Salvo cuando la cosa tiene pelotas (y parece que esta temporada también ruedas) España se pasea últimamente por Europa como un perrillo flaco al que no hay pulga que no se le arrime. Cuando las vacas iban atadas con longaniza y los perros ni siquiera corrían detrás de un hueso de lo gordos que estaban, este país iba bien y los pisos nos los quitaban de las manos. Pero el asunto se jodió hace tiempo y el equilibro sobre una torre Picasso de palillos en la boca que nos habíamos montado dejó de ser posible.
Europa va mal y España no digamos. Los portales inmobiliarios no dejan de enviarme correos con casas estupendas a las que, por algún extraño fenómeno, el estupendismo les ha adelgazado 40.000 euros de un día para otro. Cuando esos correos dejen de llegar, seguro que no hace falta pegarnos viajes a Londres para decir que, de verdad, de verdad, palabrita que la cosa no está tan chunga. Que sólo estamos resfriaos y esto no es una gripe.
Es justo en ese momento, cuando se acaben los mocos, cuando Mariano quiere ganar unas elecciones. Rajoy es víctima de dos dramas: cuando quiso gobernar, unas inoportunas mentirijillas le dejaron fuera de la Moncloa, cuando parece que podría, se le han quitado las ganas. Eso de porque me están sujetando, que si no te pegaba una paliza, pierde bastante fuerza cuando quién te sujeta es tu hermano pequeño. Al PP le bastaría con negociar en serio con PNV y CiU sobre un futuro post-Zapatero para tenerlos comiendo de su manita. Pero es que ni lo intentan. Un día Cospedal lanza el globito sonda y Rajoy no tarda ni una semana en decir que es una ocurrencia.
Rajoy, cuya máxima de acción política es sentarse a esperar el cadáver de su enemigo, tiene más por perder que por ganar una vez llegado al Gobierno. El PP, que no roba a un micro un estoloarregloyoendospatás, sabe que el asunto escapa bastante del control de un Gobierno, de cualquier Gobierno. Y meterse en un fregao semejante con las autonómicas a la vuelta de la esquina supone guardar el monedero y perder las monedas.
Porque llegados al Gobierno, hay que hacer algo. Y ese algo no es ni agradable ni popular. Suena mucho más apetecible dejar al PSOE hacer el trabajo sucio, a la espera de poder recriminárselo convenientemente de mitin en mitin. Una vez cambiada la moqueta de la Moncloa ya no vale echarle la culpa al empedrado, no sirve decir como con el ATC que ni sí, ni no, ni todo lo contrario pero que, como es bien sabido, es el Gobierno el que tiene que tomar la decisión.
Llegar ahora al Gobierno de la nación sería una catástrofre para las aspiraciones del PP en 2011. Así que la estrategia seguirá siendo ese cuanto peor mejor, y la culpa, como siempre, de Zapatero. Que es un inútil y un anti-patriota. Donde patriota, claro es que deje el Gobierno o, en su defecto, haga desde él la exacta política que propone la oposición, cuando le dé por proponerla claro.
Parece evidente que nos quedan dos años largos de ataques a Zapatero como si fuera la encarnación de todo mal. Es una estrategia como otra cualquiera. El problema de la política ad hóminem es que te cambian el hóminem y te quedas colgado de la brocha. El PP debería recordar aquello que estuvo a puntito de llevarles al Gobierno hace casi 6 años: comparado con Aznar, Rajoy parecía un tipo amable, moderado y sensato. Con tanto esfuerzo en dejar claro que el problema es Zapatero, como al PSOE le dé por sacarse un Patxi López de la chistera, Mariano, efectivamente, verá pasar un cortejo fúnebre por la puerta de su casa, pero luego, seguirá sentado en el umbral. Si le dejan, que esa es otra.
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