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Archivo de la categoría: Perdiendo el tiempo

Viajeros al tren

¡Última llamada! Bueno, penúltima, que tampoco nos vamos a agobiar. Mañana…

Presentación de El Año que Volvimos
MARTES, 21. 19:30h.
ATENEO DE MADRID. Calle Prado, 21
Entrada libre.

Cuento con ustedes. Además de hablar mucho de fútbol, la página no oficial del Atlético de Madrid en Facebook sorteará en vivo y en directo los 10 libros prometidos. Ya está publicada la lista de participantes. No esperen al día 22 para que les sonría la suerte. Los atléticos ganamos cosas con un día de adelanto. Somos así.

 

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El año que volvimos, gratis

No se lo van a creer. Realmente casi ni yo me lo creo. No es ya que a unos locos se les ocurriera poner en marcha la maquinaria para que El Año que Volvimos se convirtiera en un libro. Tampoco que una editorial estuviera dispuesta a jugarse su pasta en un proyecto tan improbable como es el de contar los éxitos del Atlético de Madrid.

No sólo es todo eso (que es una barbaridad) es que, encima, otro loco de la vida se presta a invertir su tiempo y su esfuerzo en sortear gratis et amore diez ejemplares del libro en la página de facebook que más atléticos por byte cuadrado concentra de todo internet.

El sorteo está abierto en http://www.facebook.com/fansdelatleti hasta el próximo día 19 o hasta que se llene el cupo de comentarios. Que a este ritmo será mucho antes. Las bases, completitas, aquí.

Si no confían demasiado en la suerte, o confían pero tienen mucho atlético cerca con el que quedar como un marqués estas Navidades, el libro se vende en todos estos sitios.

El 21 de diciembre, en la presentación, se entregarán los libros a los ganadores presentes. A los que no estén, se les manda por Correos de mil amores. Si de algo sirve una firma, ese día firmo los sorteados, los comprados y hasta los encontrados en la calle.

 
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Publicado por en 7 diciembre 2010 in Juntaletras, La pelotita, Perdiendo el tiempo

 

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Lugares

 

El Año que Volvimos ya está en casi todos los sitios. Pero también puede pasar que justo en esa librería que tienen pegadita a casa, no lo hayan traído. Qué le vamos a hacer. Los libreros, pese a ser por lo general gente muy leída, en algunos casos se tuercen y salen del Madrid…

Por eso aquí abajo dejo una lista, siempre provisional, de sitios físicos y virtuales donde encontrarlo. En todos estos está comprobado, si alguien lo localiza en otro sitio y tiene a bien, porfa, que lo diga y añado.

La Casa del Libro
Online y tiendas de Madrid Gran Vía y Fuencarral

Fnac
Online y tienda de Madrid Callao.

El Corte Inglés
Tiendas de Castellana, Goya y Preciados. Madrid.

Librerías Bertrand
En sus tiendas de Zaragoza, Oviedo, Ponferrada, Terrassa, Cartagena, Torrelodones y Alcalá de Henares.

Librería Proteo
Online y tienda de Málaga

Librería Rayuela
Online y tienda en Málaga

Librería No Pares de Leer
Online y tienda en CC. Plaza de Aluche, Madrid.

Liberías Canales 7
Online

Librería Paquebote
Online

Librería Antonio Machado
Online y tienda en Madrid centro.

Librería Compás
Online y tienda en la Universidad de Alicante

Librería Pléyades
Online y tienda en Cáceres

Librería Cámara
Online y tienda en Bilbao

[La foto es de @rickyam, un señor]

 
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Publicado por en 7 diciembre 2010 in Juntaletras, La pelotita, Perdiendo el tiempo

 

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El márketing de la amenaza

Con la Lotería de Navidad pasa como con los Reyes Magos. Uno se pega la infancia asociando a ambos conceptos mercantiles un mundo mágico y luego, de mayor, acaba pagando las consecuencias. Los Reyes significaban que te ibas a pegar un atracón de regalos de no caberte en los ojos. El soniquete de los milloooneeesdepeseeeetaaaas de cada año, te ponía en trámites de empezar tres semanas de vacaciones. Casi na. Luego la cosa pasó de pesetas a euros y eso no hay dios que lo canturree con decencia, pero esa es otra.

