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Archivo de la categoría: Perdiendo el tiempo

Ese vicio inconfesable (3/6). Con 4 megas de RAM

Y llegó el PC. El primero fue un 486 con 4 Mb de RAM y 80 MB de disco duro. Tengo en la cabeza la conversación con un chico del pueblo, el experto en ordenadores que tenía a mano. ¿Pero tú para que quieres tanto?, ¡80 MB no los vas a llenar nunca!

Con esos 80 megas aparecieron de la mano el desquicie… y los Lemmings. Otro juego simple pero sobradamente adictivo. Por alguna razón, a los 3 minutos te convencías de tú eras el elegido para salvar a los últimos ejemplares de una raza tan gilipollas que se te tiraba por un precipicio a poca oportunidad que le dieras. Ya podías comerte el tarro y ser rápido, porque si no cavabas, ponías las escaleras y bloqueabas su camino hacia el abismo echando leches, volvías a empezar. Lo peor del juego era la penita que te daba cargarte a los últimos, los que habían evitado un suicidio colectivo en plan secta y que sólo podían desaparecer si se inmolaban. Joder, qué desalmaos, digo yo que podrían haberse inventado alguna otra cosa que no te dejara con mal cuerpo después de haberte pasado una fase chunguísima.

También llegaron las aventuras gráficas. Reconozco que nunca tuve paciencia. Y mira que jugué a muchas. Monkey Island fue, que recuerde, la primera que generó toda una mitología a su alrededor. Aunque no nos pasáramos el juego,  Guybrush Threepwood o el temible LeChuck son tan miembros de nuestro santoral como Superman o Batman. Bien mediante textos, bien con iconos, debías indicar al protagonista qué hacer en cada momento. La solución pasaba de la lógica aplastante al delirio con una facilidad pasmosa. En Sam & Max (un perro y un conejo que hacían de pareja detectivesca) había un punto en el que tenías que “usar-conejo-con-palodefregona-con-bombilla-con-clavija”. Vamos, de un sentido común que asustaba. Sólo logré terminarla con ayuda de la guía de Micromanía (creo que todavía en tamaño periódico inglés). Lo peor de todo es que recuerdo aquello como una deshonra.

Otro que dejé por imposible, aunque era un pedazo de juego es el Commandos.  No sé si era falta de habilidad militar (afortunadamente) o de habilidad con el ratón para dar 30 órdenes a la vez. Lo que está claro es que era falta de habilidad (mía).

Descartados los simuladores de vuelo (¿alguien entiende dónde está la gracia de hacer un París-Nueva York en el Flight Simulator?) y las aventuras gráficas, parecía que también tocaba dejar los de estrategia. Pero vi el Civilization II y tras ciertos avatares para conseguirlo,  me enamoré.

Aquello no sólo era jugar al Risk sin tener que convocar a ciento y la madre. El juego tenía una profundidad asombrosa. Respuestas lógicas a lo que hacías. Ay. Yo sí puedo decir que he conquistado imperios. Y luego estaban las maravillas. Aunque al final eran un coñazo y acababas quitándolas, las primeras veces hacías el Taller de Leonardo sólo por lo que molaba el vídeo.

Del Civ III no guardo un especial recuerdo. El IV, lo tengo todavía y, de vez en cuando, me pongo a invadir todo lo que tenga cerca. Tengo que hacerme mirar esto, ¿porqué nunca me dará por la vía pacífica, comercial y razonable rollo Gandhi?

Escena real. Misanta me pilla dándole al jueguecito. ¿Qué haces? Te va a encantar. Me mira con desconfianza. ¡Que sí, pruébalo un ratito! Se pone y, bueno, pse, sin demasiado entusiasmo. Llega la hora y marcho a ver a maldecir al Atleti. Cuatro horas después vuelvo. Me recibe en la entrada de casa, con cara ciertamente arrebatada. ¿Qué hacías? Nada… que me he puesto, me he puesto y… ¡dame media hora que tengo que acabar con el maldito líder sumerio Gilgamesh!

