ATLÉTICO DE MADRID, 2 – SEVILLA, 2
Pues que quieren que les diga. Yo he visto un partido de fútbol. Entre disgusto y disgusto, ya ni me acuerdo de la última vez que salí del Calderón contento del espectáculo. Lo de salir feliz por un resultado es ya terreno de San Judas Tadeo, del Kun Agüero o de De Gea. Patrones todos de los imposibles.
Vale que podíamos haber ganado, que lo hemos tenido a huevo y que un Atleti grande tiene que llevarse por delante al Sevilla. Vale todo eso, que tampoco tengo ganas de discutir.Pero la realidad es la que es, tenemos lo que tenemos y varias frases recurrentes más tarde supongo que todos estaremos de acuerdo en que ahora mismo tenemos que salvarnos, aspirar a esa plaza europea de rebote que nos permite la final copera y luego, si sale con muchas barbas y Champions League, pues san Antón. Aunque tiene pinta de ser la purísima.
El caso es que nos hemos puesto a jugar, y nos ha dado por estar serios. Después de hartarnos a buscar, resulta que teníamos un centrocampista llamado Koke en el banquillo. Un tío que no lo hace nada mal y que, de paso, vuelve a cumplir ese axioma según el cual tras gastarnos una millonada en un fichaje, aparece un canterano que es doce veces mejor que él. Asenjo, De Gea, Elías, Koke… que no decaiga, pero que Pitarch se deje la cartera en casa.
El Sevilla no era nadie hasta que en uno de esos descarajes defensivos que se nos dan tan de rechupete, Negredo ha acabado empalmando un balón que era gol o balonazo trágico al portero. Se han puesto por delante a dos minutos del descanso y era casi lo mejor que nos podía pasar.
Sobre todo porque a nada de empezar la segunda parte, y coincidiendo con el vaticinio menottintiano de nos faltan cabeceadores y Koke por qué no la controlas, el chaval ha colado, obviamente de cabeza, el empate a uno. Partido nuevo y otra vez a achuchar como leones hasta que Rakitic, ese que a nosotros nos vendían a precio de oro, que no pudimos comprar y el Sevilla se llevó a precio de saldo, metió el 1-2.
Eso fue justo ocho minutos antes de que saliera Juanfran, un tipo con clase y con diez de adelanto a que Reyes controlara un balón y llegara justo al sitio donde todos sabíamos que aquello iba a ser el 2-2. Locura de partido. Todo era posible.
Tanto que, en plena efervescencia, Mateu Lahoz, el primer buen árbitro que alcanzo a recordar, pitó cesión del Sevilla. Sacó Tiago echando leches a Agüero que sólo tenía que empujarla… pero acabó tirándola a las piernas de Javi Varas. Quizá sea el fallo más tonto de un futbolista en cuya carrera, precisamente, no abundan los errores. Aquelllo nos condenó a al empate. Claro que también ayudó que nadie pitara nada en esa jugada en la que Capel cayó ante Ujfalusi cuando iba a rematar a puerta vacía.
Seguro que hay mil motivos para lamentarse, serán cosa de mañana. Cuando hayamos olvidado que hoy, pese a todo, hemos visto un gran partido de fútbol.