El caso es que cada año que pasa lo pone a uno más lejos de los regalos que caían del cielo y más en medio de la tarjeta de crédito pidiendo clemencia el día 5 de enero, después de un par de semanas sobrecogedoras. Con la Lotería, el canturreo supone que, a poco que el asunto sea normal, vas a acabar el día rompiendo unos décimos que te han costado una pasta.

Porque uno va de racional por la vida, la banca siempre gana, los juegos de azar son una esperanza inútil y todo eso; pero hace un rato, repasando con Misanta, acabamos de contarnos 120 eurazos como 120 soles en Lotería. Con crisis y con hostias, los españolitos nos hemos jugado en Lotería de Navidad más de 2.700 millones de euros. Lo que Greenpeace le pide al Gobierno para luchar contra el cambio climático, la cantidad necesaria para sanear Opel, lo que la UE destina a cooperación con Latinoamérica. Ea, vayan ahora a pedir puerta por puerta ese dinero para tan nobles fines y luego me hacen un croquis de dónde les han mandao.

Sí, me dirán que ese es el precio de la ilusión, de que esta noche nos vayamos a la cama siendo un poquito menos pobres, con la hipoteca pagada, en mitad del viaje de nuestros sueños, sin acordarnos de cuándo acaba un mes y empieza otro. Pero no. 2.700 millones de euros es el valor de la envidia en esta, Mispaña.

Que levante el dedito el que haya comprado más de un décimo sólo con las palmeras de Cayo Coco en el horizonte. ¿Nadie? Porque igual resulta que lo que compramos con la Lotería de Navidad no es la posibilidad de que nos toque, sino la de que no le toque al vecino y nosotros con cara de imbéciles.

La Lotería de Navidad no necesita calvos, ni anuncios espectaculares. Es un negocio que funciona solo. Si en bares habituales y centros de reuniones el miedo a pasar a la historia como Paco, el bobochorra que no llevaba ni una participación, ya sirve de estímulo, en el trabajo su efecto es demoledor. El márketing de la amenaza hace que todos los miembros de una organización laboral, sea cual sea su credo, ideología y costumbres alimenticias acaben llevándose al menos un decimito para casa.

Porque el día a día de no ser millonario se hace jodido, doy fe. Pero el día a día de saber que Fulanito el trepa sí lo es gracias a un décimo cuya compra despreciaste durante meses, debe de ser uno de los dolores más terribles que un alma padecer pueda.

MenéaloDoscientos millooooones de Meneeeeeeeeeos  -> 
 
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Publicado por en 22 diciembre 2009 in Perdiendo el tiempo

 

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Vuelve Hannibal

Domingo de cine. Malditos Bastardos que, estando bien, no es Kill Bill. Nuevos especímenes para la colección de gente asesinable:

La feliz pareja de la bolsa de gusanitos. Ay. Cuando uno ya había adaptado su oído para inhibir con eficacia la frecuencia del grumffgrumff palomitero, la vida lo sienta delante de los little worm eaters. [¡¡spoiler!! ¡¡atrás!!] Un nazi desalmado y, ciertamente moña se va a fumigar a una familia de judíos [fin del spoiler] y lo único que tienes en mente es que tus vecinos de atrás sufren un extraño síndrome que les hace explotar burbujas de plástico en mitad de un cine. Suena igual, lo juro. Luego ves que no, que sólo es que cogen a puñados los gusanitos de la bolsa. Y la bolsa es enorme. Oh, cielos.

Acabada la bolsa, y mediada la película, llega el turno de los brokers del mundo unidos (jamás serán vencidos, o algo). La vida no para, ya se sabe, y dos horas y media largas de película pueden hacer que pierdas la operación más importante del año. Compra, compra, vende, vende. O eso, o es que son directamente idiotas. Una peli supone dos horas de descanso, relax e imaginación. Sólo tienes que hacer una cosita antes, sólo un requisito para disfrutar como un enano: ¡coño, apaga el móvil! Y se les olvida. En cosa de media hora, las conspiraciones para acabar con el tercer reich se mezclaron con no menos de cinco tirurirus, en el mejor de los casos, o últimos-exitos-de-los-cuarenta-como-mola-el-politono-colega, en el peor.