Si el Civ es el plano general, el Rome se convirtió, desde mucho antes de existir (Medieval Total War) en el plano corto. La gestión de tu imperio importaba mucho menos. Ahora la cosa era ir pidiendo guerra (literalmente) y dirigir al ejército en cada batalla. El capítulo de Roma me pareció el mejor de toda la serie. Lanzar unos cuantos cerdos en llamas contra el enemigo, aunque no tuviera mucho sentido la cosa, relajaba cosa mala. El problema es que al final, por buena estrategia que tuvieras, apenas tuvieras que atender varios frentes, la precisión con el ratón era casi más importante que tus soldados.

Otro rato más, con el matrimonio, indisoluble, de dos de mis pérdidas de tiempo favoritas.

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Publicado por en 5 septiembre 2009 in Perdiendo el tiempo

 

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Ese vicio inconfesable (2/6). Las 14.000 pelas

Apareció la Gameboy. No por arte de magia, sino porque pedí, supliqué, lloré y me arrastré. Mis padres (también) son unos santos. Y mi tía, la que me regaló un juego (en Navidad) antes de tener la consola (en Reyes), lo mismo.

Por fin podía jugar al Tetris. Admitámoslo, no sólo estamos más calvos y más gordos de lo que deberíamos. Con 30 años, escuchamos una kalinka y se nos van los pies. El Tetris es como la cerveza o una ración de bravas: simple y perfecto.  Luego, se han dedicado a ponerle dimensiones, piezas extras y más colorines. Todo con un escasísimo éxito. Cuadrado, cuatro pa un lao, cuatro pa otro, ele pa un lao, ele pa otro y pieza larga. Ya está, no busquen más. Seguro que no les hace falta porque han soñado decenas de veces con ellas. Reconozco haberme despertado cabreao más de una noche diciendo, ¡joder, que es mi sueño (y me lo follo cuando quiero), si me hace falta una larga, pues me doy una larga, coñoya!

Y sigo con la música. Mira que la Gameboy tenía un sonido de mierda (para lo que ha venido luego). Pues nada, la consola de las 14.000 pelas (objetivo inalcanzabilísimo para mi imaginación entonces) tuvo una buena colección de clasicazos musicales. No sé si serían los auriculares, que te metían más en la cosa. Lo que sí sé es que aún tengo frescas bandas sonoras como las del Shadow Warrior, que hubiera firmado cualquier banda de rock de la época. Eso y que el juego se volvía dificilísimo según avanzabas.

Otro día sigo con esos cacharros que empezaron a servir para algo más que hacer hojas de cálculo.

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Publicado por en 4 septiembre 2009 in Perdiendo el tiempo

 

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Ese vicio inconfesable (1/6). En el principio fue el CPC

¿Algún vicio inconfesable? Todos los vicios son inconfesables, criatura, pero tengo el día tonto así que les contaré uno. No sólo de teatro, libros y pelis el hombre. También, desde hace cosa de 20 años, dedico ingentes cantidades de tiempo a otro entretenimiento del todo inútil y, por lo tanto, tremendamente divertido.

En un minuto, Sony logró resumir exactamente de qué va la cosa. El cine, la literatura o el teatro sirven, sobre todo, para vivir otras vidas, para probarnos otros nombres. Claro que entonces, en los tiempos de la Play 1, a ver quién era el guapo que se atrevía a decir que los videojuegos eran un arte. Incluso ahora, cuando la cosa parece bastante más evidente, que Público dedicara una portada al GTA IV condenó al diario de (entonces) Escolar a la categoría de periódico de juguete. Quizá la merezcan, pero no precisamente por esa portada.

Todo empezó cuando mis padres, rumbosos son, rediós, dedicaron la noche de un cinco de enero a colocar un CPC 6128 (disco de 3″, el pijo del barrio, vaya) en la mesa camilla del salón. Pena no tener mi cara de aquel día en una foto. Recuerdo que me levanté antes que mi hermana (yo toda la vida haciendo trampas por Reyes y ella toda la vida haciéndose la tonta, qué guapa) e iluminado por aquel monitor de fósforo verde, sólo acerté a decirme: “hostias, estos se han pasao”.

Aquello fue el principio. Y el principio fue Green Beret. Simple a más no poder. Un plataformas normal y corriente que consistía en llevar al boina verde de turno (de ahí lo ingenioso del nombre, se mataron) hacia la derecha de la pantalla. Cada fase tenía su monstruo final, que era un tropel de enemigos. Eso sí, si cogías el lanzallamas, eras dios.

