ATLÉTICO DE MADRID, 2 – ESPANYOL, 3
Somos un equipo llamado a los imposibles. A levantar copas recién escapados de la tumba. A retener contra viento y marea a uno de los cinco futbolistas más luminosos de la última década. A llevarnos un calentón inconmesurable a dos grados bajo cero. Para eso último hemos tenido ayuda de mucha gente. La de todo el Espanyol y la de Teixeria Vitienes, cántabro.
20 minutos estuvimos decidiendo quién tenía menos que perder. Si ellos o nosotros. Con una alegría digna de mejor temperatura, los dos equipos se tiraron al ataque. Nuestra primera falta tonta, devino drama. No por el tiro, que no iba a ningún sitio, sino porque pegó en la barrera. En una parte de la barrera, esa que eran los dos brazos de Reyes juntos, sobre el pecho, entre protegiéndose y rezando el jesusito de mi vida. Ciento cincuenta jugadas iguales hay así cada semana. Ninguna acaba en penalti. Pero eso es porque nunca pillan cerca a Teixeira.
Instalados ese punto exacto en el que el cabreo está al borde de convertirse en incredulidad, vimos a Luis García meternos el primero. El Espanyol se relajó un puntito y entonces supimos que el bocata nos lo íbamos a comer empatados. De lo que no teníamos ni idea es de que fuera a costar tanto. No sólo es que tuviéramos que esperar 25 minutos de asedio sino que, ya en faena, el gol sólo vino después de un catálogo de remates: sacó Reyes el córner y de cabeza lo intentó Tiago. Paró Kameni. A medio metro de la raya, Godín pegó un zapatazo. Volvió a parar Kameni. Le cayó otra vez a Tiago y esta vez marcó con un trallazo suficiente para meter en la portería la pelota, el portero y todo aquello que se le pusiera por delante. Fue lo último de una primera parte que nos dejó las engañosas sensaciones de que ganaríamos el partido y de que el penalti había sido un accidente.
Ni diez minutos de la segunda parte tardamos en darnos cuenta del error. Osvaldo corrío un balón largo con Perea, una empresa destinada al fracaso. Pero el colombiano, un hombre destinado a darnos estos disgustos, perdió la posición. El delantero le empujó un poco, el cántabro se hizo el sueco, de Gea falló en el primer remate y Verdú puso a todo su equipo a echar cuentas. Como ese funcionario que hay en cada adminstración que entre bajas y libranzas descansa más que curra, al Espanyol de Pochettino le iban a sobrar dos moscosos a poco que se aplicara.
Y se aplicó. Ante la pasividad absoluta del árbitro se aplicó. Si Teixiera hubiera pitado el Ajax-Madrid, Sergio Ramos está todavía haciendo paradiñas en el Amsterdam Arena.
Poquito que nos hace falta para desquiciarnos, con el Espanyol dando estopa y perdiendo tiempo a partes iguales, el partido se nos iba cañería abajo hasta que apareció Forlán en un destello. Su fantástico pase lo aprovechó el Kun, sólo ante Kameni, para engañar con el cuerpo y rematar rasa y seca al palo contrario.
Dos a dos y durante doce minutos se volvió a jugar al fútbol. Más nosotros que ellos. Con Teixeria molestando todo lo posible en cada jugada, parando contraataques (nuestros), pitando fueras de juegos inexistentes (nuestros), repartiendo amarillas a diestro y siniestro. Haciéndonos ese tipo de cosas que jamás le harían en casa a algunos equipos. Incluso a esos que juegan los lunes.
Y entonces marcó Osvaldo. Nuestra defensa le dejó adelantarse, cazó un centro y metió un golazo estupendo. Nada que reprochar. Salvo que ahí sí que sí, su equipo nos robó un cuarto de hora de partido. Cada entrada, cada falta, cada caída españolista iba encaminada a perder el máximo tiempo posible. El calentón de la grada era inversamente proporcional a la temperatura ambiente: estábamos a puntito de ebullición.
En medio de este ambiente, Godín le pega una tarascada a Javi López, que cae entre la zona técnica de Quique y la línea de banda. López, escrupuloso con el planteamiento de su equipo, se retuerce en el suelo de dolor. Pero está fuera, no dentro. Un detalle que convertía en inútil tanto aspaviento. Ahí llega Luis García, un tipo al que la UEFA está tardando en darle la medalla de oro al juego limpio, para decirle que se corra un poquito hacia el campo, lo justo para que puedan perderse un par de minutos más con el paripé de la camilla, el masajista y el ay doctor me duele aquí. Quique que lo escucha y se acerca a mentarle ancestros al tal García este, Agüero que aparece con las mismas intenciones y una patada absolutamente fuera de lugar y ahí se lía el bochinche.
Jugada perfecta para el Espanyol: Quique a la calle, y el reloj marcando las horas como si los Panchos no hubieran cantado nunca. Se acabó el partido y aún tuvo tiempo nuestro entrenador de ir a por Luis García sin ánimo aparente de invitarlo a unas cañas. Medio mundo tuvo que meterse por medio para evitar algún guantazo. Feo lo de Quique y feo lo de Agüero. Dicen que Luis García se había reido del Atleti. Lo llevaban haciendo a medias el Espanyol y el árbitro todo el partido. Sólo nos queda el consuelo de que queda mucha temporada y que no sería la primera vez que reiríamos los últimos.