Lo más chungo, y me ha pasado, es cuando el amigo telefonista decide que es imprescindible que Pepi sepa que estás en el cine y que saldrás dentro de hora y media. En ese caso, una persona normal… bueno, una persona normal habría desconectado el cacharro… una persona pseudo-normal, cuelga echando leches y manda un mesajito de manera discreta. Te estás perdiendo la peli, chaval, pero como te la estás perdiendo tú solito, que te den. Pero, como decía Makinavaja, siempre tiene que haber un gilipollas. Y el gilipollas descuelga el móvil y, más o menos en susurros, comenta su situación e impedimentos a Pepi. Briconsejo, chicas: si tenéis un churri que contesta al teléfono en el cine, no es que os quiera mucho, es que es border line. Corred, insensatas. Me pasó una vez, justo al lado, decía, y en mi vida he tenido más presente el código penal.

Ay, qué pocas balas.
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Publicado por en 5 octubre 2009 in Perdiendo el tiempo

 

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Hannibal en la sala de cine

No falla. Ya puedo haber visto una obra maestra (como Distrito 9, por ejemplo), que cada vez que salgo del cine me convierto en el marciano del tricornio. No sé qué me pasa, pero me entran unas ganas de ponerme a repartir hostias…

Porque sí, mucho emule y mucho anuncio de no robarás. Como si la mayoría llevarámos cámaras (con su minitrípode y su canesú) bajo la camiseta o, más idiota aún, como si el pirata inminente, cuando le dicen que grabar la peli es como guindar un coche (oh, cielos), se fuera a arrepentir de sus pecados y salir de la sala con los ojos arrasaos en lágrimas. ¡Santa Sinde! ¡Santo Teddy! ¡No soy digno!

No, todo eso puede tener su importancia en la actual crisis del cine, que empezó, más o menos, allá por los hermanos Lumière (Está demostrado: sólo los agricultores de secano -y no siempre- son más llorones más que actores, directores y demás). Lo que realmente se está cargando la industria del cine es el komando de las viejas de la fila de atrás, ¡coñoya!

Porque uno paga religiosamente sus siete eurazos (o más) de la entrada. Generalmente no es una, sino dos: catorce. Como la peli es larga, un par de coca-colas por si hace sed. Seis más (en el mejor de los casos), veinte. No se puede fumar: palomitas para no morder el asiento de delante a la hora y media. Veinticuatro. Cuatro mil pesetazas. Una detrás de otra.

Procurando no echar cuentas del número de cervezas al que equivale esa cantidad y que, de paso, no se te caiga la feria de muestras que sujetas entre las manos, pasas a la sala. Y ahí están. El komando se ha ido perfeccionando a lo largo del tiempo. Ahora, te lo puede encontrar en múltiples formas, y no todas ellas reconocibles a primera vista.

Está la versión clásica. Pareja, trío u otros grupúsculos de señoras de avanzada edad. Peluquería reciente y vestidas de domingo. Por lo general, manteniéndote lejos de cualquier cosa que tenga un tío y una tía mirándose a los ojos en el cartel, estás a salvo de ellas. Claro, que siempre están las que no van a ver la peli, sino el cine. Como espacio cerrado, de temperatura desapacible pero siempre cósmicamente opuesta a la de la calle y en el que se está sentadito cerca de dos horas. En en ese caso, ya puedes estar viendo Battle Royale que las tienes al lado. Ya te puedes ir dando por jodido. Si les gusta la peli, no habrá escena sin su comentario adicional o avance del guión. Ahora, le mata. Ahora se cae. ¡Ahora se calla de una puta vez, señora! Si no les gusta, puede ser peor: los comentarios adicionales van por libre. El tiempo, lo carísima que se ha puesto la vida y la peluquería, Maripuri, y hasta lo que mejora el madrid sin extremos serán la banda sonora que acompañará para siempre a tu drama épico iraní.

