No tengo un sólo argumento racional para defenderlo. Así que todo lo que lean a continuación quizá me salga un poco más de las tripas que de costumbre. Pero, oigan, el rollito este de prohibir los toros me parece una soberana gilipollez. Sobre todo, con la que lleva cayendo en este mundo de dios (alguno) desde que Caín se fumigó a Abel por una frusilería.
En Cataluña se está discutiendo muy parlamentariamente hoy si se prohiben los toros, las corridas, se entiende, porque cuernos seguirá habiendo en cualquier sitio al que mires. Lo que básicamente se discute es si se prohiben en la Monumental de Barcelona, porque en el resto de territorio catalán (salvo algunas excepción que se me escapa y me da pereza mirar) ya no hay toros por falta de clientela.
A las corridas les queda un telediario porque pertenecen al pasado y los tiros hace décadas que van por otro sitio. A lo mejor hubiera sido más efectivo dejar que se extingan por sí mismas. Hay dos tipos de amores de verano: los que se agotan por inanición en septiembre y cuando llega febrero ya no te acuerdas de su nombre y los que acaban con tu padre devolviéndote a Madrid a 15 de agosto porque tu churri veraniego es un golfo que no te va a traer nada bueno. Al macarra, lo acabarás echando de menos toda la vida. Como la chorradita, leáse (ILP) les salga mal, el año que viene en la plaza de Barcelona no habrá billetes ni para las becerradas nocturnas.
Escolar da unos cuantos argumentos anti-taurinos la mayoría de ellos bastante razonables. Efectivamente, todas las tradiciones son discutibles, el toro sufre una barbaridad y los abolicionistas ni son todos independentistas de su pueblo, ni catalanes ni perroflautas de jardín. Es más, yo le añado a estas razones que no he conocido mundo más mafioso que el taurino. Y lo conozco con cierta solvencia. Si en política se cargan a un alcalde por quítame allá esa recalificación, en la cosa de los cuernos a uno le pueden quemar los caballos para quitarlo de los carteles por la vía rápida. Aunque luego resulte que los sicarios eran de una subcontrata chunga y se equivocaron de camión.
Lo que no acaba de ser cierto es que el toro de lidia tuviera mucha vida más allá de las corridas. Es un bicho caro y con una ruinosa relación coste de mantenimiento/producción de carne. Se prohíbe la cosa y en dos años quedan ocho ejemplares en un par de zoos. Lo que, teniendo en cuenta que es una especie “artificial” tampoco es tan grave. Eso sí, luego no vengamos con pancartas salvemos a pobre toro de la extinción.
No sé si será una pelea de igual a igual, lo que sí sé es que servidora no se encierra con un bicho de 600 kilos y cuernos en una plaza ni hartito de jumilla. Quienes hablan de marcadores y demás me da la sensación que no han visto una corrida de toros (de las de verdad, no esas jaurías humanas que persiguen a un bicho) en su vida. El asunto está mucho más reglado de lo que puedan imaginar y sí, prácticamente todo el tiempo es uno-para-uno. Vale que el uno humano tiene un trapo en las manos. Enorme arma, vive (más o menos dios.
Claro que espero de corazón que todos los furibundos opositores a la cosa sean estrictamente vegetarianos. Porque ahí Escolar dice una mentira dentro de otra mentira. Se matan terneros, cerdos, pollos y conejos. Y se matan (cuando quieran se dan una vuelta por el campo, que esa cosa donde no hay asfalto) sin demasiados miramientos al sufrimiento animal. Salvo cargárselos a base de canciones de Perales (que eso sí que está penado por La Haya) los bichos sufren de todo antes de llegar a la bandeja de porexpan del súper.
No les vaya a pasar como en cierto campo de trabajo veraniego en el que me puso la vida hace años: en 15 días, comimos conejo dos veces. La primera vez, recién llegados, cada uno su ración. Todo cristo rebañando. La segunda, un par de días después de pasar por las jaulas y comprobar con asombro de muchos que antes de comérselo, había que cumplimentar un leve trámite: matar al animalico. El conejo seguía estando de puta madre, pero unos cuantos pudimos repetir hasta cansarnos.
Reconozco que una corrida de toros puede ser la cosa más aburrida del mundo. Para ver un ratito de arte (si me discuten el término dígame como se llama a bailar con un pablorromero sin que te lleve por delante) te tienes que tragar unos coñazos siderales. Ni siquiera protestaré demasiado si la cosa catalana sigue adelante y se acaba extendiendo hasta Tarifa. Pero no me vengan con milongas 2.0 y qué fachas, qué rancios y qué analfabetos que son ustedes porque se me ocurren así, sin pensar demasiado, una decena de tipos rojeras y brillantes que siguen pirrándose por una barrera de sombra. Algunos, incluso, hasta tienen blog (bueno, dos).
Mientras la cosa se acaba de prohibir o no, déjenme seguir buscando esos diez segundos de inspiración que a uno le emocionan sin saber explicar demasiado bin por qué. Tengan la bondad.
ACTUALIZACIÓN 10:55: Se ha votado a favor de debatir el asunto (lo cual me parece cojonudo, debatir siempre es bueno) por escaso margen. La cosa disparadita en menéame, un buen termómetro.
Menéalo con el capote ->


