Cautivos y desarmados, esperamos el final del partido viendo cómo Borbalán abusaba de nuestras miserias expulsando a Godín por un codazo que nunca existió.

Cinco derrotas seguidas, nos trabamos menos al pronunciar descenso que Europa, el equipo se descompone y lo único a salvo en un sábado tan plomizo es una afición que se revuelve frente a tanta calamidad. Una afición que empieza a firmar autógrafos a la salida del estadio. No es para menos ante semejante panorama.

 
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Publicado por en 13 febrero 2011 in La pelotita

 

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En cuartos y de rebajas

ESPANYOL, 1 – ATLÉTICO DE MADRID, 1

Dicen quienes saben de ese misterio insondable que supone para mí comprar ropa, que las tiendas potentes esconden la víspera de rebajas el mejor género y dejan su oferta en restos de serie. Nosotros, no. Nosotros ponemos de saldo a uno de los jugadores más determinantes de la década. Si los nuestros gestionaran El Corte Inglés, hace tiempo que en la esquina de Preciados con Tetuán habría cuatro Simagos.

El milagro diario de los panes y los peces que supone tener a Agüero en nuestro equipo nos ha puesto en cuartos de final de la Copa del Rey. Porque este Atlético de Madrid sólo se sostiene porque en él juega ese tipo. Que es un buenísimo. Por eso, y porque cuando todo falla aparece de De Gea, otro que sabe mucho de imposibles. Con eso nos vale para dominar un partido que veíamos venir como un mihura y se quedó en corderito. Luego, si a la fiesta se suma Reyes y hay algún otro más con cierta inspiración sobre el campo, tenemos un equipo que funciona. Pese a todo.

El Espanyol está fuera de la Copa por muchas cosas, pero la principal de ellas es porque al Kun le dio la gana. Durante todo el partido abusó de la defensa rival, y sonrojó a base de talento a la mayoría de sus compañeros. Lo habitual, vaya. También es parte de la rutina que se llevara antes que nadie un balón largo, llegara hasta Cristian Álvarez y dejara la eliminatoria lista de papeles.

Cualquiera con dos dedos de frente y 45 millones de euros, quimeras igualmente lejanas en la ribera del Manzanares, se compraría al Kun aunque fuera para verlo dar toques en el patio de su casa. Como el que tiene un Miró en el baño. Como, aunque estén lejos, sé que esas cosas existen, lo que no me explico todavía es cómo la transacción no se produjo justo después de ver cómo Agüero mandaba la cintura de Forlín al mismo asilo donde reposan las de Nadal, Alkorta y hasta Juanma López. Didac sacó de cabeza, con el portero ya batido, lo que hubiera sido mucho más que una sentencia.

Falló Reyes, tras un pase, claro, del Kun y mandó Raúl García un balón al larguero. No es que tuviéramos miedo, pero tampoco hacía falta andar tentando tanto a la suerte. De aclarar dudas se encargó De Gea: cuando le tocó intervenir, todo andaba en su sitio. Otro que, afortunadamente, sigue creyendo que está en el club que ya no somos, que fuimos y que queremos volver a ser. Ese para el que el gol del Espanyol fue solo una anécdota: lo marcó Luis García, de falta, después de recriminar a Domínguez una pérdida de tiempo clavadita a la que montó el jaleo con Quique.

Pero eso fue en el minuto 92. Se había acabado el partido, la eliminatoria y el día de Reyes. De regalo, un par de Atleti – Madrid en 15 días. Tanto tiempo que llevamos sin ganarles… capaces somos de dejarlos fuera y, obviamente, ganar la Copa del Rey.

 
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Publicado por en 7 enero 2011 in La pelotita

 

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Tradiciones navideñas

ATLÉTICO DE MADRID, 1 – ESPANYOL, 0

Dice una de esas tradicionales supersticiones navideñas que nunca acabaré de comprender que es importante llegar bien al cambio de año, porque según recibamos al que llega, así estaremos al despedirlo. No me lo creo, sobre todo, porque estaría dispuesto a jurar que algunas uvas yo me las llegué a comer con pelo. Un drama.

