ATLÉTICO DE MADRID, 3 – OSASUNA, 0
Andaba Forlán sin alma. A merced de una pesadilla de balones perdidos, declaraciones incendiarias, desconfianzas hasta de uno mismo. Vivía Forlán multiplicando este año su tragedia habitual de cada arranque de temporada. Cada vez más pálido había descendido a los infiernos. Pero llegó Osasuna y resucitó de entre los muertos.
Llegó Osasuna con su partido de siempre debajo del brazo: rocoso y pendiente de un fallo que le diera ese 0-1 al que agarrarse como a un clavo ardiendo. Y se encontraron con que no hubo tal fallo. Valera cumplió en el lateral derecho, algo empieza a no ser noticia, Ujfa y Perea cubrieron con eficiencia el cetro de la defensa y Filipe Luis, tapó lo que fue necesario mientras no olvidaba que la portería que realmente le importa es la que tiene enfrente. Mario y Tiago, aún con lagunas, nos dieron toda la tranquilidad que necesitábamos en medio campo. Un desierto para las (malas) intenciones de Camacho.
Ese es el plan A. Si todo falla, David De Gea. Tres remates, que en tiempos no tan lejanos eran goles en contra, acabaron en nada porque nos ha nacido un héroe allá por la Sagra.
Pero todo eso sólo son condiciones necesarias, ni siquiera suficientes, para el 0-0. A partir de ahí, Aguero, Forlán y Reyes, la santísima trinidad del fútbol a orillas del Manzanares. El primero arrancó con ese motor de explosión que tiene por piernas en diagonal, hacia el córner. Más rápido que todos encontró el hueco para tirar. No era difícil para Ricardo… pero al portero se le escapó la pelota y Forlán acabó con meses de lamentos. La grada gritaba ¡Agüero! y luego ¡Uruguayo!, ¡Uruguayo! y luego ¡Agüero!. Como quién tiene dos hijos brillantes pero distintos, e intenta por todos los medios que ninguno sufra un arrebato de celos.
No hubo que esperar mucho para el segundo, que nació de Reyes. El sevillano colocó un pase enorme a Forlán, que tuvo fe, llegó forzado a la línea de fondo, centró bombeado y encontró la cabeza de Agüero. Los mismos protagonistas, pero a la inversa. Otra vez los gritos esquizofrénicos que el Kun se encargó de unificar: todos para Forlán, señaló a la grada. Y un minuto más tarde, todos eran para Agüero.
La de tiempo que hacía que no encarábamos el visiten nuestro bar de cada descanso con esta tranquilidad de espíritu. El partido lo íbamos a ganar por méritos nuestros y porque el Osasuna no daba más de sí. Por si quedaban dudas, al cuarto de hora de la segunda parte, Monreal vio la segunda amarilla que estaba buscando con ahínco y su equipo no volvió a tirar a puerta en todo el partido.
Diez minutos más tarde, Forlán metió el gol de la jornada. El uruguayo parece decidido a tapar muchas bocas. Esta vez, con goles. Lo que siendo él es de agradecer. Se escapó por la izquierda, regateó hacia el interior para dejar tirados a dos defensas y la colocó en la escuadra que tenía más lejos. Donde nunca podía llegar Ricardo. Golazo. 3-0 y por delante un calendario cuesta abajo que nos puede dejar la Champions a punto de caramelo. Soñar en liga con algo más es imposible. A estas alturas, ya hemos fallado demasiado.