La siguiente parada tenía dos ruedas. Se llamaba Aspar GP Máster. Jorge Martínez Aspar era el ídolo patrio. Como no nos comíamos un colín con las motos grandes, España se conformaba con celebrar los títulos en 80 c.c. y 125 c.c. Y ahí Aspar, cual honrado teleppizero de hoy en día, era el rey. El juego te ponía encima de la moto, en concreto, 80 metros por encima, aunque el sonido fuera como si estuvieras pegadito al tubo de escape. Con algo de práctica, ganabas. Con más, podías hasta conseguir unos tiempos estratosféricos. Eso sí, a costa de que, 20 años después, te queden recuerdos cenitales del trazado de cada curva del Jarama.

Para los raritos, como yo, descubrir a Carmen Sandiego fue todo un acontecimiento. La propuesta era ir siguiendo pistas hasta recorrer el mundo en su búsqueda. Hacían falta unos leves conocimientos de geografía e historia, lo que unido a las turbias imágenes que provocaba una criminal prófuga con tan sugerente nombre en mi precalenturienta imaginación, convirtió el aquello en todo un vicio.

Otro día, más, con esa blanca, japonesa y pequeña.

Elratotonto.net || siguentE

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Publicado por en 2 septiembre 2009 in Perdiendo el tiempo

 

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El señor Pandur y un imbécil de Burgos

Esta es la historia de un viaje que ha durado dos años, 730 días, rato arriba rato abajo. Empezaba el verano de 2007 y Misanta y yo acordamos con otra pareja ir al Festival de Teatro Romano de Mérida. ¿A ver qué? Lo mismo daba. Total, será un clasicazo y sólo por ver el espectáculo que es el teatro en sí, merecerá la pena. Posibles, por fechas y demás: Los Persas, con Natalia Dicenta (familia de actores, buena reputación) de prota, y Lisístrata, con Míriam Díaz Aroca (participante en Mira quién baila, presentadora de Desde Lepe con humor). Oh, cielos. Sin pensarlo, de cabeza a Los Persas. Viaje, hotel, comidas, entradas… una pasta.

Que la región más pobre de este país (nosotros, que vivimos entre piedras, cabras y yerbajos) lleve 55 ediciones de un festival en el que hay hostias para actuar y hostias para verlo, sinceramente, me pone un poco orgullosito.

Entrar en el teatro romano un día de función es casi mágico. O mágico del todo, qué coño. El ambiente, la iluminación, la música… todo te transporta dos mil años atrás. 9 d. C. y tú, todo pequeño e ilusionao, camino del teatro.

En eso que, sonrisa bobalicona en ristre, miras al escenario y… ¿qué cojones hace un autobús carbonizado ahí? ¿aquello de arriba no será una batería con sus platillos y todo, verdad? ¿por qué hay una bandera de Españaza en mitad del medio? Nos mirábamos con esa esperanza del que mira en los bolsillos y no encuentra nada: después de esto, lo que venga sólo puede ser mejor.

Nos equivocábamos, claro. La primera escena ¿ofrecía? a un ¿caballero? vestido de legionario y cantando, evidentemente, soy el novio de la muerte. Dos mil años de guerras, saqueos, terremotos, olvido y recuperación milagrosa de un teatro Patrimonio de la Humanidad para que ahora aparezca un tío vestido de militar con una versión rock del himno de la legión. Guitarras eléctricas incluidas. Ya puestos a hacer el cafre, lo hacemos a base de bien.

Escarmentados, esta vez ni se nos ocurrió aquello de que no podíamos empeorar. Y ahí sí, con un poco de pasta en el bolsillo y alguien dispuesto a aceptar la apuesta, nos hubiéramos forrao: El resto de la obra fue un demencial carrusel de monólogos, canciones absurdas, gritos, muchos gritos (que se note que estamos haciendo teatro) y números de la cabra como el del fulano que, en una escena que marcará un antes y un después en el arte contemporáneo, sacudía una bandera (de Españaza, otra vez) con la polla. Solteras patriotas e histéricas del mundo (perdón por el pleonasmo), aquí tenéis vuestra despedida soñada.

