Un juzgado de Sevilla ha imputado a la reportera barcelonesa Samanta Villar, de 33 años, como presunta cómplice del robo de unos hierros mientras realizaba un reportaje con chabolistas para el programa 21 días, de Cuatro.
Tenía que pasar. Cuando convertimos la realidad en un reality, lo normal es que la realidad se defienda a hostia limpia. Me alegro. A mí me enseñaron que mi oficio era ir, ver, preguntar y contar lo que pasaba. Dar carnaza al personal era cosa de otros.
Ni grandes hermanos ni pequeñas leches, probablemente 21 días sea el producto más abyecto que ha parido la tele en este país. Y no será por falta de competencia. El concepto pervierte todo aquello para lo que se supone que vale un trabajo al que muchos damos nuestro esfuerzo, nuestra tiempo, nuestra vida. Algunos, literalmente.
La cosa no consiste en enseñar qué ocurre. No digo ya denunciar algo de manera digna, me conformaría con que lo enseñaran. El invento va de que la tal Samanta Villar (podía haber sido cualquier otro con tanta ambición como pocos escrúpulos) se disfraza durante tres semanas de algo. Cuanto más lumpen, mejor.
Hablar en serio del drama de la anorexia, del mayor o menor peligro de las drogas, de la miseria o de cualquier otro tema “que venda” (¿verdad, Samanta? ¿cuántas veces has escuchado esa frase?) es algo pasado de moda. Para esos carrozas que casi escriben en Olivetti. Lo que se lleva, lo guay del paraguay es disfrazarse de anoréxica, de fumeta o de indigente según convenga. Tres semanas. Luego, a casita, a recuperar una vida normal y decirle a las amigas, jo tía, mi curro es superfuerte.
Con eso conseguimos dos cosas: camuflamos de investigación un producto que no es más que puro morbo y, de paso, como daño colateral, que tampoco importa tanto, banalizamos problemas que realmente son importantes.
Es tramposo, muy tramposo decir que aquí, la estrella televisiva, se ha convertido en una mendiga o en una bulímica durante tres semanas. Precisamente, el verdadero problema de todo aquello de lo que trata ese programa es que no hay un plazo. Lo peor de vivir en la calle no es pasar frío un rato, es pensar que nunca vas a salir de ella.
Así que miren por donde me han alegrado la noche. A ver si el juzgado de instrucción número 7 de Sevilla se toma en serio la cosa y no sólo se lleva por delante a Samanta, sino que le da por investigar un poco (no quiero dar pistas) y charla un ratillo con los creadores del engendro. Con un poco de suerte, toda la ética periodística que no aprendieron en la Facultad se la va a acabar enseñando un juez.



Antonio
22 septiembre 2009 at 12:26
Ciertamente es indignante que se juegue a pasar por papeles que conllevan mucho sufrimiento en la vida real y que aquí, una vez pasada la representación, volvemos a ser lo que éramos. Los protagonistas reales no pueden. Y, por si fuera poco, vendérselo, como si fuera el último descubrimiento, a un público casi idiotizado por las porquerías televisivas, que no distingue un buen programa de estos bodrios.
Si quieren hacer teatro que estudian Arte Dramático.
rubio
22 septiembre 2009 at 16:22
Samanta Villar es al periodismo lo que la música militar a la música. Excepto Russian red que ni es música ni es ná.
Tecnólogo
22 septiembre 2009 at 17:06
Estoy completamente de acuerdo contigo. Como ejemplo, lo que hizo con los porros. Un fumador de hachís o marihuana hace otras cosas aparte de fumar, por lo cual su vida no gira en torno a fumar. Es como cualquier exceso: probablemente si hubiese estado 21 días tomando alcohol, aparte de haber acabado cirrósica, habría sido igual de irreal ya que el bebedor (que no el alcohólico) no se pasa el día bebiendo.
Es también tan irreal, como decía un compañero, como el documental de Supersize me (aunque con ese estoy de acuerdo en el punto en que critica a algunos norteamericanos que básicamente se alimentan de eso)
Puestos a ponernos extremistas, yo le propondría a la señorita Villar un 21 días follando, un 21 días haciendo la calle, o un 21 días comiendo mierda. Aunque mejor no darles ideas.
pd: por cierto, también es cierto lo que dice rubio.