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En un rato tonto

Como  casi todas las buenas ideas, acabé regalándola. Hace mucho tiempo, cuando hacer un blog era escribir en html, buscarte un servidor y publicar, se me ocurrió una manera de aprobar la infame carrera de Periodismo sin pisar las clases. No era sólo una cuestión de vaguería, que también: el primer trabajo, ese que te enseña la diferencia entre Woodward y Piolín no me dejaba horas. Tener la certeza de que sacarse el título “sólo” requería cinco años de peaje, como si fuera una mili larga, hizo el resto.

Y así, una de esas noches en las que no quedan más huevos que estudiar porque estás en blanco y tienes examen al día siguiente, volví a enconmendarme a la Macarena (o a la virgen que estuviera de guardia en ese momento, no me acuerdo) y dije hola, buenas. Subí unos cuantos apuntes, puse a parir a un par de profesores, colgué tres o cuatro citas míticas y ya todo estaba en marcha.

El Rato Tonto se convirtió en la segunda manera más divertida de perder el tiempo, justo detrás de perseguir pelirrojas, que me brindaba aquella facultad. Y, sorprendentemente, funcionaba. La gente mandaba sus cosas, como si realmente fuéramos una comunidad.

Bajo la filosofía de todo-siempre-gratis, sin publicidades, ni registros, ni nada por el estilo, se fue corriendo la voz. Funcionó con soltura durante un par de años, tres quizás. Cuando llegó mi hora, hice mi último examen, recogí el título y me juré que no volvería a aparecer por aquel lugar.

Cada vez más desconectado, busqué colaboradores para la webecita. Muchos fueron los llamados, muy pocos los que quisieron asumir la quijotesca idea de perder tiempo en algo que, por definición, tiene una rentabilidad nula. La web fue muriendo como mueren los amores de verano, de pura inanición. Ahora parece que resucita, me alegro.

Seis años más tarde de aquello, arranca este otro Rato Tonto. El mío. La web de la facultad sigue activa, es más, hasta puede que se siga actualizando con regularidad. Sobre eso ya no tengo control. Sobre esto, procuraré tenerlo hasta que se convierta en otra gran idea e, irremediablemente, acabe regalándola.

 

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