El 95% de quienes hablan de educación (y legislan sobre ella) sabe lo que es una clase de primaria porque la ha visto en el cine. Estadística que me acabo de inventar, pero me viene muy bien para este caso y, además, no creo que ande muy desencaminada. Hace años, con aquella fantástica estrategia publicitaria de ¡el CAP se acaba! ¡o ahora o nunca! me dio por convertirme en profesor improbable de Lengua y Literatura. Ya saben, esa salida que todos los periodistas soñamos cuando estamos hasta las pelotas del curro, o de no tenerlo, y que nunca jamás tomaremos.
La patochada duró unos meses. Había que hacer un trabajo, justificar unas prácticas y enfrentarse a un examen. Lo aprobé con cierta nota, sin saber en qué tipo de letra estaban escritos los libros. ¿Un milagro? No, para sacar adelante la prueba no hacía falta tanta mandanga. Sólo adaptar a cada pregunta el axioma:
El niño es bueno, un santo por naturaleza, es la puta sociedad la que lo corrompe y la escuela sólo tiene que servir para que fluyan libremente sus instintos. Todo lo demás, caca”
Hay un tal Paulo Freire que lo tiene desarrolladísimo, oiga.
Y por ahí parece que van los tiros de cada reforma educativa en este país. Como aquí cada uno se agarra al palo que queda libre, la izquierda se ha abonado al buenismo infantil, entre otras cosas, porque parece que la derecha ha tirado por el lado contrario. Comparto todas las precauciones de quienes pueden identificar la autoridad del profesor con eso tan rancio del curita sádico dando reglazos en las palmas de las manos. Con una represión absurda, vaya.
Igual es muy poco progre esto que voy a decir, pero lo mismo que esperaría en la puerta, diez años y algún gimnasio de por medio, al rijoso sacerdote que pegaba por no saberse los ríos de España, invitaría a varias copas al maestro que me soltó un capón el día en que iniciaba una infructuosa carrera delictiva cosiendo a escupitajos a algún gafapasta incipiente. De lo primero tengo testimonios indirectos, de lo segundo he sido testigo más de una vez.
Un niño, salvo para la creciente APE (Asociación de Padres Estúpidos), es un cabroncete que te la lía apenas tiene oportunidad. Es su naturaleza. Ha sido nuestra naturaleza y que levante el dedito el que nunca haya montado alguna gorda en clase.
Pero un niño, también, es un diamante en bruto al que enseñarle puede resultar lo más gratificante del mundo. Un niño tiene que jugar con sus compañeros, hacer excusiones, pintar monas y divertirse. Aprender a vivir en sociedad, que es eso que ahora parece el centro del universo y a mi generación (ni les cuento las anteriores) parece que le venía de serie.
Lo que no viene de serie es la lectura, ni las matemáticas, ni saber qué es el norte y el sur. Ahora, un eficiente equipo de desertores de la tiza nos cuenta que eso hay que dejarlo para los mayores. Que de pequeños, el corro de la patata ya es un esfuerzo intelectual que puede poner al límite las tiernas mentes de los angelitos. Dicha la gilipollez, siempre habrá un coro suficiente de bobalicones bienpensantes que ordenará el reportaje. Un poco de literatura al asunto y tenemos a la pobre Sara, que ha perdido la primavera.
A los cinco años, gran parte de mi clase de parvulitos sumaba con eficacia y daba el correspondiente coñazo intentando descifrar cada señal que se encontraba por la calle. Eso no nos ha convertido en monstruos. Lo verdaderamente monstruoso es que Sara y sus amigos no sepan leer ni su nombre pero tengan una Nintendo DS esperándoles en casa.