Teóricamente, todo aquello era un alegato contra la guerra. Escaso éxito tuvo el invento: el personal acabó con ganas de incendiar cualquier cosa con aspecto combustible en la ciudad. Muchos salieron cuando se pusieron de acuerdo dos de sus sentidos, el común y el del ridículo. Nosotros no hicimos demasiado caso los nuestros y logramos llegar hasta el final. Eso sí, abandonamos aquel sitio mágico como se abandona la consulta del dentista: de una sobrenatural mala leche y acordándonos de todos los muertos del responsable del mal rato que habíamos pasao.

Fuera, entre instintos asesinos y lamentos quejumbrosos, logramos enterarnos del responsable del engendro.

Lo que es el arte contemporáneo, no chirría para nada.

Calixto Bieito se llama. Si lo ven, salúdenlo de mi parte.

Es lo que tiene no ser lo más cool de lo ya de por sí cool. Que uno no sabe de qué palo va un tío con nombre de canción de Sabina y apellido de honrado ganadero gallego. Y el fulano resulta que va de provocador por la vida. Llevo tres años siendo abonado del Atleti. Que no me vengan ahora contando lo que es un espectáculo provocador.

Durante dos horas el tal Bieito intentó escandalizar (porque él es así, calvo y escandalizador) sin mucho sentido y con frecuentes recursos de tetaculopedopisismo. Siglo XXI, les recuerdo, la época en la que un niño de 10 años pueden encontrar toda la dosis de tetas, culos, pedos y pises que desee en medio minuto de google. Al final, acabó por demostrar lo obvio: una mierda en el museo del Prado, no deja de ser una mierda.

Pese a este (largo) y trágico precendente, esta semana volví a engañar a Misanta. Objetivo: Medea. El País la ponía por las nubes… lo que tampoco es para fiarse mucho. Tras conseguir milagrosamente hotel, sábado por la mañana, a ello vamos. Aquellos que, en un arrebato de insensatez, me agregaron en el twitter, sabrán que la escalada de pánico subía según comíamos kilómetros. Ay, ay, ay.

Mientras recorríamos la calzada (2000 años, sin sacar el calendario) hacia las gradas, las mismas fantásticas sensaciones de siempre. Al entrar, un enorme alivio: no había ningún chasis herrumbroso en el escenario. Tampoco bandera alguna. Bien. Coño. Bien. Lo único, toda la escena cubierta de paja, bien desperdigada, bien en pacas formando un muro y una especie de laberinto. Todo integrado. Todo mostrando respeto por un edificio que lleva desde poco después de muerto Viriato aguantando lo que no está escrito. Para que luego venga un gilipollas de Miranda de Ebro a ponerse intenso.

Esta vez no había gilipollas, lo que había era un señor esloveno llamado Tomaz Pandur que ha logrado que Medea sea a la vez mito griego y cualquier tragedia de hace nada. Te la crees. Y te los crees a todos. Blanca Portillo está espectacular. Asier Etxeandía, Julieta Serrano y Alberto Jiménez, también. El conjunto es sobrecogedor y salvo por detalles insignificantes como ese cigarro final de la Serrano, todo tiene sentido.

El texto es impecable, incluso brillante (“las ideas siguen vivas mientras haya alguien que se oponga a ellas”). Y el final, aunque en un primer momento pueda descolocar, dos segundos de reflexión más tarde acaba reconcilándote con la vida. Y con el Festival de Mérida.

Es lo que tenemos los poco modernos: nos gusta ir al teatro para terminar aplaudiendo. Felices.
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Publicado por en 30 agosto 2009 in Perdiendo el tiempo

 

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Una de arqueología bloguera

Hoy toca acordarse de los amigos. A veces, dándome una vuelta por esos blogs de dios, tengo la sensación de que somos una panda de treintañeros respondones con la firme convicción de que, blogger o wordpress en mano, hemos inventao internet, la web 2.0, las redes sociales y, con dos copas más, hasta la máquina de escribir.

