Y llegó el PC. El primero fue un 486 con 4 Mb de RAM y 80 MB de disco duro. Tengo en la cabeza la conversación con un chico del pueblo, el experto en ordenadores que tenía a mano. ¿Pero tú para que quieres tanto?, ¡80 MB no los vas a llenar nunca!
Con esos 80 megas aparecieron de la mano el desquicie… y los Lemmings. Otro juego simple pero sobradamente adictivo. Por alguna razón, a los 3 minutos te convencías de tú eras el elegido para salvar a los últimos ejemplares de una raza tan gilipollas que se te tiraba por un precipicio a poca oportunidad que le dieras. Ya podías comerte el tarro y ser rápido, porque si no cavabas, ponías las escaleras y bloqueabas su camino hacia el abismo echando leches, volvías a empezar. Lo peor del juego era la penita que te daba cargarte a los últimos, los que habían evitado un suicidio colectivo en plan secta y que sólo podían desaparecer si se inmolaban. Joder, qué desalmaos, digo yo que podrían haberse inventado alguna otra cosa que no te dejara con mal cuerpo después de haberte pasado una fase chunguísima.
También llegaron las aventuras gráficas. Reconozco que nunca tuve paciencia. Y mira que jugué a muchas. Monkey Island fue, que recuerde, la primera que generó toda una mitología a su alrededor. Aunque no nos pasáramos el juego, Guybrush Threepwood o el temible LeChuck son tan miembros de nuestro santoral como Superman o Batman. Bien mediante textos, bien con iconos, debías indicar al protagonista qué hacer en cada momento. La solución pasaba de la lógica aplastante al delirio con una facilidad pasmosa. En Sam & Max (un perro y un conejo que hacían de pareja detectivesca) había un punto en el que tenías que “usar-conejo-con-palodefregona-con-bombilla-con-clavija”. Vamos, de un sentido común que asustaba. Sólo logré terminarla con ayuda de la guía de Micromanía (creo que todavía en tamaño periódico inglés). Lo peor de todo es que recuerdo aquello como una deshonra.
Otro que dejé por imposible, aunque era un pedazo de juego es el Commandos. No sé si era falta de habilidad militar (afortunadamente) o de habilidad con el ratón para dar 30 órdenes a la vez. Lo que está claro es que era falta de habilidad (mía).
Descartados los simuladores de vuelo (¿alguien entiende dónde está la gracia de hacer un París-Nueva York en el Flight Simulator?) y las aventuras gráficas, parecía que también tocaba dejar los de estrategia. Pero vi el Civilization II y tras ciertos avatares para conseguirlo, me enamoré.
Aquello no sólo era jugar al Risk sin tener que convocar a ciento y la madre. El juego tenía una profundidad asombrosa. Respuestas lógicas a lo que hacías. Ay. Yo sí puedo decir que he conquistado imperios. Y luego estaban las maravillas. Aunque al final eran un coñazo y acababas quitándolas, las primeras veces hacías el Taller de Leonardo sólo por lo que molaba el vídeo.
Del Civ III no guardo un especial recuerdo. El IV, lo tengo todavía y, de vez en cuando, me pongo a invadir todo lo que tenga cerca. Tengo que hacerme mirar esto, ¿porqué nunca me dará por la vía pacífica, comercial y razonable rollo Gandhi?
Escena real. Misanta me pilla dándole al jueguecito. ¿Qué haces? Te va a encantar. Me mira con desconfianza. ¡Que sí, pruébalo un ratito! Se pone y, bueno, pse, sin demasiado entusiasmo. Llega la hora y marcho a ver a maldecir al Atleti. Cuatro horas después vuelvo. Me recibe en la entrada de casa, con cara ciertamente arrebatada. ¿Qué hacías? Nada… que me he puesto, me he puesto y… ¡dame media hora que tengo que acabar con el maldito líder sumerio Gilgamesh!
Si el Civ es el plano general, el Rome se convirtió, desde mucho antes de existir (Medieval Total War) en el plano corto. La gestión de tu imperio importaba mucho menos. Ahora la cosa era ir pidiendo guerra (literalmente) y dirigir al ejército en cada batalla. El capítulo de Roma me pareció el mejor de toda la serie. Lanzar unos cuantos cerdos en llamas contra el enemigo, aunque no tuviera mucho sentido la cosa, relajaba cosa mala. El problema es que al final, por buena estrategia que tuvieras, apenas tuvieras que atender varios frentes, la precisión con el ratón era casi más importante que tus soldados.
Otro rato más, con el matrimonio, indisoluble, de dos de mis pérdidas de tiempo favoritas.