Menéalo, total... ->



Remache
30 octubre 2009 at 21:18
Dice el autor de una manera muy optimista que el 95% de los que legislan en educación no conocen lo que es una clase, dando el beneficio de la duda al 5% restante, demasidado benévolo, yo me atrevería a decir que es el 100%. Los unos, porque como decía algún académico, ni siquiera han pasado por las aulas en su más tierna infancia, y ya les pilla mayorcitos y apalancados en la poltrona de los próceres de la patria, (lo mismo da decir de las CCAA) y les falta perspectiva comparativa, lo que es lo mismo que decir que son analfabetos funcionales al servicio de la educación; otros por ser “desertores de la tiza” aunque ahora aboguen encarecidamente por una pizarra digital y un portatil para sustituir al buen maestro; así matemáticas no sabrán pero podrán manejar perfectamente el mensenger, twiter, facebook y la biblia en verso para hacer escarnio de su compi de pupitre, del docente de turno, o para ser víctimas de cualquier pederasta suelto por la red.
Acierta al afirmar que estamos instalados .en el ..ismo más acentuado, léase. en un caso “buenismo”, aplicado al cabroncete o cabrón, con toda la barba, capaz de no pegar chapa ni el recreo, de vejar a sus compañeras y compañeros, normalmente menores que él y en manada y sabiendo perfectamente cuales son sus derechos como menor. Por eso, como apunta el autor, quizás una “hostia pedagógica”, del señor cura maestro o de cualquier maestro laico, ya sea cristiano, hebreo o musulman de la predicada alianza global, no estaría mal, dada a tiempo y con la consiguiente justificación didáctica. Chiquilladas diría el partidario del otro ismo, el amiguismo, prácticado entre adolescentes de diez, once, doce…. “educados” en muchos casos por adolescentes de …y tantos… ; puro coleguismo intergeneracional. Y la última ¿qué?. Ahora se trata de adornar como consulta pública el alargar la enseñanza obligatoria hasta los dieciocho años; acaso no se han enterado todavía que ya hay en muchos institutos “zanganos” apalancados con más edad que el palo de la bandera, (sólo el palo, para no ofender sensibilidades autonómicas). Ah, antes de terminar, amigo del “rato tonto” no hay un solo profesor en este país que confunda su hipotética autoridad, capidisminuida gracias a un sistema desquiciado, con el derecho y la justicia que asiste al alumno siempre.
Muchas felicidades por “el rato tonto”, que nos han hecho pasar.
Antonio
31 octubre 2009 at 0:05
Estoy totalmente de acuerdo con “El buenismo bobalicón” y quisiera añadir algo más. Tenemos la “suerte” en este país de que el que no tiene ni puta idea del invento es el que dicta normas, leyes y demás cumplimientos para el colectivo que sabe con los bueyes que ara y que, por supuesto, no cuenta con él. ¿Qué saben los de arriba de los problemas que tenemos los de abajo? ¿Qué idea tienen estos iluminados de los problemas que hay diariamente en las clases? ¿Quiénes son ellos, parapetados tras un taco de folios para escribir gilipolleces que luego intentan que tú las cumplas? Venga usted aquí, bájese al albero, y cuando haya dado unos buenos capotazos, nos sentamos y hablamos. Porque el que más y el que menos lleva toreando por delantales, afarolaos, chicuelinas, manoletinas, naturales y de pecho desde hace treinta y cuatro años, para que ahora vengan cuatro gilipollas con sus milongas cascabeleras a decirte lo que tienes que hacer y cómo hay que tratar al niño.
Señores míos: Distingamos entre educación y enseñanza. La educación se recibe en casa; la enseñanza en los centros. Y no busquemos milagros.
Y lo que faltaba ya era la Justicia -que es como mi jaca: torda y cascabelera- arremetiendo contra el enseñante por “malos tratos” no en lo físico -dios nos libre- sino en lo verbal: no se te vaya a ocurrir decirle al alumno “idiota” que apañao vas. Ahora bien, el alumno puede ciscarse en tus antepasados más inmediatos que no pasa nada.
En fin, esto es lo que tenemos y mientras sigan estos dictámenes extraordinarios de estos celestiales señores, que nunca bajaron a los espacios infernales, así seguiremos y así nos seguiirá lucienco el pelo.