Pero si todo eso fuera cierto, podemos decir que el Atleti ha hecho sus deberes en casa después de dejarse la copa, el prestigio y hasta el buen gusto por esos campos de Europa.

Este partido de ida, curiosamente, era el de dos vueltas. Volvía el Espanyol, ese con el que acabamos tarifando y perdiendo  hace un mes escaso. Y volvía a ser titular Forlán, después de haberse pegado el viaje a Málaga en balde este fin de semana. Que el AVE es cómodo, mucho, pero también son ganas de acumular puntos en la tarjeta de forma tonta.

Volvió Forlán y nos duró 12 minutos. Lo que tardó en pisar un aspersor, hacerse un esguince de tobillo y dejar su sitio a Diego Costa. Nos va la marcha.

A nosotros y a Fernández Borbalán, al que le dio por pitar un penalti por mano de Amat que mano era, fuera del área, tiene toda la pinta. Marcó Simao, para recordarnos que con su venta al Besiktas a cero euros, esto son rebajas y lo demás gilipolleces, también se nos va un tío fiable en esas faenas.

Tuvimos la cosa de cara hasta que Reyes se fundió a negro. Si a este chico le iluminara la cabeza la misma luz que le ilumina las piernas, sería premio Nobel de Física cada año impar. Minuto 43, el sevillano con la pelota. Le persigue Dátolo que en un mismo movimiento le da dos patadas, lo tira al suelo y le pega un balonazo en la espalda.  Y ahí Reyes, que como el soldado que pedía al capitán que no le tocara las palmas, también se conoce, se levantó como un mihura contra los riñones del argentino. Seguro que no le hizo daño, seguro que ni siquiera quiso, pero se trata de uno de los billetes destino vestuario más evidentes que he visto en mucho tiempo. Hay cosas que no se hacen, ni aunque te hayan tocado tanto los cojones.

Con 10 y sin Reyes, nos agarramos a lo que tenemos. Que son De Gea y el Kun. El primero hizo paradas de las suyas, justo esas que se producen cuando el estadio entero está diciendo ay, ay, ay encogidito en la butaca. El otro se hizo dueño de las dos hectáreas de campo que le tocaron en herencia tras la expulsión. Se hizo dueño con escrituras y todo, se entiende. Atacábamos en tridente: por la izquierda Sergio, por la derecha el Kun y por el centro Agüero.

Cuando Borbalán igualó la cosa y echó a Víctor Ruiz por una entrada al de siempre, lo peor que nos podía pasar nos pasó: no marcamos ni el segundo ni el tercero. El tiempo que quedaba sólo sirvió para despedir a Simao, que se va por ese malvender capitanes en diciembre que estamos convirtiendo en tradición atlética.

 
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Publicado por en 23 diciembre 2010 in La pelotita

 

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Tendremos que reír los últimos

ATLÉTICO DE MADRID, 2 – ESPANYOL, 3

Somos un equipo llamado a los imposibles. A levantar copas recién escapados de la tumba. A retener contra viento y marea a uno de los cinco futbolistas más luminosos de la última década. A llevarnos un calentón inconmesurable a dos grados bajo cero. Para eso último hemos tenido ayuda de mucha gente. La de todo el Espanyol y la de Teixeria Vitienes, cántabro.

20 minutos estuvimos decidiendo quién tenía menos que perder. Si ellos o nosotros. Con una alegría digna de mejor temperatura, los dos equipos se tiraron al ataque. Nuestra primera falta tonta, devino drama. No por el tiro, que no iba a ningún sitio, sino porque pegó en la barrera. En una parte de la barrera, esa que eran los dos brazos de Reyes juntos, sobre el pecho, entre protegiéndose y rezando el jesusito de mi vida. Ciento cincuenta jugadas iguales hay así cada semana. Ninguna acaba en penalti. Pero eso es porque nunca pillan cerca a Teixeira.

