ATLÉTICO DE MADRID, 1 – VALENCIA, 2
Sales del Calderón y tiras de tópicos o tiras de revólver. Perros flacos, enanos que disputan a Gasol su puesto en el All-Star y hasta María de la O. Qué desgraciaditos, gitanos, que somos teniendo a De Gea, Reyes y el Kun. Que si no creen que eso es tenerlo tó, esperen al día siguiente del cobro del próximo abono. Verán qué risa.
Reyes, cuando ni nos habíamos sentado, nos dijo que íbamos a tener la fiesta en paz. Ni él mismo sabía que nos estaba engañando. Forlán robó un balón, lo que hoy por hoy no deja de ser sorprendente, entre unos y otros acabaron dándosela al sevillano que con un poquito de suerte y algún trompicón, terminó por quedarse solo delante de Guaita y meter el 1-0.
Durante más de media hora pareció que las conjuras, los toques a rebato y toda esa serie de inutilidades que se hacen en el fútbol cuando no se sabe qué hacer, habían servido para algo. Éramos superiores al Valencia, lo que se traducía en la inusual placidez de que la pelota anduviera lejos de nuestra defensa. En efecto, fue perderla y se nos descarajó el chiringuito: entró Jordi Alba por ese desierto permanente que es la zona que defiende Valera, centró raso y el balón llegó al remate de Joaquín a través, no junto, ni cerca, ni alrededor, no, la pelota llegó a Joaquín a través de las piernas de Perea. 1-1
Arrancó la segunda parte y otra vez Reyes nos dio falsas esperanzas: lo echó al suelo Maduro, pitó penalti el negado Borbalán y por un minuto nos vimos otra vez por delante. Fue el tiempo que tardó Forlán en apropiarse de la pelota, colocarla, coger carrera, lanzar y tirarla al palo. El uruguayo se ha quedado sin defensa para ese cuento del buen mercenario que predica a todo el que lo quiera oír. El me pagáis por mi eficacia, no por creer en vuestra bandera, sólo se sostiene si esa eficacia es sobresaliente. Pero Diego Forlán lleva meses escondido en la trinchera, reñido con sus compañeros de filas, haciendo guiños al enemigo y fallando el tiro hasta cuando le toca pelotón de fusilamiento. Sólo un ejército en desbandada admite a un mercenario así.
Con este desasosiego, el 1-1 nos dio para seguir gritando contra aquellos que no abandonan el barco pese al evidente hundimiento. No es que sean buenos capitanes, es que no aparece ningún armador con el parné suficiente. Al menos, al Calderón le dio por salvar a Quique. No sé si su discurso es el mejor, pero al menos es un discurso, no los balbuceos que llegan de otros sitios.
A todo esto, el partido seguía ahí abajo, en un campo convertido en la cuesta de San Vicente: de Gea en Príncipe Pío, Guaita, en Plaza España. Un mundo nos cuesta llegar con la pelota al área rival, un suspiro tarda un contrataque en dejarnos en bragas. Pablo Hernández y Joaquín hicieron el 1-2 y nadie se planteó siquiera que fuéramos a intentar el empate. Cautivos y desarmados, esperamos el final del partido viendo cómo Borbalán abusaba de nuestras miserias expulsando a Godín por un codazo que nunca existió.
Cinco derrotas seguidas, nos trabamos menos al pronunciar descenso que Europa, el equipo se descompone y lo único a salvo en un sábado tan plomizo es una afición que se revuelve frente a tanta calamidad. Una afición que empieza a firmar autógrafos a la salida del estadio. No es para menos ante semejante panorama.