Pero hubo un tiempo en el que todo era un poco más difícil y, por eso -soy un romántico, lo sé- tenía mucha más gracia. Estábamos acojonaditos porque el efecto 2000 iba a convertir nuestros pentiums en calculadoras casio, este país iba bien, con paso firme hacia otro período de extraodinaria placidez, seguíamos cayendo en cuartos mundial tras mundial, eurocopa tras eurocopa…

A falta de webs que permitieran crear un blog en tres minutos había pocas, muy pocas referencias a las que agarrarse. Una de ellas era escolar.net, que lo sigue siendo. La otra, gistain.net, que está dormida, sólo dormida.

Mariano (Gistaín) es uno de los tíos con más talento que he conocido. Ya está. Cien años de soledad, el Quijote y su Mala Conciencia. Si me piden que elija dos, Gabo y Cervantes tendrán que pelear muy duro entre sí. El libro ha pasado por todos mis amigos, con tal frecuencia y desparrame, que me desapareció y no encuentro otro ejemplar por ningún lado. Tendré que aplicarme, porque sólo me lo he leído unas seis veces y se me hacen pocas.

Mariano mantenía con frecuencia casi diaria su webecita hasta hace no demasiado tiempo. Muchas veces con más espíritu de twitter que de blog. Pero una sola frase o una sola imagen bastaban para alegrarte el día.  Suficiente para echarlo mucho de menos.

Y en esas estaba cuando me he puesto a bucear. No está todo, pero he encontrado los retazos necesarios para ofrecer, por primera y única vez en este blog, un rato de lectura delicioso.

La web, aunque en letargo, sigue activa, así que con ir de texto anterior en texto anterior se pueden encontrar muchas de sus cosas. ¡Bien! Para cositas un poco más largas, aquí hay tres cuentecitos fantásticos. Aquí, unos microrrelatos ilustrados. Y si después de eso siguen con ganas, que seguro que sí, en este enlace se puede descargar su novelita “El hombre virtual”. Está en un formato raro, de esos que sólo pueden leer PDAs, pero con este emulador o este otro, asunto resuelto. En este otro enlace está, no sé por cuanto tiempo, sin necesidad de descargar nada.

Sé que es improbable que Mariano lea esto. Si lo haces, llévate un abrazo, amiguete, y vuelve a escribir, joder. Para el resto, espero haberles ofrecido un pedacito de tierna historia internetera. Disfruten de la lectura y si encuentran La Mala Conciencia por ahí, no se la compren, que la quiero para mí.
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Publicado por en 22 agosto 2009 in Perdiendo el tiempo

 

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Aprecia tu tiempo

Acabo de recibir varios correos de mis amigos y, pese a que sé que son estrictamente privados, ya que han dedicado tiempo y esfuerzo a escribirlos, he decidido hacer un extracto y proponer un pequeño test. Los correos dicen, así, resumiditos:

Dile a todos tus contactos de tu lista que no acepten un video llamado boicot al Chiquilikuatre. La Sociedad Ericcsson distribuye gratuitamente ordenadores portátiles y teléfonos wap con la intención de contrarrestar a Nokia que ha hecho lo mismo. Te va a divertir muchííííísimo. Anda circulando por Internet una nueva forma de fraude. Pásalo a todos tus contactos. Ahora sí es definitivo, hotmail se cierra. Mándalo a todos tus conocidos para colaborar con la operación del pequeño Brian. Cleto es un niño de Bogotá, sufre una rara enfermedad. Hola, mi nombre es Amy Bruce, tengo siete años y un severo cáncer de pulmón como fumador pasivo, ayúdame reenviando este mensaje a todos tus contactos. Sólo necesitas mandar este mail a 11 personas y aparecerá en tu pantalla un pequeño vídeo.

Ahora, el test:

1) Piensas que todas las afirmaciones expuestas arriba son:
a) Verdaderas. La gente nunca, nunca miente.
b) Tengo mis dudas.
c) Pero, vamos a ver. La mayoría me han llegado siete u ocho veces, en varios años. El pequeño Cleto, a estas alturas debería haber terminado el servicio militar, Amy va por su tercer hijo, Hotmail sería sólo un recuerdo y todos nos hubiéramos tenido que mudar a otro piso porque no nos cabrían los teléfonos ericsson wap (¿todavía wap?) ni los nokia, claro.

