4 de marzo de 2012
SEVILLA, 1 – ATLÉTICO DE MADRID, 1
Mi hermano es de poca lírica. Quizás por eso, por apelar a la practicidad que le ha llevado lejos en la vida, lleva varios días asqueado. Por no querer aferrarse, como yo, a la inmensa distancia que existe entre el Atlético del Cholo y el de Manzano, no disfruta. Dice que los primeros partidos le embaucaron pero que, una vez respetado el periodo de enamoramiento, hay que ganar. Y le hablo del camino, de la importancia de la filosofía, de los premios que están por venir…. Que de merecer no se vive, me dice.
Yo tampoco estoy para adoctrinar a nadie, la verdad. De hecho, cada vez me cuesta más seguir fiel al modelo que siempre me ha convencido. ¡Y es que ganar es tan bonito! La llegada de Simeone, las primeras victorias. Apuntábamos a enormes conquistas… Estos últimos resultados ligueros me han desarmado. La cita en Sevilla me da miedo. Sin Diego, sin Falcao, sin Turan. El efecto Cholo se mide más que nunca, el contagio, el estilo por encima de los nombres cuando todo el mundo sabe que esto es casi imposible.
En estos casos lo mejor es apelar a la tradición. Mi padre me acostumbró a cenar antes de los partidos por si acaso. No he sido de perder el apetito por el Atleti, en eso no le seguí los pasos, pero tampoco es cuestión de jugar con la comida. Así pues, hamburguesa casera de varios pisos y a esperar el inicio. Y vaya inicio.
Inicio de bronca. Mi mujer empeñada en pasar por delante de la tele persiguiendo a la perra. Es curioso como los astros se conjuntan para que, los días de partido, se produzca el peculiar eclipse. Esta vez tocó justo cuando Gabi se disponía a poner un centro desde la banda. El equipo había arrancado dominando, tocando, ignorando las ausencias. Apenas nueve minutos y el capitán coloca el balón en el área.
Recuerdo aquel vigía ciego de una película de Mel Brooks que, puesto que no veía, suponía. Ese fue mi caso. Supuse que el balón volaba ingrávido hasta encontrar la cabeza de Salvio y que éste remataba como si del mejor especialista se tratara. Esto, siendo Salvio, era mucho suponer. Solo la repetición me confirmó que todo era cierto, que mi amada esposa me había impedido ver un gol del Toto. Y me acordé de aquella noche en que el paso del Halley me pilló en el servicio.
Con mi perra en la calle en su cotidianidad, el resto de primera parte era todo mío. Como en los últimos partidos, el equipo era reconocible, con la misma ambición que Simeone había contagiado desde el primer día. Idéntico carácter, idéntica entrega. Con el sustrato de la pretensión asegurado me satisfacía ver de nuevo el intento de desarrollar algo similar al buen fútbol, al de toque y movimiento. Pasar al compañero y buscar el espacio, algo tan simple y tan alejado del Atlético en mucho tiempo. El Sevilla era el mismo que había tomado Valencia por la vía rápida, el mismo que volvía a soñar con la Champions League. Pero ahora al Atleti no le mide el rival.
Reyes entregado a batallas estériles. Kanouté desaparecido. Navas sin capacidad de arrastre. Y Adrián regalando cambios de ritmo. Y Salvio probando a Palop una y otra vez. Como siempre me embriaga el camino y estoy deseando que, esta vez, me embriague también el resultado. En esas el partido llega al descanso. Me imagino a mi hermano disfrutando…
Una contra, un tres para uno, la posibilidad de sentenciar apenas a los siete de la reanudación. Desando que Salvio levante la mirada de sus cordones se me atraganta el contragolpe. Apenas puedo reaccionar, ni siquiera me da tiempo a cabrearme con la pérdida cuando Navas encuentra el camino hacia el empate. Centro medido y gol de Baba. Es el número 666 del campeonato y lo hace un personaje con nombre de ídolo colchonero. Aquello de que sólo nos puede pasar a nosotros vuelve a adquirir enjundia.
Reyes despierta, Kanoute revive, Navas lidera. Todo cambia. El Atlético parece desfondado tras una buena primera parte y ahora toca defender. Con tantos espacios se añora más que nunca a Diego.
A punto de terminar el partido, firmándose tablas por ambos, Navas pone un envío soberbio que Manu culmina en gol. Cierro los ojos y en un segundo eterno decido entregarme a la practicidad. Claudico. No más lírica. Suena el silbato arbitral y descubro que el gol es anulado. Respiro.
Tras el empate final pienso en llamar a mi hermano pero conozco su discurso. Cambio de idea y llamo a mi madre, la última representante del antimadridismo de antaño, del de verdad, sin ambages.
- “Mamá, ¿cómo lo ves?”.
- Mejor un punto que nada. Y a ver si mañana pierde el Madrid.
Pues eso.
@carlosgpalacios
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