ATLÉTICO DE MADRID, 1 – BARCELONA, 2
Es injusto que tras el partido que cada año esperamos con más ganas, lo del otro es más bien resignación, de lo único que hablemos es de un tobillo ajeno. Injusto porque Messi no se merecía esa entrada. Es cierto. Si el otro día a Gurpegui le cayó la que le cayó por pegarle a un artista, el único motivo que veo para que no le pase lo mismo a Ujfa es que es de los nuestros. Y no es un motivo válido. En un ratito pasamos por todos los estados de ánimo posibles: primero la indignación porque, palabrita, desde mi asiento pareció que Ujfa tocaba balón. Luego el pánico: adivinando desde tan lejos aquel tobillo, temimos un año sin Messi, que aunque juege para otros da gusto verlo. Al final, sólo cierto alivio al saber que son 15 días, más o menos.
Durante los 92 minutos anteriores estuvimos un escalón por debajo del Barça. Un escalón alto, no se vayan a pensar. Sólo cinco minutos, los primeros, el Atlético de Madrid dio la sensación de repetir la historia de todos los años. La presión fue perfecta hasta que el Barcelona descubrió que por la derecha tenía una autopista: Domínguez, lateral izquierdo titular porque Luis Filipe sigue sin estar y Antonio López cada vez está para menos, no era capaz de parar a Alves. Y por ahí nos desangramos, el Barça tomó el control y después de que Villa mandara al palo un uno contra uno, que contra De Gea es un uno contra el mundo, Messi no perdonó.
No jugábamos como para empatar, pero empatamos. En un córner. Raúl García, que a esas alturas llevaba unas cinco pérdidas de balón entre desesperantes y trágicas, remató de cabeza y aquello volvía a igualarse. Durante diez minutos creímos que todo era posible: lo que tardó Piqué en recoger un balón en el segundo palo ese por el que se nos escapan las cosas y meter el 1-2.
A partir de ahí todos tuvimos claro que no había nada que hacer: con Agüero a medio gas y Forlán desaparecido, que empatáramos era un milagro que no estaba de producirse. Que no nos llevásemos un saco de goles sólo estaba en manos de ese patrón de los imposibles que ha comenzado a ser David De Gea. Las paró todas, incluso un mano a mano a Messi en la segunda parte que sonó a aquí empieza la leyenda.
El Barça abusaba de juego, pero no de goles, lo que dejaba la puerta abierta a un zarpazo que injustamente empatara el partido. Pudo haberse producido si Fernández Borbalán, que pitó mal, mal, pero muy mal, hubiera visto penalti en un sospechoso despeje de Maxwell o en un evidente empujón a Ujfalusi cuando llegaba a la línea de fondo convertido en ese extremo derecho que se olvidaría de ser diez minutos más tarde.
Nada de eso ocurrió y cuando el asunto se puso bronco, Borbalán no pudo pararlo, Ujfalusi apuntó al balón con saña pero encontró pierna, Messi acabó por el suelo y, este año no hemos salido sonriendo del partido más bonito de la Liga.

