RACING DE SANTANDER, 1 – ATLÉTICO DE MADRID, 1
Liga. La aclaración no es irrelevante: en este día de la marmota en el que se ha convertido la semana, supongo que ni los propios jugadores sabrán a veces por qué cojones están corriendo tras un balón. Si es para llegar a la final de copa o para ganar tres puntos. Eso, el Racing, porque nosotros, además, seguimos sin tener claro si vamos o venimos, descenso o UEFA.
De los tres Racing-Atleti de febrero, éste era el partido menos importante. Y si interesaba algo era, más bien, porque con un 4-0 en la ida, la vuelta de copa se ve con muy poquita ansiedad. Pero ni aún así Quique terminó de tomárselo en serio. Con Reyes lesionado, dejar en el banquillo a Agüero es condenar al equipo a la mediocridad y al público a ver un tostón. Quizá el entrenador tenga sus motivos, él mejor que nadie conoce el estado de su equipo y lo que es capaz de hacer con una eliminatoria tan facilona: sí, el ridículo más espantoso.
Planteada así, la cosa no podía salir bien. Claro que, en mitad de la espesura, Simao se inventó un pase desde 30 metros para que Forlán, después de toda la temporada pidiéndola, tuviera la pelotita donde quería. Fusiló al portero, giró la mirada para ver que no estaba en fuera de juego, empezó a celebrar el gol… y comprobó que este año las porterías son, para él, 10 centímetros más pequeñas que el pasado: el balón iba derechito al poste. Como un poseso, tuvo que aplazar el plan celebración-besos-abrazos-muñequeras y terminar la faena.
0-1 . El poco vencía a la nada. Cómo estaría la cosa de plomiza que ni la salida del Kun en la segunda parte nos levantó el alma. Como el Atleti vive permanentemente a cara o cruz, si el partido no era de Agüero, sería de Perea. Y lo fue. El muchacho no es que tenga problemas con los fundamentos del fútbol o con el sentido común, es que empieza a tenerlo con las leyes más elementales de la física. Esta vez tocaba aquella de la impenetrabilidad de los cuerpos sólidos.
Pinillos centró acorde con el partido, es decir, con desgana. La pelota fue flojita hacia la defensa atlética pero cuando Perea despejó, el balón todavía estaba allí. Colsa, ese chico que desde Brunete no levanta cabeza, remató lo suficiente para marcar el empate.
Y con el empate llegó el justificado cabreo del Racing. Si en la ida de la copa las criaturas se comieron el penalti más falta del mundo, la ley de la desventaja, desde este 1-1, no tiene secretos para ellos. Tchité se va como se había ido Forlán, solo hacia el portero. La pica lo suficiente para salvar a De Gea. La gente se relamía con el 2-1 cuando nuestro porterito, cada vez más portero, arrastra al delantero con el pie justo fuera de área. Falta y roja de toda la vida, pero José González González, un amigo, otro amigo, da la ley de la ventaja dado que el balón iba a gol. Perea, que piensa lento pero corre que da gusto, llega lo suficiente para rozarla y que dé en el palo. Tchité quería hacer de Forlán, pero estaba en el suelo y para cuando quiso volver a rematar, ya tenía a Domínguez encima.
Con eso se acabó el cuento. El cuento de nunca acabar. El jueves, otro Racing.