ATLÉTICO DE MADRID, 2 – REAL MADRID, 3
Soy del Atleti por 20 minutos de locura inútil. Hasta ese momento, la historia había sido la de siempre: la de nunca acabar. Gol en los primeros minutos, como Raúl estaba en el banquillo, el cumbayá brasileño tomó su papel. Al rato, Marcelo metió el segundo ante las manitas sensibles de Asenjo. Dos y el cuento se había acabado.
El resto, hasta cerca del minuto 70 fue un in crescendo de impotencia y frustración que contra el Málaga te cabrea, pero contra el Madrid te sume en la más profunda de las depresiones. Casillas en plan Casillas, parándolo todo. Y Perea en plan Perea: regalándole el balón a Higuaín para que el muchacho marcara el tercero. Que no era plan de dejarlo sin su golito habitual contra nosotros.
En medio, un quiero y no puedo de todos, especialmente de Forlán. Lo de este chico ha pasado de la fase psicológica a la psiquiátrica. Ya no es que intente tirar a puerta cualquier cosa redonda que pulule por el campo, no. Ahora resulta que falla todo aquello que el año pasado no le hacía ni despeinarse. Hasta ese minuto en el que fuimos grandes, parecía haberse pasado al enemigo.
Pero llegó ese minuto en el que todos los que ya se habían ido del Calderón maldijeron su suerte. Agüero volvió a liarla por su cuenta y riesgo. Dicen que anda tocado, hasta hundido le ponía yo de titular. Se fue de todos menos de Sergio Ramos, que le pegó una de esas patadas de gran jugador y mejor persona que le han hecho famoso. Clos Gómez, un hombre que si no tenía instrucciones de favorecer al Madrid lo disimuló bastante bien en cada pequeña duda, no tuvo más remedio que expulsarlo.
Ahí llegó la tromba. Dos minutos más tarde, Ujfalusi, mejor extremo derecho el sábado que Reyes y Maxi juntos fue lo suficientemente listo como para no tirar un balón que recibió en el extremo del área. Entraba Forlán y le puso el balón exacto para que metiera el 1-3. Y todos empezamos a soñar.
Tanto soñamos que el Atleti no jugaba según Quique, jugaba según Vicente Calderón. A saco. Agüero se fue otra vez de todos para poner el 2-3 y el rugido dejó temblando a la Cibeles. El Madrid podía ser el Escalerillas y nosotros el Milán de Sacchi. Tiramos todo, atacamos todo. Como si nos fuera la vida en ello. Tanto, que Agüero tuvo en el 91 el gol del empate. Pero Casillas le recordó a Asenjo quién es cada uno y sacó un balón imposible.
Dice un amigo que el Atleti se está desnaturalizando: en otras circunstancias, esto hubiera sido remontada segura. No sé. Yo más bien creo que está en nuestra naturaleza hacer el tonto, despertar, pelear hasta el último suspiro y acabar muriendo con las botas puestas.
[...] lugar ni para ser el pupas. ¡Seis a cero, gensanta! ¡Qué barbaridad! Y todo después de la jarana del Calderón, que me ha tenido cuatro días en el dique seco y de la que nada más esbozaré la siguiente [...]