Instalados ese punto exacto en el que el cabreo está al borde de convertirse en incredulidad, vimos a Luis García meternos el primero. El Espanyol se relajó un puntito y entonces supimos que el bocata nos lo íbamos a comer empatados. De lo que no teníamos ni idea es de que fuera a costar tanto. No sólo es que tuviéramos que esperar 25 minutos de asedio sino que, ya en faena, el gol sólo vino después de un catálogo de remates: sacó Reyes el córner y de cabeza lo intentó Tiago. Paró Kameni. A medio metro de la raya, Godín pegó un zapatazo. Volvió a parar Kameni. Le cayó otra vez a Tiago y esta vez marcó con un trallazo suficiente para meter en la portería la pelota, el portero y todo aquello que se le pusiera por delante. Fue lo último de una primera parte que nos dejó las engañosas sensaciones de que ganaríamos el partido y de que el penalti había sido un accidente.

Ni diez minutos de la segunda parte tardamos en darnos cuenta del error. Osvaldo corrío un balón largo con Perea, una empresa destinada al fracaso. Pero el colombiano, un hombre destinado a darnos estos disgustos, perdió la posición. El delantero le empujó un poco, el cántabro se hizo el sueco, de Gea falló en el primer remate y Verdú puso a todo su equipo a echar cuentas. Como ese funcionario que hay en cada adminstración que entre bajas y libranzas descansa más que curra, al Espanyol de Pochettino le iban a sobrar dos moscosos a poco que se aplicara.

Y se aplicó. Ante la pasividad absoluta del árbitro se aplicó. Si Teixiera hubiera pitado el Ajax-Madrid, Sergio Ramos está todavía haciendo paradiñas en el Amsterdam Arena.

Poquito que nos hace falta para desquiciarnos, con el Espanyol dando estopa y perdiendo tiempo a partes iguales, el partido se nos iba cañería abajo hasta que apareció Forlán en un destello. Su fantástico pase lo aprovechó el Kun, sólo ante Kameni, para engañar con el cuerpo y rematar rasa y seca al palo contrario.

Dos a dos y durante doce minutos se volvió a jugar al fútbol. Más nosotros que ellos. Con Teixeria molestando todo lo posible en cada jugada, parando contraataques (nuestros), pitando fueras de juegos inexistentes (nuestros), repartiendo amarillas a diestro y siniestro. Haciéndonos ese tipo de cosas que jamás le harían en casa a algunos equipos. Incluso a esos que juegan los lunes.

Y entonces marcó Osvaldo. Nuestra defensa le dejó adelantarse, cazó un centro y metió un golazo estupendo. Nada que reprochar. Salvo que ahí sí que sí, su equipo nos robó un cuarto de hora de partido. Cada entrada, cada falta, cada caída españolista iba encaminada a perder el máximo tiempo posible.  El calentón de la grada era inversamente proporcional a la temperatura ambiente: estábamos a puntito de ebullición.

En medio de este ambiente, Godín le pega una tarascada a Javi López, que cae entre la zona técnica de Quique y la línea de banda. López, escrupuloso con el planteamiento de su equipo, se retuerce en el suelo de dolor. Pero está fuera, no dentro. Un detalle que convertía en inútil tanto aspaviento. Ahí llega Luis García, un tipo al que la UEFA está tardando en darle la medalla de oro al juego limpio, para decirle que se corra un poquito hacia el campo, lo justo para que puedan perderse un par de minutos más con el paripé de la camilla, el masajista y el ay doctor me duele aquí. Quique que lo escucha y se acerca a mentarle ancestros al tal García este, Agüero que aparece con las mismas intenciones y una patada absolutamente fuera de lugar y ahí se lía el bochinche.

Jugada perfecta para el Espanyol: Quique a la calle, y el reloj marcando las horas como si los Panchos no hubieran cantado nunca. Se acabó el partido y aún tuvo tiempo nuestro entrenador de ir a por Luis García sin ánimo aparente de invitarlo a unas cañas. Medio mundo tuvo que meterse por medio para evitar algún guantazo. Feo lo de Quique y feo lo de Agüero. Dicen que Luis García se había reido del Atleti. Lo llevaban haciendo a medias el Espanyol y el árbitro todo el partido. Sólo nos queda el consuelo de que queda mucha temporada y que no sería la primera vez que reiríamos los últimos.

 
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Publicado por en 28 noviembre 2010 in Sin categoría

 

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