Otro clásico son los jóvenes granosos y folloneros. Ellos no van al cine. Ellos van a intentarse tirar a la nieta de Maripuri. Con 16 años esa es la única misión de una vida. Así que se la suda el personal. Palomitas, bebidas y otros géneros lo mismo son alimentos que engullir como si volvieran del desierto bíblico que armas arrojadizas según el caso.  Mientras llega el momento en el que la vida les regala una hostia y Maripuri bis se pira en la moto de un fulano cinco años mayor, en su cabeza sólo cabe un axioma: a más grito, más posibilidad de revolcón. Y se aplican con ahínco, vive dios.

Hasta aquí lo que es razonablemente evitable.  Si la sala no está muy llena, con un quiebro oportuno hasta puedes ver la peli con tranquilidad. Pero no son las únicas amenazas. En una lista que siempre está abierta, cada día aparecen nuevas incorporaciones dispuestas a ser ellas, y no otras, las que te jodan la película.

Hace tiempo, las parejas con ganas de roce también iban al cine. Últimas filas, magreo subsiguiente y todos tan contentos. Algunos más que otros, eso sí. Que ahora el magreo, afortunadamente, pueda producirse en cualquier entorno y situación, tiene su daño colateral. Al cine ya no se va a pillar cacho, ahora se va a demostrar amor profundo y sensibilidades a flor de piel. Y eso hay que hacerlo público. Cuanto más, mejor. Si toca plano de atardecer sobre paisaje otoñal, un ohhhhhhhhh nunca estará demás. Si a algún secundario le diagnostican una enfermedad chunga, un qué pena anunciará a la pareja (y a todo aquel en un radio de cinco butacas) que estamos ante un ser humano tierno y empático. Y siempre, siempre, siempre, aunque en la boca tengan un puñao de palomitas regadas con cocacola bebida a sonoros sorbos, el clímax de la película será acompañado de un qué bonito. El prota acaba de arrancarse el corazón para colocarlo, a manos limpias, en el pecho de la chica, que tenía soplos. Todo con mucha lágrima y música de Vangelis. Efectivamente, era emotivo hasta que tú, imbécil, me sacaste de la escena para recordarme que estaba en un cine sentadito a tu vera. Gracias, muy amable.

Si el roce se salió de madre hace tiempo, la nueva pareja, la de hoy en día, la moderna, padres y cinéfilos en la vida, también pueden darte la tarde. Porque no tienen con quién dejar a Quique, cuatro años, rubito, ojos azules, majísimo. Y como no encuentran parking para la criatura y carecen, además, de sentido común, acaban llevándose al criajo a ver la peli con ellos. Aunque sea Viernes 13, Jason-el-eterno-retorno. Y claro, el niño, como todos los niños, o se asusta, o se entusiasma o se aburre. Y tú, con tus 24 eurazos en la cabeza, te pegas dos horas aguantando gorjeos, llantos y mamáscuantoqueda. Aunque te den ganas de matarlo, el crío no tiene ninguna culpa. Pero claro, asesinar a los padres allí mismo tampoco parece buen plan: demasiados testigos y, encima, por orfandad manifiesta, acabas convertido en el responsable de callar al pequeño monstruo. Así que te jodes y, además de la peli entrecortada, te llevas para casa una dosis extra de anticonceptivo mental. El día que Rouco descubra el truco, dejará de recomendar el rosario. Palabrita.

La última modalidad, muy frecuente en pelis de ciencia ficción, es el grupo de frikis con ganas de marcha. Ellos, que se tragaron todos los señores de todos los anillos, versiones extendidas, of course, de un tirón. Como unos jabatos. No es que analicen la peli plano a plano, que está bien, sino que tienen que demostrarlo. No habrá secuencia sin acotación, sin referencia a un clásico, sin denuncia de plagio descarado de aquella peli de serie B. Tienen una rica vida interior. Prometo que un día los abro en canal con un cortauñas para encontrarla.

