Una de las pocas consecuencias de la crisis que no hay que buscar, que te la encuentras de frente, está en las paradas de metro y va de uniforme. Hasta hace tres o cuatro años, con sus excepciones, que de todo habrá en la viña del señor, te encontrabas dos tipos de guardias de seguridad: el señor con aspecto de policía retirado (uno siempre imaginó que por turbias razones) y el joven que siempre soñó con estar en condiciones de ser expulsado del cuerpo.
El primero, indefectiblemente, tenía bigote. El diámetro del cuello del segundo era bastante superior al de una cintura estándar. Si uno parecía haberse pegado la vida pasándose de listo, para el otro, 2+2 era una ecuación de segundo grado. ¿No hay dos doses? Pues eso, de segundo grado.
Pero han cambiado los tiempos. Ahora, no saltas el torniquete porque eres una buena persona, no porque temas ninguna represalia de ese señor al que el uniforme le queda como a cristo dos pistolas. Él, que toda la vida fue empleado de banca, pasante de abogados, ingeniero técnico industrial. Él, que tiene gafas y las manitas sin un roce, es el responsable de velar por la seguridad de la estación.
Claro que siempre quedan securatas y porteros pata negra. Como el del otro día. El que nos encontramos en un garito de Lavapiés. Lavapiés tiene guardia de seguridad en las puertas. Chicos, esto se acaba.
Al buen señor, no le llamó la atención que fuéramos en chanclas, pantalones cortos y demás aspectos por los que esos bares que se creen un club de campo impiden la entrada. Aquí, al amigo, lo único que le pareció motivo de vetar el acceso a uno de nosotros es que llevaba puesta una camiseta del Atleti. Y el problema no era la camiseta: si no tuviera el escudo, me daba lo mismo, dijo.
Hacía años que no me encontraba una situación así. Generalmente, no me gusta dejarme la pasta en garitos en los que no me dejan entrar. Será por bares en Madrid. Pero éramos un grupo numeroso y todos estaban dentro salvo el atlético. Así que intentamos negociar.
El argumento del fulano nos dejó absolutamente descolocados. Tirar un muro a cabezazos sólo está al alcance de unos pocos privilegiados. Y nosotros no somos de esos. El amigo se quitó un piojo, lo miró con curiosidad, gñeee, se lo comió y tras masticarlo con fruición señaló con los nudillos un cartel de la entrada acompañado de otro gruñido:
Está prohibido introducir símbolos u otras señales con mensajes que inciten a la violencia. Tócate los huevos, mariloli.
Pero si, como está el percal, a lo único que incita una camiseta del Atleti es a darnos un achuchón. No hubo manera, no lo sacamos de sus trece. Temía que dentro de la sala hubiera un grupo de ultra-sur de incógnito (dado que con la camista del madrid, en buena lógica, no podrían haber entrado) y que al ver nuestro derroche atlético se lanzaran sobre nosotros. Luego él tendría que ir a separarnos.
Así lo dijo. Y se comió otro piojo. Evidentemente acabamos huyendo de aquel lugar. Eso sí, con la misma sensación que cuando a una violada le dicen que claro, con esa minifalda, es que ibas provocando.
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A uno de los piojos lo vi de madrugada cabizbajo y arrastrando hasta su casa una bufanda del Rayo Vallecano. Lavapiés… ¿distrito 9?