No falla. Ya puedo haber visto una obra maestra (como Distrito 9, por ejemplo), que cada vez que salgo del cine me convierto en el marciano del tricornio. No sé qué me pasa, pero me entran unas ganas de ponerme a repartir hostias…
Porque sí, mucho emule y mucho anuncio de no robarás. Como si la mayoría llevarámos cámaras (con su minitrípode y su canesú) bajo la camiseta o, más idiota aún, como si el pirata inminente, cuando le dicen que grabar la peli es como guindar un coche (oh, cielos), se fuera a arrepentir de sus pecados y salir de la sala con los ojos arrasaos en lágrimas. ¡Santa Sinde! ¡Santo Teddy! ¡No soy digno!
No, todo eso puede tener su importancia en la actual crisis del cine, que empezó, más o menos, allá por los hermanos Lumière (Está demostrado: sólo los agricultores de secano -y no siempre- son más llorones más que actores, directores y demás). Lo que realmente se está cargando la industria del cine es el komando de las viejas de la fila de atrás, ¡coñoya!
Porque uno paga religiosamente sus siete eurazos (o más) de la entrada. Generalmente no es una, sino dos: catorce. Como la peli es larga, un par de coca-colas por si hace sed. Seis más (en el mejor de los casos), veinte. No se puede fumar: palomitas para no morder el asiento de delante a la hora y media. Veinticuatro. Cuatro mil pesetazas. Una detrás de otra.
Procurando no echar cuentas del número de cervezas al que equivale esa cantidad y que, de paso, no se te caiga la feria de muestras que sujetas entre las manos, pasas a la sala. Y ahí están. El komando se ha ido perfeccionando a lo largo del tiempo. Ahora, te lo puede encontrar en múltiples formas, y no todas ellas reconocibles a primera vista.
Está la versión clásica. Pareja, trío u otros grupúsculos de señoras de avanzada edad. Peluquería reciente y vestidas de domingo. Por lo general, manteniéndote lejos de cualquier cosa que tenga un tío y una tía mirándose a los ojos en el cartel, estás a salvo de ellas. Claro, que siempre están las que no van a ver la peli, sino el cine. Como espacio cerrado, de temperatura desapacible pero siempre cósmicamente opuesta a la de la calle y en el que se está sentadito cerca de dos horas. En en ese caso, ya puedes estar viendo Battle Royale que las tienes al lado. Ya te puedes ir dando por jodido. Si les gusta la peli, no habrá escena sin su comentario adicional o avance del guión. Ahora, le mata. Ahora se cae. ¡Ahora se calla de una puta vez, señora! Si no les gusta, puede ser peor: los comentarios adicionales van por libre. El tiempo, lo carísima que se ha puesto la vida y la peluquería, Maripuri, y hasta lo que mejora el madrid sin extremos serán la banda sonora que acompañará para siempre a tu drama épico iraní.
Otro clásico son los jóvenes granosos y folloneros. Ellos no van al cine. Ellos van a intentarse tirar a la nieta de Maripuri. Con 16 años esa es la única misión de una vida. Así que se la suda el personal. Palomitas, bebidas y otros géneros lo mismo son alimentos que engullir como si volvieran del desierto bíblico que armas arrojadizas según el caso. Mientras llega el momento en el que la vida les regala una hostia y Maripuri bis se pira en la moto de un fulano cinco años mayor, en su cabeza sólo cabe un axioma: a más grito, más posibilidad de revolcón. Y se aplican con ahínco, vive dios.
Hasta aquí lo que es razonablemente evitable. Si la sala no está muy llena, con un quiebro oportuno hasta puedes ver la peli con tranquilidad. Pero no son las únicas amenazas. En una lista que siempre está abierta, cada día aparecen nuevas incorporaciones dispuestas a ser ellas, y no otras, las que te jodan la película.
Hace tiempo, las parejas con ganas de roce también iban al cine. Últimas filas, magreo subsiguiente y todos tan contentos. Algunos más que otros, eso sí. Que ahora el magreo, afortunadamente, pueda producirse en cualquier entorno y situación, tiene su daño colateral. Al cine ya no se va a pillar cacho, ahora se va a demostrar amor profundo y sensibilidades a flor de piel. Y eso hay que hacerlo público. Cuanto más, mejor. Si toca plano de atardecer sobre paisaje otoñal, un ohhhhhhhhh nunca estará demás. Si a algún secundario le diagnostican una enfermedad chunga, un qué pena anunciará a la pareja (y a todo aquel en un radio de cinco butacas) que estamos ante un ser humano tierno y empático. Y siempre, siempre, siempre, aunque en la boca tengan un puñao de palomitas regadas con cocacola bebida a sonoros sorbos, el clímax de la película será acompañado de un qué bonito. El prota acaba de arrancarse el corazón para colocarlo, a manos limpias, en el pecho de la chica, que tenía soplos. Todo con mucha lágrima y música de Vangelis. Efectivamente, era emotivo hasta que tú, imbécil, me sacaste de la escena para recordarme que estaba en un cine sentadito a tu vera. Gracias, muy amable.
Si el roce se salió de madre hace tiempo, la nueva pareja, la de hoy en día, la moderna, padres y cinéfilos en la vida, también pueden darte la tarde. Porque no tienen con quién dejar a Quique, cuatro años, rubito, ojos azules, majísimo. Y como no encuentran parking para la criatura y carecen, además, de sentido común, acaban llevándose al criajo a ver la peli con ellos. Aunque sea Viernes 13, Jason-el-eterno-retorno. Y claro, el niño, como todos los niños, o se asusta, o se entusiasma o se aburre. Y tú, con tus 24 eurazos en la cabeza, te pegas dos horas aguantando gorjeos, llantos y mamáscuantoqueda. Aunque te den ganas de matarlo, el crío no tiene ninguna culpa. Pero claro, asesinar a los padres allí mismo tampoco parece buen plan: demasiados testigos y, encima, por orfandad manifiesta, acabas convertido en el responsable de callar al pequeño monstruo. Así que te jodes y, además de la peli entrecortada, te llevas para casa una dosis extra de anticonceptivo mental. El día que Rouco descubra el truco, dejará de recomendar el rosario. Palabrita.
La última modalidad, muy frecuente en pelis de ciencia ficción, es el grupo de frikis con ganas de marcha. Ellos, que se tragaron todos los señores de todos los anillos, versiones extendidas, of course, de un tirón. Como unos jabatos. No es que analicen la peli plano a plano, que está bien, sino que tienen que demostrarlo. No habrá secuencia sin acotación, sin referencia a un clásico, sin denuncia de plagio descarado de aquella peli de serie B. Tienen una rica vida interior. Prometo que un día los abro en canal con un cortauñas para encontrarla.
Una peli es eso que un señor ideó en su momento. Que pasó por guionistas, productores, actores, cámaras, maquilladores, estilistas, iluminadores, montadores y demás patulea. Decenas de personas que se han currado una historia para que yo pueda olvidar, por dos horas y por ejemplo, que el Racing es el Milán de Sacchi cuando juega contra nosotros. Eso, siempre que alguien no decida que la peluquería, su sensibilidad, las bragas de Maripuri, el niño de sus entrañas o lo que les salga de los huevos es mucho más importante.
Misanta dice que una tarde de estas salimos en los papeles. Y no le falta razón: cada vez que voy al cine acabo acordándome de Hannibal Lecter y su afición por cepillarse a la gente maleducada.
No se vayan todavía, porque la cosa sigue…
Menéalo, por el cine español y todo eso... ->