Una peli es eso que un señor ideó en su momento. Que pasó por guionistas, productores, actores, cámaras, maquilladores, estilistas, iluminadores, montadores y demás patulea. Decenas de personas que se han currado una historia para que yo pueda olvidar, por dos horas y por ejemplo, que el Racing es el Milán de Sacchi cuando juega contra nosotros. Eso, siempre que alguien no decida que la peluquería, su sensibilidad, las bragas de Maripuri, el niño de sus entrañas o lo que les salga de los huevos es mucho más importante.

Misanta dice que una tarde de estas salimos en los papeles. Y no le falta razón: cada vez que voy al cine acabo acordándome de Hannibal Lecter y su afición por cepillarse a la gente maleducada.

No se vayan todavía, porque la cosa sigue

MenéaloMenéalo, por el cine español y todo eso...  -> 
 
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Publicado por en 14 septiembre 2009 in Perdiendo el tiempo

 

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40 euros, botellones y cintas de vídeo

Les separan hoy unas líneas en el mismo periódico. Tienen edades parecidas. Unos, un brillante futuro por delante a poco que se lo curren. La infraestructura les viene de serie. Los idiomas, la universidad, los viajes, no contar los días para que acabe el mes… todo eso, ya es suyo. Su único problema será cómo administrar ese capital que les ha tocado en la lotería de la vida.

Para los otros, mala suerte, la cosa pinta un poco más negra. Cuando el juez grita ¡en sus marcas! tienen que sudar la gota gorda para llegar al sitio donde los primeros estaban esperando. A varios kilómetros y cuesta arriba. La carrera está decidida antes de empezar.

Hoy me tomo el café leyendo sobre ambos. Los dos grupos se dedican a esto de lo audiovisual. Y los dos anuncian próximos capítulos de sus series de gran éxito.

Con ustedes, de Producciones KaleBurberry (hallazgo inconmensurable de @carvalladolid): Este fin de semana se va a volver a liar. Fuego, explosiones, eses arrastradas y jerseys sobre los hombros. Aquí un resumen del capítulo anterior, para ir abriendo boca.

Los otros, los fumetas (que dice El País en un alarde de buenrollismo), tienen mucha menos pasta para los efectos especiales: llevan meses intentándose pagar los bocadillos con el dinero de producción. Les pongo un trailer del primer capítulo.

Hacen Malviviendo, en su blog cuentan más o menos cómo va la cosa, y si todavía no han visto la serie, ya están tardando. No sólo es buena, además, empezaron con 40 euros de presupuesto y un par.

Luego, quién más y quién menos, nos ponemos a analizar lo que ocurrió en Pozuelo de manera más seria, más sensata o más faltona. Según tengamos la tecla. Muchos dicen que esto ha pasado toda la vida. No lo comparten, pero oyes, desde hace años en el corredor oeste de Madrid y otras zonas de esta mi piel de toro, se juega al tiro al poli apenas peligra el jotabecola. Que los derechos civiles son los derechos civiles. Así que, si esto pasa ahora, no es que los chicos sean unos cafres, es que la juventud es así. Rebelde y de gasolina fácil.

También es bastante agradecido el recurso a la decadencia de los valores (¿de eso no se deberían encargar en casa? o la falta de alternativas de ocio. Pobres, como viven en una planificación urbanística muy yanky y muy demencial (sus padres, esos señores que prefirieron complejo privado a plaza pública) la puta sociedad les aboca al consumo demesurado de toda clase de alcoholes como única manera de divertirse. En el fondo, unas víctimas de la carencia de polideportivos after-hours es lo que son.

Pues no. Porque en Sevilla, los esfuerzos de la administración por el ocio juvenil vienen a ser los mismos que en Pozuelo o Valencia. Pocos y diseñados por gente que nació con 45 años y corbata. De esa misma falta de alternativas salen los idiotas del botellón Lacoste y los artistas que con dos palillos, una tuerca y un chicle te montan una serie que da gloria verla.