2) Cuando recibes un mail de estos, inmediatamente.
a) Se lo reenvío a todos mis amigos. ¡No puedo permitir que se les pase! Pasa a la pregunta 3.
b) Los dejo en la bandeja de entrada… ya ordenaré algún día los 2.043 mensajes pendientes. Pasa a la pregunta 4.
c) Los borro, acordándome muy educadamente, eso sí, de algunos ancestros de quién me lo envió. Pasa la pregunta 4.

3) En el reenvío…
a) Pego todas las direcciones de mis amigos, las personales, las del curro y las que toquen en el cajón “Para”. Así, bien clarito, que todo el mundo pueda verlas y en su caso ganarme ese fabuloso Ericsson Wap o ayudar la pequeña pasiva Amy.
b) Pego las direcciones en copia oculta. Aunque esté dispuesto a desperdiciar mi tiempo y el de los demás en gilipolleces, tampoco es plan de que todo cristo pueda ver sus direcciones.
c) Vale, debería de haber pasado a la pregunta 4, pero me picaba la curiosidad: ¡NOOOOOOOOOO, JODER, QUE NO REENVÍO ESTUPIDECES!

4) Piensas que la persona que te lo ha enviado:
a) Es un/a gran amigo/a, saben que me interesan, todas, todas las chorradas que aparecen por la red y, además, sabe que tengo todo el tiempo del mundo para perderlo leyendo/reenviando mensajes estúpidos.
b) Se aburre demasiado. Quizá si empleara su tiempo en algo más productivo como, por ejemplo, hacer la torre Eiffel con palillos, su vida sería algo menos triste.
c) Debería estar en la cárcel o, al menos, en algún lugar sin conexión a Internet durante los próximos 20 años.

5) ¿Qué crees que pensaba tu amigo al enviártelo?
a) Este tío me va a estar eternamente agradecido por los mensajes tan personalizados y útiles que le mando.
b) Ni me acuerdo de él, pero como un día cayó en mi libreta de direcciones, ya se puede ir dando por jodido.
c) Le odio profundamente, así que me voy a cebar de mala manera con su cuenta de correo y su intimidad.

6) Cuando recibes mensajes del Banco Santandir, CajaMandril o Banasto pidiendo tus datos crees que…
a) Qué listos son estos de los bancos que, sin tener siquiera una libreta con ellos, me piden mi número de cuenta y mis claves. Seguro que me regalan algo, así que se las voy a dar, ipso facto.
b) Pero si yo no tengo cuenta en esos bancos y… errr… un momento… ¡esos bancos son más falsos que un duro de palo! Anda que les den.
c) Estoy recibiendo este tipo de mensajes-timo porque alguno de mis grandes amigos decidió que debía salvar, sin tardanza, al pequeño Cleto. Copió mi dirección, la hizo pública y ahora algún cabronazo pretende meterme un palo via correo electrónico. ¡Gracias compañero, no me olvidaré de ti la próxima vez que me pille un dedo con el martillo!

Y aquí, los resultados:

Mayoría de A) Te creíste a Acebes el 11-M, ¿verdad?. Tronco/a, eres lelo/a. Ya está. Piensas que internet es un precioso mundo global del que caen teléfonos y en el que se salvan niños reenviando mensajes. Tío/a, háztelo mirar, en serio. Si de verdad aprecias a tus amigos, hazles el favor de no mandarles cadenitas de estas. Seguro que así incluso acaban pensando que eres menos imbécil de lo que ya eres.

Mayoría de B) Eres un poco desastre con el correo electrónico. No es que le tengas demasiado respeto al tiempo de tus colegas, pero, al menos, tienes la decencia de preservar su intimidad, que no es poco.

Mayoría de C) Te cabrea tanto, tanto como a mí recibir estas estupideces. Si alguna vez le has respondido con algo parecido a esto a los amigos que te mandan gilipolleces y siguen haciéndolo, cambia de amigos.

Si quieres saber (algunas) de las cadenas estúpidas que corren por la red, mirate esto o cualquier página de antivirus en el área de hoax.

