Mucho antes de que asediar Roma fuera importante, otro objetivo nos acompañó a buena parte de nosotros: la Copa de Europa. Se llamaba PcFútbol, el viajero que quiso enseñarme a besar… que me desvío. Se llamaba PcFútbol y vino a cumplir uno de nuestros sueños más húmedos en una lista en la que Pamela Anderson arrasaba sin despeinarse (bueno, un poco sí, Tommy y yo sabemos de qué hablamos). ¡Podíamos dirigir a nuestro equipo! Hacer los fichajes soñados, ponerlos en el campo. Ya que nuestra pierna izquierda era la mala y la derecha sólo nos servía para apoyar… llegaba el momento de demostrar que aunque éramos unos patanes, la teoría no tenía secretos para nosotros.
Aquello fue la locura. Dado que el sistema de protección consistía en un cuadrante con los escudos de la liga que había que meter en plan F5, hundido, con una fotocopiadora y 20 pesetas eras el rey del mambo. Seguridad anti-copia iberian style.
Todo el mundo lo tenía, hasta el punto que organizábamos ligas, turnando las sedes entre las casas de cada cual, con la partida guardada en un disquete. Estábamos inventando el juego online, bueno el juego onbolsillo, da lo mismo. La ventaja de esa primera versión (y de casi todas las posteriores) es que era fácil reunir la pasta suficiente para traerte a cualquier estrella a tu equipo de segunda B. A todos, menos a Djalminha y Rodrigo, por entonces perlas brasileñas y que no había manera así llevaras cinco Champions con el Barça.
Con aquel juego, y aquellas facilidades, mi Badajoz fue un grande de Europa. Comandado por Ariel Ortega (que luego vimos que es más de JB que de regate corto) ganamos una Recopa. Todavía había Recopa y yo disfruté como un enano en aquella partida. A falta de una buena banda sonora, la discografía de Héroes del Silencio perdió todos sus secretos para mí. Cuando escucho (raramente) alguna de sus canciones, aún me recuerdo ratón en mano, ojos vidriosos y deseando que entrase la dichosa pelotita.
Pero PcFútbol, como un lemming cualquiera, decidió tirarse al barranco. Cada vez era más importante vender pizzas y banderitas que hacer un equipo como dios manda. Eso, además de que los bugs, en lugar de ir desapareciendo, crecían de versión en versión. Dinamic entró en barrena y hubo que olvidarse de imitar a Jesús Gil.
Hasta que una tarde, buscando un juego para alquilar con un colega, vimos uno que no sabíamos demasiado bien de qué iba. No había muchas alternativas y en la carátula aparecía Camacho (sin sudores). Lo pillamos. La decepción fue absoluta. Queríamos un juego de fútbol y encontramos una hoja de cálculo. ¿Pero esto qué coño es? Lo dejamos aparcao y nos fuimos a dar una vuelta.
Pero en una facultad como la de Periodismo, el tiempo que hay entre día antes de examen y día antes de examen (único momento en que haces algo por la vida) da para muchísimo. Tanto que, de puro aburrimiento, un día desempolvé la copia-por-si-acaso que había hecho del camachito y probé. Si lo que cuentan de la heroína es cierto, entonces esto sólo está un poco por encima en grado de adicción. Aunque existía desde hacía tiempo, básicamente en Inglaterra, el Championship Manager 01/02 fue todo un descubrimiento para mí, y me da que para la mayoría de pcfutboleros del país.
Si a primera vista el juego se hacía raro, el sistema de partidos te convertía, a ojos de cualquiera, en un marciano con atenas y todo. No había partido. Así, sin más. Bueno, en realidad lo había, pero sólo sabías que estaba pasando a través de los textos que leías en la pantalla. Unos textos en los que te iba la vida. Gritabas, te emocionabas, contenías la respiración… podías sentirlo. Tanto, que ningún juego, ni siquiera los posteriores de la saga, ha conseguido igualar esa sensación.
El Championship se convirtió en religión. Visionarios que somos, volvimos a reinventar las partidas online. Esta vez, cada uno con la suya en casa y comentándonos los avatares por teléfono. Tengo las facturas. Hubo conversaciones de más de hora y media mientras decidíamos, en pleno juego, si el medio centro debía tener flechitapabajo o no.
Porque esa es otra. El juego, a partir de ese momento empezamos a llamarlo así, a secas, te absorbe por completo. Daba igual que estuvieras en medio de un examen decisivo para sacarte la carrera. Si en ese momento se te ocurría que los laterales debían subir algo más para que el medio campo tuviera más apoyos, pedías una hoja para sucio y dibujabas la táctica allí mismo para considerable cabreo y desconcierto del compañero de al lado, que pretendía copiarte el examen y sólo veía once círculos y varias flechas pintados sobre un rectángulo.
Luego, la cosa ha evolucionado tanto que hasta ha cambiado de nombre. Football Manager, se llama ahora. Por el camino, los textos pasaron a un nivel secundario y en el campo veías 22 fichas que se movían en función de las instrucciones que hubieras dado. La primera vez que Misanta me vio jugar, se quedó como unos 5 minutos mirando fíjamente la pantalla. Obligada por las evidentes circunstancias cuasimaritales, me tiene por un tío medianamente inteligente e interesantón. No le cabía en la cabeza que llevara cuatro horas viendo unos círculos moverse de un lado a otro y maldiciendo a un árbitro que sólo existía en mi cabeza.
Las fichas son ahora también cosa del pasado. Desde la edición 2009, lo que ves es un partido de verdad. Todo lo de verdad que permiten unos gráficos dignos del MatchDay al que jugaba en los tiempos del CPC. Pero eso da lo mismo. Tú sabes que es tu equipo, al que has mimado hasta el exceso. Tú sabes que tienes que repetir aquella Copa de Europa que ganaste con el Atleti contra la Roma cuando la portada era todavía Camacho. Aunque eso tenga que ser en la edición que sale en unas semanas, 30 euros, el mejor promedio pasta/horas de diversión que hayan conocido los tiempos.
De teoría andamos bien, más tarde, la práctica.


