ATHLETIC DE BILBAO, 1 – ATLÉTICO DE MADRID, 2
La última vez que un atlético pensó que había sido un día perfecto, llegó a casa y se encontró a su mujer con el fontanero. No está de Dios que celebremos victorias completas. Terminas de jugar en Bilbao, miras la tabla, y sonríes, miras el parte médico y te entran ganas de llorar mientras asumes lo inevitable. Cuando en cada regate dejas blasfemando a un par de defensas rivales, lo normal es que el destino se tome venganza antes o después. Lo del Kun no es una lesión, es un acto de envidia divina.
El Atleti volvió con los de siempre, que son esos a los que hacía falta un buen puñado de fichajes cuando terminó la temporada. Mérida lesionado, Mario Suárez y Diego Costa en el banquillo y Luis Filipe esperando su oportunidad. No sé si el chico es de naturaleza humilde, pero llegar como estrella y no haber debutado baja los humos a cualquier cristiano. El único que juega por decreto ley es Godín. Cómo estaría la defensa para que Quique se haya encomendado al último en llegar. Y le funciona.
Tanta seriedad teníamos atrás que el espectacular arranque del Athletic no terminó en catástrofe. Capeamos el temporal justo lo suficiente para que el balón le llegara a Agüero. Un manual de insolencia vino a continuación: descubrió que el camino más corto es el que pasa entre dos defensas, levantó la cabeza vio a su socio y le puso el balón con la misma cara que tenía en Hamburgo. El pase no fue tan preciso, pero por allí andaba Simao para, en un fallo que él siempre dirá que fue taconazo, dejársela a Forlán. El uruguayo que sólo tiene una portería en la cabeza apenas tuvo que girarse: media vuelta y gol. Minuto 10. Otra vez profanamos la catedral. Ya no hay respeto.
Agarraditos al Kun recorrimos casi una hora más de partido. Raúl García volvió a dejar claro que no es Tiago mientras Perea no hacía más que sembrar dudas sobre su verdadero ser: tanta torpeza y tanta eficacia no pueden caber en el mismo hombre.
¿El Athletic? A lo suyo. A lo de Caparrós, vaya. Dejándose la piel en el campo y todo esos tópicos tan hermosos si no fuera porque el pellejo que suele acabar en el césped es el ajeno. De tanto pegar, nos hicieron daño. Se escapaba el Kun en un 0-2 evidente cuando Gurpegui se lo llevó por delante. Gurpegui, un hombre cuya única aportación al fútbol es un turbio asunto de análisis y contra-análisis. Un tipo sin hechos deportivos que merezcan una línea. Un futbolista totalmente prescindible dejó llorando a uno de esos jugadores a los que debería pedir autógrafos. Pareció penalti y pudo serlo. Era roja sin lugar a más dudas de las que quiso tener Undiano Mallenco. Todo acabó en amarilla y falta. Lo que le pareció al buen señor.
Para colmo de males, por el Kun salió Diego Costa. La lista de diferencias es infinita pero yo me quedo con una: el brasileño corre mirando a la pelota. Así no hay manera aunque un Athletic volcado le dejará un contrataque, pudiera pasar a Simao, éste fallara estrepitosamente y por allí apareciera Tiago para meter el 0-2.
El cómo en 10 minutos nos complicamos tanto la vida lo tendrá que explicar Quique en rueda de prensa. Con el partido hecho, dejamos que el Athletic nos comiera vivos hasta el punto de que De Gea tuvo que recoger el 1-2 de la portería a falta de dos minutos más cuatro de prórroga. Un mundo entero. Dos mundos si contamos con que las contras dirigidas por Diego Costa, cuatro para dos, cuatro para uno y demás peritas en dulce, acababan con el buen chico en el córner, perdiendo el balón y no tiempo.
Con muchos más sofocos de los razonables acabó el partido. Seguimos líderes y esperamos, rezando a medio santoral por Agüero, a un Barça jodido tras perder en casa con el Hércules de Drenthe. Que no es broma. De verdad.
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