Aprecia tu tiempo (o por lo menos el mío), ¡coñoya!
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Publicado por en 14 agosto 2009 in Perdiendo el tiempo

 

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Hágase Facebook… y se hizo

Y dijo Dios (¿a quién?), “hágase la luz”. Y la luz se hizo. Y vio que la luz era buena.  Unos siglos, un elegido, un doblete del Atleti y mil detalles menores más tarde,  Mark Zuckerberg dijo “hágase Facebook”. Y Mark vio que Facebook era bueno…

O no.

A estas alturas debo de ser el único homínido alfabetizado que carece de cuenta en Facebook. Bueno, quedamos dos, de lo cuál me alegro. Estoy convencido de que es una fabulosa herramienta para estar en contacto con tus amigos. Lo mejor para saber en qué estado de ánimo se encuentra cada uno y qué plan lleva a cada segundo. Y digo yo… si realmente me interesa lo que le pasa a alguien ¿no tengo su número de teléfono y, lo que es más importante, decenas de miles de sitios donde contarnos las cosas con una caña por delante? Coño, que somos el país con más bares por habitante del mundo. Será por terrazas en verano…

Porque con el invento este, el concepto de amigo se difumina cosa mala. Si alguien tiene más de 50 amigos, dentro de eso entran:

- Ese compañero de clase de hace 10 años, que un buen día te agrega y retomáis una vieja amistad. Una amistad que pasa de la fase 1, también llamada amiguitodelama o pacocamps, a la fase 5, yahoradequécoñohabloconeste, en cuestión de una semana. Si llevas 10 años sin ver a alguien, será por algo, ¿no?

- El amigo de un amigo al que un buen día agregaste. En sus dos versiones: la de la indiferencia absoluta pasado el saludo de rigor y la del braseo constante. Esta última, sólo aplicable a casos de atracción sexual francamente no correspondida.

- El compañero de curro que gracias a que lo agregaste (¿cómo le vas a decir que no y luego aguantar la mala cara?) sabe perfectamente tus pensamientos, lugares favoritos, relaciones, hobbys, salidas nocturnas… El concepto cotilleo-laboral ha alcanzado cotas épicas.

- El jefe al que, por idénticos motivos, aceptaste sumar a tu lista. Fantástico. No habrá día en el que llegues con ojeras que no sepa la causa exacta. Con nombre y apellidos, si la causa lleva falda (o unos ceñidos pantalones, en su caso). También, claro, estará al tanto de ESA foto que jamás deberías haberte hecho.

- El perfecto desconocido. Lo has metido en la lista porque te gustó su foto, una canción que escuchaba, o era fan de “queremos-un-especial-del-fary-en-tve-ya” y te cayó simpático. Como en el caso del amigo del amigo, la cosa puede acabar en indiferencia o persecución psicopatológica. Es lo bonito de la vida, nunca sabes el bombón que te va a tocar.

En cualquier caso, ninguno de ellos está nominado a “Persona de Plena Confianza 2009″. Pero claro, es que además, con Facebook puedes hacer otras muchas cosas.

Puedes hacerte fan de mil grupos, a cuál más interesante. Están los que confunden a chinos y japoneses, los que aman reventar burbujas de envoltorio, los que prefieren en “haha” a “jaja”, los que nunca han terminado el cubo de rubick. Vamos, ese tipo de gente que te cruzas en el metro y decides dejarlo todo para irte con ellos a recorrer Europa.

También, es cierto, puedes aprender muchas cosas sobre tí mismo. ¿Qué dibujo animado eres? ¿Qué fichaje paquete del Madrid eres? ¿Qué personaje famoso eres?… ¿Problemillas de personalidad? Visita Facebook.

Y además están los juegos. En un mundo con PlayStations, Xboxes, PSPs y decenas de cacharros más que te meten dentro de una película, Facebook te ofrece la sin par posibilidad de jugar a esos programas que hacíamos en basic hace 20 años con un Spectrum. Toda una revolución. Eso sí, puedes picar a todos tus amigos con tus grandes resultados dándole al arkanoid añada del 87.

Visto todo esto, el éxito de Facebook es como el del tabaco: sabe mal, jode la salud y a la larga te mata… pero es tan adictivo…

Voy a por otra dosis de nicotina. Al menos, sé qué me estoy metiendo.
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Publicado por en 10 agosto 2009 in Perdiendo el tiempo

 

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