Claro que, con 40 euros, cuesta más trabajo liarse la manta a la cabeza con mucha imaginación y mucho talento que acercarse al chino del barrio y comprar botellón para cuatro. Lo difícil no mola nada. Papá ya se lo curró cuando le tocaba. O sea.
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Publicado por en 9 septiembre 2009 in Perdiendo el tiempo, Y todo lo demás

 

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Ese vicio inconfesable (6/6). ¿Esto no es arte?

Con la Play 3 (Misanta otra vez, que vale un Potosí) tocó hasta cambiar de tele. Semejante cacharro merece algo en consonancia, así que esta vez el esfuerzo también lo hice yo y un buen día apareció por casa una Bravia de 40 pulgadazas. Fred Astaire y Ginger Rogers, Tom y Jerry, Ramón y Cajal, Ortega y Gasset… la pareja perfecta vamos.

Con esa pareja hemos descubierto otra pequeña delicia. Otra aparente simplicidad absoluta. Las cosas que funcionan son buenas no porque tengan muchas cosas, sino porque no se les ha podido quitar nada más. Little Big Planet es esa pequeña gran maravilla que nadie (entiéndanme, nadie con tiempo libre y ganas de ocio digital) debería perderse. Un muñecajo que tiene que sortear peligros para llegar a la meta. No suena muy original ¿no? Pues acaba siéndolo. El jueguito ha conseguido enganchar, hasta el desquicie (sí, es otro de los de soñar, como el Tetris) a quienes tenemos las manos con forma de pad tanto como a los que apenas saben qué es eso.

Toda la vida comiéndome la cabeza para acertar con los regalos a Misanta y resulta que éste, con el que hubiera triunfao, lo compro una mañana de miércoles cualquiera y se lo enseño sin demasiada alharaca. Qué ojo tengo, rediós.

El juego es muy bueno, si encima lo descubres (¡y lo terminas!) por parejas (también se deja por tríos o cuartetos, ummmmm) el descojone está asegurado mientras ves piñarse a tu rival-compañero. Ese es otro de sus logros: la colaboración es imprescindible para lograr ciertos objetivos, pero luego, cada uno tiene que hacer la guerra por su cuenta para conseguir más puntos. Puro periodismo, vaya.

Lo peor, sin duda, es la voz española del juego. ¡Por dios bendito!, ¿A quién se le ha ocurrido poner a Christian Gálvez, que tiene la misma gracia que un aizkolari llevando el compás? ¿Qué pasa? ¿Buenafuente o Wyomming -lo más cerca de  Stephen Fry que hay en ésta, mi España- pedían mucha pasta?

Con la nueva generación de consolas también ha quedado claro que, ahora sí, puedes ser parte de la película. Tú haces, tú aciertas o fallas, incluso tú decides parte del argumento. Tú estás dentro. De eso me di cuenta con el Assassins Creed. Bastante repetitivo en las misiones, pero no eran demasiado largas y al acabarlas, conocías un poquito más de la historia. Como el que cada día se ve su episodio de Perdidos o se lee antes de dormir su capitulito de un libro.

Si esa es la primera parte, la segunda, que está por salir, promete incluso más.

Tampoco quiero olvidarme del Metal Gear Solid 4. Mitad juego, mitad película, supongo que se disfrutará 20 veces más si has jugado a los anteriores. Cosa que yo no hice. De todas formas, sólo por la ambientación, los gráficos y los detalles que vas conociendo, merece la pena acabarlo. Lo que no es demasiado difícil, la verdad.

Aunque, de todas formas, el juego que me ha hecho caer en la cuenta de todo esto es, sin duda, el GTA IV. Una película interactiva no es eso que nos vendieron de elegir entre dos finales. Los libros de “Elige tu propia aventura” también lo hacían, y no necesitaban tanta publicidad. Una peli interactiva es soltarte en mitad de Nueva York y dejarte hacer. Tu papel es el Niko Bellic, un mercenario balcánico, así que difícilmente vas a convertirte en un adalid de la paz y el amor. Pero todo lo demás es tuyo. Sólo he estado una vez en Manhattan, el GTA IV me ha permitido conocer la ciudad como si llevara toda la vida allí. Sus calles y sus ficticiamente ficticios mafiosos, canallas, putas y camellos.

