Termino, creo, con el catálogo de estupideces habituales que hicimos al ritmo de Extremoduro (que siguen molando un puñao y a las pruebas me remito). Aquello fue una protesta de las de verdad. El caso es que no me acuerdo del porqué. No sé si tocaba LOU, una nueva reforma del plan de estudios de la facultad (no hay dos periodistas de la Complu que hayan cursado lo mismo) o que las sillas acababan de ser ancladas al suelo en plan McDonalds y eso jodía el mus cosa mala.
El caso es que queríamos hacer mucho ruido y la asamblea que estaba de guardia convocó un encierro en la Facultad. Protesta radikal contra el sistema que nos oprimía. Y allí que nos fuimos, no sólo a dejar patente nuestra disconformidad con todo en general, sino también a ver si nos comíamos algo. Que la cosa estaba tan mala como siempre y el rollo idealista-luchador-contra-las-injusticias-del-mundo tenía un público muy agradecido.
Alguna manta, barajita de cartas y el escaso hachís que nos quedaba en los bolsillos eran todos nuestros pertrechos para tomar la Bastilla. Todavía no se me ha cerrado la boca desde que vi que la Bastilla no sólo no estaba cerrada, sino que casi tenía carteles de pasen sin llamar, jóvenes-revolucionarios. Aquel decano contra el que dirigíamos nuestra encendida protesta había tenido la gentileza de dedicar un turno de bedeles a nuestra intempestiva noche de protesta. Es más, tras unas (supongo) duras negociaciones con el comisionado del comité asambleariamente asambleado de la cosa, el minicine, que desconozco si sigue por allí, estaba abierto y dispuesto para nuestras concienciadas proyecciones. Vamos, que el asalto al poder establecido se estaba quedando en una visita al parque Warner.
Pero siempre hay una mano amiga y un informativo escaso de temas. Así que cuando empezamos a aburrirnos de la pocha, aparecieron en la puerta un cámara y una redactora de Telecico, creo. Cojonudo, pensé en mi bendita inocencia. Mañana, aunque sea en unas tristes colas, España entera sabrá de nuestra justa protesta. Aparte de las cartas y del improbable ligue, igual esto que estamos haciendo aquí hasta sirve para algo.
Me equivocaba, claro. Ignoraba la capacidad para caer en el absurdo de este tipo de cosas. En vista de que nuestras reivindicaciones podían llegar a un par de millones de personas, hubo convocatoria urgente de la tercera asamblea de la noche. Y ahí empezamos a hacernos la picha un lío. No nos juntamos para consensuar unas respuestas que más o menos recogieran la opinión mayoritaria, no. La urgencia de la convocatoria era para votar si dejábamos pasar al equipo de la tele. Porque los medios manipulan mucho y no estábamos seguros de que el pérfido capital de las empresas de comunicación fuera a trasladar correctamente nuestro mensaje. Eso entre aprendices de periodistas, no se lo pierdan.
Tras un arduo debate encabezado por gente que, digo yo, pensaría ganarse la vida en cualquier cosa ajena a aquello para lo que aparentaba estudiar, la votación estaba a punto de caramelo. Pero ahí una compañera levantó la mano cargadita de razón: en esa asamblea no estábamos todos los encerrados, así que antes habría que dilucidar si la decisión que se tomara era vinculante.
En efecto, lo han entendido: antes de la votación, habría que votar si era válido el resultado de nuestro voto. Marx, pero Groucho, hubiera estado orgullosito de nosotros. A todo aquello se le estaba poniendo una cara de surrealismo que tiraba de espaldas.
Mientras debatíamos con ardor (guerrero) si los ángeles tienen pilila, aquel cámara y aquella reportera (la encarnación de aquello para lo que estudiábamos, más o menos) se hartaron de tanta tontería, recogieron el portante y se marcharon.
Acabábamos de convertir una jornada de protesta que podría haber tenido su repercusión en un paripé inútil. Pero aquello no fue una oportunidad perdida, no. Realmente lo que habíamos hecho era demostrar que a nosotros, el capital no nos compra con medio minuto de tele. Orgullosos de ser el árbol que cae en mitad del bosque, les habíamos dado una lección a esos esclavos del sistema.
- ¿Oiga, pero no nos habíamos juntado para hacer presión y cambiar lo que hiciera falta cambiar en aquel momento?
- Se confunde, caballero, realmente el encierro tenía como objetivo demostrarnos a nosotros mismos nuestra superioridad moral.
- ¿Perdone que insista, pero a eso no se le llama masturbación mental y es un tanto inoperante?
- No me hable, no me hable, que esos sucios burgueses de la Junta de Extremadura también planean arrebatar al pueblo las proletarias pajas.
Menéalo, aunque sea mentalmente ->


