LEVANTE, 2 – ATLÉTICO DE MADRID, 0
Hay cada año un par de semanas, un mes a veces, en las que mi equipo de fútbol decide que lo más razonable sería que me aficionara al curling. El Atleti llega a cada puente de diciembre con ganas de darnos disgustos. Estás más mosqueado que un atlético escuchando una pandereta. Variantes.
En el minuto 2 ya andábamos cuerpo a tierra. De Gea, que luego tendría tiempo de compensar con creces la cagada, despejó como un parvulito, la dejó franca para el centro y no pudo llegar, pese a esa palomita en grado de tentativa, al remate de Nano. Ni en sus mejores sueños, ni en nuestras peores pesadillas.
Como este tipo de tragedias ya las tenemos incorporadas al café del desayuno, pensamos que se iba a repetir la historia de Anoeta. Bueno, al menos, quisimos creer que seríamos capaces de algo parecido. Pero ni fuerzas: no hubo manera humana de acercarse al área del Levante en toda la primera parte.
Cuarenta y cinco minutos tirados a la basura es un drama que nosotros estamos convirtiendo en costumbre. Lo de tirar los otros cuarenta y cinco lo estamos poniendo de moda desde el día del Espanyol. El Levante nos siguió bailando hasta que Caicedo marcó el segundo y nos quitó a todos las ganas de fútbol.
El Atlético es, ahora mismo, un equipo muy menor. Agarrado a De Gea, que ahora resulta que era mortal, y al Kun, que para ser celeste necesita algún balón digno de ese nombre, malvive sin brújula que le marque el norte. Con Forlán jugando al escondite con su propio currículum, Domínguez desquiciadito y Assunçao fuera de órbita, Quique tiene como primera misión lograr que cuando diga “síganme los buenos” vayan detrás de al menos cuatro o cinco.
A estas alturas, sólo se me ocurre una cosa peor que ser del Atleti: tener un vuelo previsto para este fin de semana. Y al menos, eso último, se puede resolver por la vía militar.