Algún día todos los periódicos dedicarán portadas a un videojuego, como ahora las dedican a los Oscars. Y eso no les convertirá en periódicos de juguete porque no hablarán de ningún vicio inconfesable.

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Publicado por en 9 septiembre 2009 in Perdiendo el tiempo

 

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Ese vicio inconfesable (5/6). La pelota al piso

Si el Football Manager era la teoría, la práctica vino de Canarias. Volvía con Misanta, de un viaje cumpleañero a las islas cuando me desperté una buena mañana de lunes. Después de una década, más o menos, estrenando agendas con más resignación que alegría, que el pisito de entonces estuviera hasta arriba de globos y serpentinas me dejó, literalmente, con la boca abierta. Debajo de todo aquello, una caja con una pedazo de Play 2 que ni vi venir.

Y con ella, el Pro Evolution Soccer 6. Ojito. El mejor hasta entonces y desde entonces.

A su lado, todos los Fifas que he tenido (y a los que he jugado con amigos y pasión a partes iguales) son un correcalles sin sentido. Con unas horas de práctica, lo que piensas es lo que haces en la pantalla. Mira que es difícil marcar un gol (conozco a alguno que lo ha dejao por desesperante) pero cuando lo consigues, es como si realmente lo hubieras marcado tú. Alcoholes varios, tabaco, amigos y el Pro pueden convertir una tarde de sábado en algo inolvidable. Nuestros trofeos incluso tienen nombre: la primera edición fue la Copa Costinha, desde entonces, Mariano Pernía se ha ganado por deméritos propios grabar su apellido a fuego en las medallas, diplomas y demás que no nos entregamos. El frikismo, afortunadamente, no llega a tanto, aunque no descartamos nada para este año.

En algún momento, el final de todo esto: luces, color y pantallones enormes.

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Publicado por en 7 septiembre 2009 in Perdiendo el tiempo

 

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Ese vicio inconfesable (4/6). La Copa de Europa

Mucho antes de que asediar Roma fuera importante, otro objetivo nos acompañó a buena parte de nosotros: la Copa de Europa. Se llamaba PcFútbol, el viajero que quiso enseñarme a besar… que me desvío. Se llamaba PcFútbol y vino a cumplir uno de nuestros sueños más húmedos en una lista en la que Pamela Anderson arrasaba sin despeinarse (bueno, un poco sí, Tommy y yo sabemos de qué hablamos). ¡Podíamos dirigir a nuestro equipo! Hacer los fichajes soñados, ponerlos en el campo. Ya que nuestra pierna izquierda era la mala y la derecha sólo nos servía para apoyar… llegaba el momento de demostrar que aunque éramos unos patanes, la teoría no tenía secretos para nosotros.

Aquello fue la locura. Dado que el sistema de protección consistía en un cuadrante con los escudos de la liga que había que meter en plan F5, hundido, con una fotocopiadora y 20 pesetas eras el rey del mambo. Seguridad anti-copia iberian style.

Todo el mundo lo tenía, hasta el punto que organizábamos ligas, turnando las sedes entre las casas de cada cual, con la partida guardada en un disquete. Estábamos inventando el juego online, bueno el juego onbolsillo, da lo mismo. La ventaja de esa primera versión (y de casi todas las posteriores) es que era fácil reunir la pasta suficiente para traerte a cualquier estrella a tu equipo de segunda B. A todos, menos a Djalminha y Rodrigo, por entonces perlas brasileñas y que no había manera así llevaras cinco Champions con el Barça.

Con aquel juego, y aquellas facilidades, mi Badajoz fue un grande de Europa. Comandado por Ariel Ortega (que luego vimos que es más de JB que de regate corto) ganamos una Recopa. Todavía había Recopa y yo disfruté como un enano en aquella partida. A falta de una buena banda sonora, la discografía de Héroes del Silencio perdió todos sus secretos para mí. Cuando escucho (raramente) alguna de sus canciones, aún me recuerdo ratón en mano, ojos vidriosos y deseando que entrase la dichosa pelotita.

