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Diez escasos minutos

ATLÉTICO DE MADRID, 1 – REAL MADRID, 2

Se nos ha echado encima la primavera y los niños harán la comunión sin haber vivido nunca una victoria atlética en el derbi. Llegará el otoño y nacerán otros cuyos padres aún no se conocían la última vez que les mojamos la oreja. Ser del Atleti es asumir que, al menos un par de veces al año, hablar de fútbol sólo conduce a la melancolía.

Lo jodido es que esta temporada han sido cuatro esas veces. La buena noticia es ya hemos cumplido con la última de esas penitencias hasta nuevo calendario.

Hay dos maneras de ver la estadística: la ciencia díría que si no hemos ganado en los últimos 21 partidos, es muy probable que el 22 lleve el mismo camino. La fe, que nadie puede prohibirnos soñar con que el año que viene arranque una serie histórica de derrotas madridistas. El fútbol, sobre todo el nuestro, pero también en general, es cosa de fe. Si fuera de ciencia, hace años que todo cristiano sería del Barça.

Pero somos del Atleti, así que por cuarta vez en lo que va de temporada hemos visto al Madrid jugar con nuestro equipo, apretar un poco, tampoco mucho, hasta ponerse por delante y luego echarse a dormir mecido por nuestra impotencia. No hemos jugado mal, pero tengo la sensación de que ha sido porque nos han dejado jugar un poco. Otra vez la hija de puta de la orca, vaya.

Con lo mayores que somos, nos volvemos niños chicos según se nos acerca un tío de blanco con un balón en los pies. Ujfalusi y Godín que en un primer vistazo son perfectos opositores a ángeles del infierno, acabaron convertidos en un par de ursulinas mientras dejaban un hermoso pasillo a Benzema, ese hombre. El gatito clavó el uno a cero de vaselina y nos ahorró 80 minutos de esperanza.

No íbamos a remontar, pero, por si nos daba la tentación, ahí estaba Casillas para devolvernos al camino de la virtud. Sacó lo que tuvo que sacar y en otro arreón blanco la pelota acabó en Ozil que la coló ante cierta lentitud de De Gea. Sacó varias más difíciles, pero se tragó esa.

Antes, en esa misma jugada del dos a cero, un tal Teixeira se había comido el penalti que le hicimos a Ronaldo. El resto de partido se encargó de desquiciarnos con esa injusticia manifesta pero no denunciable que parece compañera inveterada del Madrid. Nada demasiado escandaloso, no les hace falta, pero sí suficiente para sacar de sus casillas al más pintado. Un ejemplo: Lass se llevó su primera amarilla en el 62, tras cinco patadas. Era la primera tarjeta que veía un Madrid que había jugado al límite del reglamento, pero por la parte de fuera, prácticamente toda esa hora. A esas alturas, ya habían sido amonestados Ujfalusi por sacar demasiado pronto una falta y el Kun por caerse en el área blanca y obligar al árbitro a elegir entre penalti o amarilla.

La segunda parte nos la pasamos intentando arañar a un Madrid adormilado. Pudo el Kun marcar muy pronto, pero otra vez Casillas le comió la moral en ese duelo particular que también hemos perdido. Pese a todo no dejamos de insistir, claro que con la sensación de un falso dominio que no llega a ningún sitio. Y entonces llegó el vergonzoso episodio con Marcelo.

A veces, cuando un negro del equipo contrario comete una falta, o falla una buena oportunidad de marcar, o también cuando no falla, y cuando discute con el árbitro, me veo temblando, presa del pánico, por culpa de un presentimiento bastante liberal, dicho sea de paso. “Por favor, por favor -murmuro para mis adentros-, que no me lo estropeen” [...] Es entonces cuando un hombre de Neanderthal se pone en pie, señala a Ince, o Wallace, o a Barnes, o a Walker, y este servidor tiene que contener la respiración… es entonces cuando le llama comemierda, soplapollas o quién sabe qué otra obscenidad, y te inunda en ese momento una absurda sensación de orgullo metropolitano, de orgullo culto, porque ahí falta el epíteto.

Fiebre en las gradas, Nick Hornby

Pero no siempre esa así. Y es una puta lástima que todavía nos dudara el mal cuerpo cuando Agüero, siempre Agüero, se inventó un gol que, al menos, sirvió para que el Madrid pasara diez minutos de miedo. Es todo lo que hemos podido hacer este año. Demasiado poco.

 
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Publicado por en 20 marzo 2011 in La pelotita

 

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El Derby de la marmota

REAL MADRID, 3 – ATLÉTICO DE MADRID, 1

Cuando Jose Antonio Lavado, ese hermano mayor que se fue a California, me pidió que en su ausencia le regara las petunias rojiblancas de este blog, probablemente ya sabía la que se nos venía encima… otra vez. Me permitirán, ya que el Atleti lleva once años repitiendo el mismo Derby, que repita yo el arranque de este post.

Todo comenzó con un doble error, del árbitro y de Forlán, que nos costó un gol. A favor, eso sí. Error del árbitro por dejar seguir y error de Forlán por llegar a la pelota y meterla en la portería. Vi caer al Kun y desde el fondo norte en el que me encontraba sentado sólo tenía ojos para ella. De ted morena y cabellos ondulados, no demasiado alta pero grácil en su andar, toda vestidita de negro, se llevó el silbato a la boca mientras señalaba al tiempo el punto de penalty. Roja para Casillas, el Madrid con diez y 1 – 0 en el minuto 7, pensé yo, relamiéndome los labios. Y entonces llegó él. Tan rubio, tan uruguayo, tan certero y torpe a la vez. Tan profesional. Somos el único equipo del mundo al que marcar un gol adelantándose en campo contrario le perjudica. Claro, seis minutos después llegaba el empate, el miedito y el ‘ponte bien y estate quieta’ que se nos venía encima.

Y ahí fue cuando despertó Bill Murray, el ‘I got you baby’ y todo el pueblo nevado de Punxsutawney. O sea, el día de la marmota. Lo bueno de repetir el mismo derby año tras año, década tras década, es que la experiencia te da nuevas formas, mucho más sofisticadas, de cabrear al personal rojiblanco de la grada. Si hace unos años la moda era encajar un gol de algún modo cómico-circense entre el segundo diez y el minuto dos, ahora hemos dado un paso más. Lo que de verdad nos pone es marcar primero, fallar dos o tres (arranque de la segunda parte, aún con el empate, Forlán la manda al palo a puerta vacía para provocar la jugada del 2-1), para terminar encajando el tercero en el minuto 90. Estupendo, maravilloso.

Llegados a este punto, sólo nos queda encomendarnos a nuestro propio espíritu. Lo dijo el dueño de este blog: ganamos la Europa League porque no sabíamos que era imposible. Remontar la eliminatoria no es imposible, es una entelequia. Pero si conseguimos guardar el secreto a los once fulanos que saltarán al césped del Calderón, es posible que despierte la Marmota y termine por fin este largo invierno.

 
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Publicado por en 14 enero 2011 in La pelotita

 

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