Pero PcFútbol, como un lemming cualquiera, decidió tirarse al barranco. Cada vez era más importante vender pizzas y banderitas que hacer un equipo como dios manda. Eso, además de que los bugs, en lugar de ir desapareciendo, crecían de versión en versión. Dinamic entró en barrena y hubo que olvidarse de imitar a Jesús Gil.

Hasta que una tarde, buscando un juego para alquilar con un colega, vimos uno que no sabíamos demasiado bien de qué iba. No había muchas alternativas y en la carátula aparecía Camacho (sin sudores). Lo pillamos. La decepción fue absoluta. Queríamos un juego de fútbol y encontramos una hoja de cálculo. ¿Pero esto qué coño es? Lo dejamos aparcao y nos fuimos a dar una vuelta.

Pero en una facultad como la de Periodismo, el tiempo que hay entre día antes de examen y día antes de examen (único momento en que haces algo por la vida) da para muchísimo. Tanto que, de puro aburrimiento, un día desempolvé la copia-por-si-acaso que había hecho del camachito y probé. Si lo que cuentan de la heroína es cierto, entonces esto sólo está un poco por encima en grado de adicción. Aunque existía desde hacía tiempo, básicamente en Inglaterra, el Championship Manager 01/02 fue todo un descubrimiento para mí, y me da que para la mayoría de pcfutboleros del país.

Si a primera vista el juego se hacía raro, el sistema de partidos te convertía, a ojos de cualquiera, en un marciano con atenas y todo. No había partido. Así, sin más. Bueno, en realidad lo había, pero sólo sabías que estaba pasando a través de los textos que leías en la pantalla. Unos textos en los que te iba la vida. Gritabas, te emocionabas, contenías la respiración… podías sentirlo. Tanto, que ningún juego, ni siquiera los posteriores de la saga, ha conseguido igualar esa sensación.

El Championship se convirtió en religión. Visionarios que somos, volvimos a reinventar las partidas online. Esta vez, cada uno con la suya en casa y comentándonos los avatares por teléfono. Tengo las facturas. Hubo conversaciones de más de hora y media mientras decidíamos, en pleno juego, si el medio centro debía tener flechitapabajo o no.

Porque esa es otra. El juego, a partir de ese momento empezamos a llamarlo así, a secas, te absorbe por completo. Daba igual que estuvieras en medio de un examen decisivo para sacarte la carrera. Si en ese momento se te ocurría que los laterales debían subir algo más para que el medio campo tuviera más apoyos, pedías una hoja para sucio y dibujabas la táctica allí mismo para considerable cabreo y desconcierto del compañero de al lado, que pretendía copiarte el examen y sólo veía once círculos y varias flechas pintados sobre un rectángulo.

Luego, la cosa ha evolucionado tanto que hasta ha cambiado de nombre. Football Manager, se llama ahora. Por el camino, los textos pasaron a un nivel secundario y en el campo veías 22 fichas que se movían en función de las instrucciones que hubieras dado. La primera vez que Misanta me vio jugar, se quedó como unos 5 minutos mirando fíjamente la pantalla. Obligada por las evidentes circunstancias cuasimaritales, me tiene por un tío medianamente inteligente e interesantón. No le cabía en la cabeza que llevara cuatro horas viendo unos círculos moverse de un lado a otro y maldiciendo a un árbitro que sólo existía en mi cabeza.

Las fichas son ahora también cosa del pasado. Desde la edición 2009, lo que ves es un partido de verdad. Todo lo de verdad que permiten unos gráficos dignos del MatchDay al que jugaba en los tiempos del CPC. Pero eso da lo mismo. Tú sabes que es tu equipo, al que has mimado hasta el exceso. Tú sabes que tienes que repetir aquella Copa de Europa que ganaste con el Atleti contra la Roma cuando la portada era todavía Camacho. Aunque eso tenga que ser en la edición que sale en unas semanas, 30 euros, el mejor promedio pasta/horas de diversión que hayan conocido los tiempos.

De teoría andamos bien, más tarde, la práctica.

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Publicado por en 7 septiembre 2009 in Perdiendo el tiempo

 

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